“Díganle a la gente que se siente”
Julio 25, 2012 Sin comentarios
Decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario
Evangelio según San Juan 6,1-15
Jesús subió al monte
Los ascensos de Jesús al monte, normalmente, preceden alguna de sus manifestaciones significativas e importantes: “En aquel tiempo ―nos relata el evangelista Juan― Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea… subió al monte y se sentó allí con sus discípulos”. Esta ocasión no es la excepción. Hay de por medio, en efecto, la gran revelación que Jesús, a la manera de nuevo Moisés, hace de sí mismo como ‘el pan que da la vida eterna’ como lo ‘necesario’ para el caminar de todo hombre a lo largo de su existencia: “Enseguida ―escribe el evangelista― tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer”.
El alimento, por cierto, es lo único verdaderamente indispensable para la vida de todos. Lo mismo quiere serlo Jesús para todos los que creen en Él: “necesario como el alimento”. No obstante, Jesús no logra evitar el riesgo de que la gente anduviera buscándolo más por ese pan, concedido gratuitamente, que por creer en Él; más por lo gratificante del milagro de la multiplicación de los panes y pescados que por la aceptación de su identidad mesiánica; más por intereses personales, relacionados con los beneficios de los milagros, que por la fe y obediencia a Él.
El pan se comparte, no se compra
La compasión de Jesús con respecto a la gente que lo sigue sin importarle hambre y sed se expresa, repentinamente, en esa pregunta ficticia dirigida al apóstol Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?”. Ficticia, porque Jesús mira a preparar el ‘signo’ del pan donado y multiplicado prodigiosamente. Sin embargo, la percepción del poder milagroso de Jesús para satisfacer el hambre de la multitud se hace patente entre los discípulos, y se plasma en esa sugerencia espontánea de Felipe: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados”.
De repente la orden del Maestro, el Señor de la vida, desplaza a todo mundo llenándolo de estupor: “Díganle a la gente que se siente”. Jesús ordena que todos se sienten, como invitando a una mesa común que Él mismo va a servir porque es Él, y no los discípulos, que les va a dar de comer y quien, a su tiempo, les donará su propia vida.
La mesa ya está puesta. Jesús da gracias a Dios y empieza a repartirles, al infinito, el pan de la vida eterna que sólo Él sabe ofrecer al mundo y que combina con ese ‘pescado’, cuyas letras griegas expresan su identidad de ‘Hijo de Dios’. La acción de gracias al Padre sobre el pan nos recuerda, desde luego, la cena pascual del Señor y la institución de la Eucaristía. En ella está prefigurada la fuerte necesidad del hombre de estar en comunión con Dios, de tener hambre de Él y de su palabra. No más que, ahora, se hace pública y multitudinaria.
La trascendencia simbólica del episodio reside, también, en ese ‘partir y repartir’ lo poco que tenían. En efecto, también en la vida real, cuando se parte y comparte solidariamente con los pobres lo poco que se tiene, se repite el mismo milagro de multiplicación, hasta alcanzar para todos y sobrar. En efecto, así comenta el evangelista: “Con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos”. Los doce canastos, desde luego, hacen referencia a la totalidad de las tribus de Israel, o sea, a toda la humanidad como destinataria del pan que da la vida. La doctrina económica de Jesús, por cierto, encuentra en la ‘solidaridad’ desde la pobreza, su pilar fundamental.
La actitud decepcionante de la gente frente a la evidencia de la verdad
Al final, Jesús es aclamado por la gente como el profeta que debía venir al mundo, semejante a Moisés. Quieren llevárselo, por conveniencia, para hacerlo rey, pero Jesús se retira a la montaña él solo. La gente no ha captado el misterio oculto en ese signo del pan multiplicado y Jesús, decepcionado, se reencuentra nuevamente solo. Es el misterio de la soledad que acompañará a Jesús en el huerto de los olivos y en la Cruz.
La adhesión de la fe en Dios, también hoy, no siempre es inmediata, trasparente y total. En ocasiones juegan intereses particulares, objetivos materiales y satisfacciones emocionales. En efecto, es más placentero vincularse al Señor por estas razones, entronizándolo como rey bondadoso y triunfador, que atarse a Él, con alma y corazón, buscando únicamente el cumplimiento de su voluntad: dar de comer a los hambrientos y testimoniar, con la vida, la fe que profesamos.
Umberto Marsich
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