Juan Pablo II: un hombre que profundizó sobre la persona humana
Mayo 16, 2011 Sin comentarios
No es que amara al hombre porque pensara bien de él, antes bien pensaba bien del él porque lo amaba.
Una de las enseñanzas básicas de la filosofía de Karol Wojtyla, desde la época en que fue profesor universitario, era que la estatura moral de una persona crecía o disminuía según las palabras que pronunciaba o escuchaba.
Aunque tal idea está tomada de un mensaje suyo en torno a la importancia de los medios de comunicación en la sociedad, aplicando esta enseñanza a su propio autor, podría decirse que la vida misma de Juan Pablo II hizo honor a sus propias palabras, porque de la cuna a la tumba, no hizo más que comunicar en todos sus mensajes, una elevación y grandeza tan prominentes que esa misma elevación de su pensamiento y de su corazón, es la que le está elevando esta vez hasta los altares del cielo para dar más gloria a su creador, y además hasta los altares de la tierra para continuar hoy interpelando nuestra vida y nuestras conciencias con sus palabras.
Y así, en sus palabras sobre el cuidado de los ancianos, en su teología del cuerpo y del amor, en sus constantes llamadas a respetar a la persona antes, durante y al final de la vida, Juan Pablo II nos mostró en todo momento de su magisterio y también de su ministerio que aún hoy hay razones para creer que la persona humana sigue siendo una criatura estupenda, de exquisita factura del padre.
Porque, pese a todas sus bajezas y desaciertos, a sus errores y crímenes individuales y colectivos, la persona sigue siendo una epifanía de la divinidad, es decir, que en todo ser humano, por común y corriente que sea, hay algo de divino, de sublime, de hermoso, pues como el mismo Tomás de Aquino había enseñando en su admirable De malo, no hay nada tan feo que no entrañe algo de belleza ni nada tan malo que no entrañe algo de bondad, como tampoco hay una solo doctrina tan falsa que no participe en algo de la verdad.
Si esto es así, ¿por qué entonces somos tan incapaces de pensar que en el mendigo más estragado y enfermo de la esquina se esconde una inmensa dignidad humana?
¿Por qué en ocasiones se nos hace más digno de ser querido un animal de compañía o un osito de peluche que un embrión o un infante que en una avión a mitad del océano llora hasta el frenesí interrumpiendo nuestro sueño?
Si esto es así, es porque quizá hemos reducido el amor al hombre a pura filantropía. La filantropía significa en griego “amor de género humano“.
Pero el amor genuino, no es un amor etéreo y vago a la idea del hombre o a la raza humana como colectivo universal (pues es más fácil amar a a las ideas que a los humanos), sino más bien un amor exigente, un amor que quema, que duele, es decir, un amor a la personas concretas, incluso a las que huelen mal o piensan mal.
Y aquí es donde quizá habría que buscar el origen de ese concepto tan elevado que tenía Juan Pablo II acerca del hombre: en el hecho de que ésta fue precisamente la clase de amor que vimos desplegar a Juan Pablo II como resultado de todos sus viajes y relaciones con tantas y tan diversas personas: desde personas sencillas a personajes. No es que amara al hombre porque pensara bien de él, antes bien pensaba bien de él porque lo amaba.
Cristo nos enseñó que había que dar al César su dinero porque las monedas llevaban impresa en el metal su imagen, la imagen del César.
Y nosotros podríamos decir que Juan Pablo II, siendo fiel a las enseñanzas de Jesucristo, nos enseó que había que dar nuestro ser entero a las personas, ya fuesen grandes o sencillas, porque las personas también llevan impresas en su alma una imagen, pero una imagen invisible, la imagen de Dios quien las creó.
Y así, amando a así personas, amamos a Dios, pues al admirar una partitura amamos al compositor y las alabanzas hacia una pintura son en el fondo alabanzas hacia el pintor.
En resumen, sino vemos aún la imagen divina que hay en otros, es porque aún nos falta mucho camino por recorrer para llegar a parecernos cada vez más a los mártires, a los héroes, pero sobre todo, a los santos, santos que como Juan Pablo II supieron amar a Dios, porque sabían cómo y porqué amar a las personas.
David Ezequiel Téllez Maqueo
Doctor en filosofía por la U. de Navarra, catedrático en la Universidad Panamericana.
Fuente: Signo de los tiempos, Año XXVII, N. 214, mayo de 2011, p.8
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