¿Cuál es el papel de las mujeres en la biblia?
Agosto 24, 2010 Sin comentarios
Con criterio muy apresurado y anacrónico (es decir anti-histórico) muchos han atribuido a la Biblia el machismo y el antifeminismo que todavía reina abundantemente en las “evolucionadas” sociedades contemporáneas. Las primeras páginas del gran libro del Éxodo nos muestran que las cosas no son tan así… El papel de la mujer no se relaciona sólo con el hogar y la maternidad, sino que las hace protagonistas clave en la lucha de liberación del pueblo de Dios. El papel que ellas juegan es fundamental.
Sifrá y Puá.
En el comienzo de la grandiosa epopeya del Éxodo del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, encontramos que el primer gesto de rebelión contra la tiranía del Faraón lo cumplieron dos parteras hebreas llamadas Sifrá y Puá. Sifrá significa “brillaza” y Puá significa “espléndida”, las dos brillaron por su valentía frente a la orden terrible que habían recibido del Faraón. “Y el rey de Egipto habló a las parteras hebreas: Sifrá, y Puá, y les dijo: Cuando estén asistiendo a las hebreas a dar a luz, y las vean sobre el lecho del parto, si es un hijo, le darán muerte, pero si es una hija, vivirá. Pero las parteras temían a Dios, y no hicieron como el rey de Egipto les había mandado, sino que dejaron con vida a los niños” (Ex 1,15-17).
Las parteras temen a Dios y no tienen miedo al faraón. Sifrá y Puá son dos mujeres defensoras de la vida, gracias a las cuales el Pueblo de Israel crece hasta a ser muy numeroso. Dios premia su valentía porque han sabido “ver” su voluntad y desobedecieron las órdenes “ciegas” del Faraón; ambas son mujeres llenas de luz, como dicen sus nombres.
Ioquébed.
La madre de Moisés, también es una gran protagonista que mereció ser incluida en Hebreos 11, entre la gran nube de testigos que dieron testimonio de fe. Ioquébed era de la tribu sacerdotal de Leví.
Cuando el Faraón ordenó echar al Nilo a todos los hijos varones de los hebreos, Ioquébed ya tenía dos hijos, Miriam y Aarón. Quizás oró para no quedar embarazada y así evitar una tragedia. Cuando al fin nació Moisés “viendo que era muy hermoso lo escondió” (Ex 2,2). Era, sobre todo, “hermoso a los ojos de Dios” (He 7,20) que lo tenía reservado para un hermoso proyecto. Ioquébed supo ver esa hermosura escondida. La fe se mezcló con el amor maternal y decidió que debía salvar al niño y lo escondió los primeros tres meses.
Miriam.
La hermana de Moisés. Cuando su madre ya no podía ocultar a su hermano se arriesga por él, y colocándolo en un canasto (arca) lo puso entre los juncos, a la orilla del Nilo “para ver lo que aconteciera” (Éx 2,3-4). Muchos años antes, el tío abuelo de Miriam, José, había llegado a ser el brazo derecho del faraón e Egipto, sin embargo se levantó en Egipto un nuevo rey, que no miraba bien a la creciente muchedumbre de extranjeros que vivían en sus tierras. Por eso había dado la orden de echar al río todo varón que naciera.
Ioquébed confió el niño a su hija Miriam, que cuidadosamente lo puso en el Nilo y lo observaba de lejos. “Se quedó a una cierta distancia, para ver”, confiando que Dios haría algo. La pequeña arca resultó ser un arca de salvación (como la de Noé, salvado del Diluvio Universal). Volvemos a leer sobre Miriam cuando Israel, guiado por Moisés hacia la libertad. Moisés había extendido su mano sobre el mar “y las aguas quedaron divididas”. El pueblo cruzó el Mar Rojo como en tierra seca, mientras que sus enemigos que lo perseguían, fueron destruidos cuando las aguas se volvieron sobre ellos. “Aquel día Yavé salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio… y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo confió en Yavé y creyó en Él y en Moisés, su servidor. Entonces Miriam, la profetisa, tomó en sus manos un tamboril y todas las mujeres iban detrás de ella con panderetas y formando coros de baile. Y Miriam repetía: Canten a Yavé, que se ha cubierto de gloria: Él hundió en el mar los caballos y los carros” (Éx 14,30…15,21).
La humilde Miriam, que había cuidado de Moisés a la orilla del Nilo, se levanta ahora como profetisa a la orilla del Mar Rojo para cantar lo que el pueblo vió y creyó. Ella quedó unida así a la acción liberadora de sus hermanos Moisés y Aarón, como nos recuerda el profeta Miqueas (6,4): “Envié delante de tí a Moisés, a Aarón y a Miriam”.
Bithiá.
La hija del faraón llegó a las orillas del Nilo para bañarse, vió la pequeña arca y la hizo traer para observarla. Bithiá “al ver la canasta… la abrió y vio al niño que estaba llorando, y llena de compasión, exclamó: Seguramente es un niño de los hebreos” (Éx 2,6).
Miriam entonces entra en acción y le dice a la princesa “quieres que vaya a buscarte entre los hebreos una nodriza para que te lo crie” y con alegría corrió a traer a su madre, quien recibió a su propio hijo y un salario para criarlo. Bithiá se compadeció del niño hebreo y va en contra de la ley de su padre, el Faraón. La compasión de la hija, en oposición a la tiranía del padre, hace que esta noble egipcia sea instrumento de Dios para llevar la liberación al Pueblo oprimido. Ella será recordada en el Nuevo Testamento (He 7,21; Heb 11,24).
Las 7 hijas de Jetró.
Marginadas y oprimidas por los pastores, las 7 hijas de Jetró encontraron un defensor en Moisés, prófugo de Egipto. “El sacerdote de Madian tenía siete hijas, que fueron a sacar agua del pozo para dar de beber al rebaño de su padre. Entonces llegaron unos pastores que querían echarlas fuera. Pero Moisés se levantó, las defendió y dio de beber a su rebaño” (Éx 2,15-17).
Estas siete hijas, oprimidas por su condición de mujeres, son escogidas por Dios para proteger a Moisés, también desprotegido en una tierra extranjera. Es un gesto recíproco de solidaridad que se instaura entre los oprimidos, que confían en el Señor.
Séfora.
El sacerdote de Madián le dio a Moisés, a su hija Séfora por esposa. “Ella tuvo un hijo, y Moisés le puso el nombre de Gersón (que significa “inmigrante”), porque dijo: Soy un inmigrante en una tierra extranjera” (Éx 2,22). Moisés, viajero en una tierra extraña olvida por un momento sus raíces hebreas y no circuncida a su hijo. Estando Moisés en peligro de muerte, Séfora lo salva circuncidando a Gersón (recuperando las raíces culturales de su origen).
Séfora tiene el papel salvador y se encarga del cuidado de su marido, como “esposo de sangre” (Éx 4,24- 26). Por medio de la sangre, símbolo de vida, anticipa el tema de la liberación obtenida por la sangre del Cordero Pascual. Un pacto de sangre era el símbolo de una vida entregada con amor y la circuncisión era el signo del pacto de sangre con Dios, un pacto de amor y de vida.
Majlá y sus hermanas.
Siempre en la epopeya del Éxodo, pero narrado en Números (27,1-7) encontramos la historia de Majlá y sus hermanas, que reclaman sus derechos frente a Moisés. “Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá que eran hijas de Selofjad, se presentaron a la entrada de la tienda del encuentro para hablar con Moisés y toda la comunidad. Les dijeron: Nuestro padre murió en el desierto, sin tener hijos. Pero no es justo que el nombre de nuestro padre desaparezca de su clan por el hecho de no haber tenido ningún hijo. Danos una propiedad entre los hermanos de nuestro padre”. Moisés presentó el caso al Señor, y Dios da la razón a las cinco hijas de Selofjad cuando piden justicia contra las leyes machistas del momento. También este episodio nos revela entonces la valentía y el coraje de las mujeres que no aceptan ser postergadas en sus derechos.
Con ojos de mujer.
Todas las historias de mujeres en el relato del Éxodo presentan una característica común: ellas saben “ver” en la oscuridad y en la opresión, a diferencia del faraón, que es ciego y sin memoria. La teóloga uruguaya Teresita Porcile ha titulado uno de sus libros “Con ojos de mujer”, recordando esta mirada de fe de las mujeres en la Biblia. Una mirada que se hace paciente (Miriam), compasiva (Bithiá), llena de valor y rebeldía (Cifrá y Puá), celebrativa (Miriam profetisa y sus compañeras), llena de fe y amor (Ioquébed), exigiendo justicia (las hijas de Jetró; Majlá y sus hermanas). Es una mirada atenta y salvadora (Séfora) con el mismo compromiso de la mirada del caudillo Moisés, que salió de su palacio de marfil y “vió los penosos trabajos de su pueblo” (2,11).
Pero sobre todo, este “ver” de las mujeres, se suma a la mirada del mismo Dios, que “dirigió su mirada… y conoció”, es decir, se comprometió (se casó) con su pueblo oprimido.
Quinto Regazzoni
Revista Umbrales, Uruguay, N° 207, Abril 2010, pp.24-25
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