Cuando la burra es mañosa, aunque la carguen de santos
Agosto 10, 2012 Sin comentarios
Decimonoveno Domingo del tiempo ordinario
Evangelio según San Juan 6,41-51
Uno de los más admirables personajes en el Antiguo Testamento es Moisés el libertador. Por largo cuarenta años se vio asediado a dos frentes, por uno el Dios de Israel que lo instaba a sacar al pueblo, esclavo por varios siglos de la mano de los egipcios, y por otra el mismo pueblo, rebelde, que sin comprender el grande amor que llevó a Dios a liberarlo, a cada momento se volvía contra su enviado, reclamándole las inclemencias del desierto, que si no tenían agua, que si no tenían alimento, que si los animales los picaban, murmurando una y otra vez y maldiciendo de su suerte y pretendiendo volverse a la tierra de la esclavitud, donde al menos, eso decían, tenían “ollas de carne” para comer.
Y una y otra vez, Moisés tenía que decidirse a favor del pueblo, aunque éste no lo mereciera. Y a causa precisamente de su murmuración y de su infidelidad, ninguno de los que salieran de Egipto lograron entrar en la tierra prometida, y Moisés, sólo a distancia y desde la altura, logró contemplar la tierra de sus antiguos padres.
Después de la multiplicación de los panes, cuando le pedían a Cristo que continuara dándoles gratuitamente de ese pan y de los mismos pescados, vino una agria discusión con aquellas ingratas personas que se habían alimentado hasta la saciedad con el alimento que Cristo les daba. Ellos invocaron a Moisés, a sus antiguos padres y el maná, el alimento del desierto y Cristo, con toda razón les hizo ver que sus padres murieron a pesar del maná que les sirvió de alimento, y les anunció en ese mismo momento, otro pan que saciará y alimentará al grado de mantener la existencia por toda la eternidad.
Él mismo se anuncia como ese “pan de la vida” que ha bajado del cielo y que el Padre les dará a cuantos lo pidan, para asegurar su vida eterna. Y ese fue el inicio de la discusión y de la murmuración, pues ellos pretendían que conocían perfectamente el origen humano de Cristo. Fue su humanidad, el hecho de ser hombre, lo que a aquella gente le impedía aceptar a Cristo Jesús como el enviado del Padre que sólo pedía que creyeran en él, para que pudieran tener el pan de vida. Nada valió, según parece, pues el empecinamiento de aquellas personas fue tal, que prefirieron retirarse antes que aceptar el nuevo pan que Cristo les proponía.
¿El mensaje para nosotros? Cristo pedía fe en él, aceptar, comer, creer, comprometerse y comenzar a vivir… vivir a pleno pulmón. Y sucede que nosotros aceptamos todo, pero a medias, pues si creemos, no comemos, por lo menos no todos; y si eso no se da, entonces los cristianos no nos hemos comprometido a hacer este mundo más humano, más justo, más fraternal y en definitiva, más cristiano.
Hay necesidad de un replanteamiento de nuestra fe, una convicción profunda en la persona de Cristo Jesús que se da a los suyos para acompañarles en el camino de la vida, haciéndose solidario con ellos, hasta hacerse alimento para los suyos, a los que el Padre ha elegido.
En este sentido, cuando los niños, y sobre todo los niños de “sociedad” que se anuncian en los periódicos para su primera comunión, hablan de haber recibido el “pan de los ángeles”, pero vamos a ver que ni son los ángeles los que nos traen el pan sino el mismo Cristo que se entrega y tampoco son los ángeles los destinatarios del alimento, sino los hombres, los mismos hombres con todas sus miserias, con todas sus limitaciones, pero también con ese destino de inmortalidad al que los ha destinado el Buen Padre Dios.
Valorando entonces la entrega de Cristo, creamos, aceptemos que él tiene palabras de vida, que él mismo es “el pan de vida”, comamos, en la comida de la fraternidad, y también nosotros a imitación de Cristo, convirtámonos en alimento, en fraternidad, en vida, en generosidad y en entrega por el bien de nuestro mundo.
Alberto Ramírez Mozqueda
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