Políticos contra el bien común
Octubre 10, 2011 1 Comentario
Abierta o solapadamente los precandidatos de los tres partidos políticos hegemónicos en México ya están en campaña, en espera de definir quien será el abanderado por cada una de sus respectivas organizaciones, aún cuando todavía faltan varios meses para las elecciones presidenciales de 2012.
Cada seis años, asistimos al lamentable espectáculo que nos da la clase política nacional, en el que la silla presidencial se convierte en el trofeo de una disputa que está muy lejos de ser un debate de propuestas serias y responsables. Por el contrario, la contienda electoral se vuelve un campo de batalla, en el que los insultos, los escándalos mediáticos y las descalificaciones del adversario se vuelven algo cotidiano.
En términos generales, los partidos políticos han dejado de lado lo que en teoría es su labor esencial: buscar el bien común de todos los ciudadanos. En cambio, parecen concentrar todos sus esfuerzos en ganar cada elección a como dé lugar, presentando propuestas que, o no poseen los elementos necesarios para llevarlas a cabo en la práctica, o simplemente se olvidan de cumplir.
El bien común es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (CDSI 168). Es responsabilidad de la autoridad política, procurar que se den las condiciones necesarias para lograr este bien común, que propiciaría que todos los miembros de la sociedad alcancen todo su potencial tanto a nivel material como espiritual.
Quienes participan en política deberían tener como principio fundamental de toda su actividad la búsqueda del bien común, es esto lo que debería ser su motivación principal y hacer de su labor, una verdadera obra de servicio a los demás; en especial, en lo referente a resolver las necesidades más urgentes de los sectores sociales económicamente vulnerables.
En la vida real, son pocos los políticos que de verdad buscan el bien común de la sociedad. No sin razón, se vive un desencanto general de la política. Al escuchar esta palabra, la mayoría de la población la relaciona con corrupción, despotismo, deshonestidad o concentración de poder y riquezas.
Los diputados y senadores con los sueldos estratosféricos que acostumbran autoasignarse, en lugar de asumir su papel como representantes del pueblo, se han convertido en parte de una élite que vela exclusivamente por sus intereses, sin preocuparse de verdad por las necesidades de los que menos tienen y que constituyen la mayoría de los votantes.
Esta situación trae como consecuencia una apatía generalizada por los asuntos públicos que inhibe la participación de los ciudadanos, en la toma de decisiones y en la búsqueda de medios adecuados para expresar sus inquietudes.
La política no debe reducirse sólo a lo electoral, o a la labor que realizan los partidos políticos o los diversos candidatos; debe ser comprendida en su justo sentido, el de “la organización de la polis (comunidad)”, que tenía en su contexto griego originario. Es decir, que todos los ciudadanos se ocupen de manera activa y propositiva, de aquellas cosas que son del interés de todos.
Una manera de lograr que cada uno de nosotros tenga acceso de manera efectiva a la toma de decisiones, es promover la participación organizada y eficaz de la ciudadanía a través de caminos alternativos al de la política “profesional” de los partidos.
En otras palabras, de acuerdo con los intereses, necesidades y prioridades de cada uno, se debe tratar de fortalecer, mediante la colaboración activa, a las asociaciones y movimientos cívicos que sean capaces de expresar demandas ciudadanas concretas, ya sea mediante gestiones ante las autoridades o a través de la difusión de información sobre alguna problemática específica, con el propósito de alcanzar una formación integral de la opinión pública.
De esta manera la ciudadanía podrá asegurar la permanencia de canales de expresión alternativos que puedan manifestar sus inquietudes, buscar de manera conjunta los caminos más viables para el logro del auténtico bien común y retirar a los partidos el monopolio de la labor política en su sentido más amplio.
Para impulsar esta mayor participación ciudadana, es indispensable implementar una verdadera educación política, que implique no sólo conocer cómo funcionan los diversos órganos de gobierno, sino también una formación en valores políticos que fomente, entre otras cosas, la capacidad de organizar iniciativas a favor de alguna necesidad concreta de la comunidad en que se desarrolla cada persona.
Esta educación política debe también llevar a los ciudadanos a un discernimiento adecuado al momento de elegir al candidato por el que se ha de emitir el voto. En esta decisión se deben tomar en cuenta las implicaciones que tendrían las propuestas respectivas en caso de que se aplicaran, las bases doctrinarias e ideológicas de cada partido, los antecedentes históricos de los mismos y la manera en que han gobernado en experiencias anteriores, lo cual nos ayudará a tomar una decisión ética y consciente, en lugar de dejarnos llevar por la mercadotecnia y la demagogia.
Por lo tanto, de cara al proceso electoral de 2012, se debe de impulsar entre toda la población, una conciencia plena de que la política no termina en los partidos o en las acciones de los funcionarios públicos, sino que requiere de la participación activa de todos los ciudadanos a través de organizaciones que impulsen los legítimos reclamos de la población.
Austreberto Martínez Villegas – IMDOSOC
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Buen artículo, el bien de la polis es el mismo bien de los ciudadanos. El régimen constitucional “politeia” es aquél donde todos los ciudadanos participan del gobierno y est´´a enfocado al bien común.
Saludos