“Me levantaré y volveré a mi Padre”

Septiembre 8, 2010 1 Comentario


Domingo 24 ordinario: 12 de septiembre de 2010

San Lucas 15,1-32.

El preámbulo de la parábola.

Lucas, el autor del evangelio de la misericordia, nos relata, hoy, una parábola más para convencernos que Dios es ‘amor’ y que grande es su misericordia para con el pecador que se arrepiente. Se trata, en efecto, de la parábola conocida como la de los ‘dos hijos’ o del ‘Padre bueno’. Un texto dinámico, psicológicamente preciso en la descripción de la ‘culpa’ humana y cautivador para quienes, en la vida, hemos experimentado la rebeldía y el alejamiento del camino del bien.

Además, es siempre gratificante y esperanzador conocer la amplitud del amor y de la misericordia de Dios. Un Dios que, en Cristo, se hace prójimo del hombre en general y de los pecadores y publicanos en especial: “Se acercaban a Jesús–nos precisa el evangelista-los publicanos y los pecadores para escucharlo”.

Por cierto, el detalle de un Jesús que se acerca a los pecadores, provoca nuevamente las reacciones de inconformidad y de incomprensión de sus enemigos declarados. Efectivamente, nos insinúa Lucas, los ‘fariseos y los escribas’, en obediencia estricta a la ley, se mantenían a distancia de los pecadores y murmuraban entre sí cuestionando a Jesús: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos…”.Cada vez que la Iglesia, a lo largo de la historia, imitó al Maestro, en su opción preferencial por los pecadores, los oprimidos, los desdichados y los pobres, ha tenido que soportar, igualmente, críticas ríspidas y rechazos explícitos de sus enemigos que, aun hoy, son legiones.

El riesgo de mal gastar la libertad.

El relato de la parábola se inicia contando que el hijo menor pide la parte de la herencia que le corresponde y se va de la casa:“Padre, dame la parte de la herencia que me toca”. Sin ninguna resistencia el padre accede a la petición del hijo y le reparte los bienes. Lo más llamativo, en este arranque de la parábola, es el profundo respeto del padre hacia la decisión libre del hijo de abandonar la casa paterna. Bien sabemos, por cierto, que Dios ha sido y es igualmente respetuoso también respecto de nuestras libres decisiones, buenas o malas que sean.

Desastrosa, por cierto, es la situación en la que se va encontrando, progresivamente, el hijo ‘pródigo’. Se marcha con su fortuna a una tierra extranjera, donde está libre de la vigilancia del padre y disipa allí su herencia en una vida desordenada y sin Dios. Despilfarra los bienes en vicios y malas acciones y, sin dinero, ya no tiene ni para comer. Hasta desearía hartarse con las bellotas que comen los cerdos, sin embargo, comer bellotas, en Palestina, significaba la más dura de las miserias. El pecado, en efecto, lo ha ‘embrutecido’ hasta perder su dignidad y reducirse a trabajar de ‘porquero’. Es entonces cuando empieza a extrañar su casa, la comida de los trabajadores de su padre, las bebidas y el calor paterno.

El grado sumo de humillación y necesidad, en que se encuentra, le lleva a reflexionar; entra dentro de sí mismo y comienza a comparar su miseria con la suerte, tanto mejor, que tienen los jornaleros en casa de su padre:“¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre!”.Ello es el comienzo de su ‘conversión’: “Me levantaré –piensa- y volveré a mi padre”; se arrepiente de lo que ha hecho y, sin disculparse, se dispone a confesar su pecado al padre, pidiéndole perdón: “Diré a mi padre: padre, he pecado contra el cielo y contra ti”; en seguida, expresa su disponibilidad a enmendarse con alguna penitencia: “Ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”.

La magnitud de la misericordia del padre.

A este punto, el relato se vuelve hacia la figura extraordinaria del padre que es, por cierto, el personaje central de la parábola. Sorprendente es, de verdad, la reacción del padre cuando el hijo, que estaba perdido, o sea, ‘muerto’, vuelve a la casa paterna, o sea, a la vida divina. Es un derroche de misericordia, también, la forma en que organiza su regreso: “Estaba todavía lejos –nos describe el texto- cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente”. Luego, continúa el relato: Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos”La ternura del padre es visceral y fuera del común. En efecto, se revela excepcionalmente misericordioso, tierno y amoroso.

Para el padre parece contar sólo que el hijo está allí, que lo ha recuperado y que ahora podrá vivir junto a él. Ni siquiera pone atención a sus palabras de arrepentimiento: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.El perdón es inmediato y su prueba es la gran fiesta que ordena en honor del hijo reconquistado, revivido y reconciliado: “¡Pronto! - ordena a los criados – traigan la túnica más rica y vístansela; póngale un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos fiesta”. El padre parece ser, desde el retorno del hijo, el único que actúa y la fiesta, que con motivo de su llegada se organiza, es una muestra de que su felicidad no conoce límites.

El enojo del hijo mayor.

De repente, entra en escena el hijo mayor: “El hijo mayor…cuando se acercó a la casa oyó la música y los cantos”. Se trata de un ‘tipo’ construido para resaltar el contraste con el hermano menor y para ‘simbolizar’ a todos los que piensan que no tienen necesidad de la misericordia de Dios porque viven apegados a las tradiciones del templo y cumplen las leyes. Por esta razón se enojan frente a la actitud bondadosa del padre: “El hermano mayor –nos detalla Lucas- se enojó y no quiso entrar”. La referencia a los escribas y fariseos es de cajón. Están ellos convencidos que todos los demás deberían modelarse sobre su ejemplo.

Un perfil antipático sí, pero muy realista. No nos cuesta mucho, en efecto, constatar su presencia también hoy entre nosotros. Hay quienes juzgan, critican, condenan y odian a aquellos que incurren en alguna desobediencia de la ley o que, por debilidad, se han alejados voluntariamente de Dios. En esta ocasión, no aceptan la conducta del padre y la consideran ‘injusta’. Por lo tanto, como el hijo mayor, no quieren entrar a la fiesta a pesar de las súplicas paternas: “Salió entonces el padre –comenta el evangelista- y le rogó que entrara”.

La parábola reprocha, contundentemente, a los fariseos de todos los tiempos que, con el desprecio que sienten por los pecadores y el escándalo que toman de la solicitud pastoral de Jesús por ellos, se colocan contra Dios mismo y no entienden los planes de su voluntad ‘salvadora’.

Conclusión.

La parábola, de la que hemos sido testigos, es indudablemente una gran perla evangélica. Su enseñanza es alentadora. En ella, encontramos todos los elementos para que recobremos esperanza y vivamos, con humildad y sinceridad, nuestro proceso de conversión a Dios, a su voluntad y a su proyecto. El retorno a la casa paterna está a nuestro alcance porque infinita es la misericordia de Dios y sin límites su amor. Nos debe alentar también la explosión de alegría y regocijo, que el Padre de la parábola experimenta cada vez que alguno de sus hijos recapacita, se arrepiente y vuelve a la casa paterna. Lo que debemos extrañar, de hecho, cuando nos perdimos y alejamos de Dios, es la calidez de su casa y la efusividad de su amor. Sea, entonces, la historia del hijo ‘perdido’ de la parábola el icono que nos motive para retornar al Padre. Hagamos nuestro, en fin, el “me levantaré y volveré a mi Padre Dios”.

Umberto Marsich

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One Comments to ““Me levantaré y volveré a mi Padre””
  1. NEWTON HERMÓGENES SILVA dice:

    PADRE O AQUÍ ESTOY, ME ACEPTA! Lucas 15,1-32
    la misericordia de Dios no tiene límites, y está más allá de la comprensión humana. Hay momentos en los Evangelios que Jesús usa palabras duras, y otros usos de palabras suaves, y perdonar a las personas en situación tal que si tuviéramos que decidir, el error es apto para condenar, sin embargo, el perdón de Dios vence nuestra comprensión. Nuestros pensamientos están obligados a comprender y perdonar a los que yerran, e incluso nuestros propios errores, así que sabemos no juzgar. Padre Fabio de Melo en su canción retrata bien esta situación, ver a continuación:
    Yo soy demasiado humano para entender
    demasiado humano para entender
    De esta manera usted eligió a amar a los que no merecen
    Yo soy demasiado humano para entender
    demasiado humano para entender
    Usted ve la profundidad,
    Insisto en ver el margen.
    Cuando vea el corazón,
    Veo la imagen.
    Recordemos David, que era humilde y justo el hombre, y por lo tanto hallado gracia delante de Dios, convirtiéndose en un gran rey popular y bendecida, pero que el pecado entrara en su vida, tomar a la esposa de Urías, por lo que su adulterio, e incluso promovido la muerte de Urías. David no se había arrepentido y trató de ocultar su pecado, sino para Dios nada está oculto, y él ha tomado medidas enérgicas para hacer que David se arrepintió. Esta es una actitud que se puede juzgar, y sólo Él conoce el camino y el momento adecuado para castigar a los que sea necesario. David sufrió mucho, para comprender y ceder ante el Señor, al admitir su culpa, he pecado contra el Señor te … contra, ti solo, y he hecho lo malo a tus ojos … Mi sacrificio, oh Señor, es un espíritu contrito, humillado y un corazón contrito, oh Dios, para que no desprecian … “(Salmo 50). ¿Cuántos hombres ungidos cayó en la tentación, pero se arrepintió y logró la misericordia de Dios. También estamos sujetos a caer, una, dos y muchas veces, ya veces a todos nos gusta David a arrodillarse ante el Señor e implorar su misericordia.
    Vamos a dejar de lado la preocupación por juzgar a los demás oa nosotros mismos, acerca de nuestros pecados que debemos hacer nuestra parte para merecer la misericordia del Señor, y en cualquier situación debemos mantener nuestra fidelidad a Él, confiar en Él y todo Se le pedirá que la respuesta a nuestras preguntas.
    Jesús es el camino la verdad y la vida! Nos comprometemos nuestras vidas a Jesús, confiando en que todo lo demás que nos hacen!

    Newton Hermógenes Silva
    Comunidad de Santa Rita de Cassia
    Santos Dumont – Minas Gerais – Brasil
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