Jesús, ten compasión de nosotros

Octubre 6, 2010 Sin comentarios


Domingo 27 ordinario: 10 de octubre de 2010

Lucas 17, 11-19

El evangelio de los ‘diez leprosos’.

“Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos”: Jesús, en esta ocasión, se encuentra con los leprosos, hombres desafortunados y excluidos ‘legalmente’ por la sociedad judía.

La marginación a la que están destinados, sin embargo, no les impide creer en el poder milagroso de Jesús y esperar en él. Desde lejos, puesto que el acercarse les estaba prohibido por la ley, claman piedad a Jesús, para hacerle notar su presencia, ya que su fama taumatúrgica había llegado también a sus oídos. En efecto, llenos de esperanza e inmersos en su ilusión de sanación, le gritan: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

La escena se revela dramática, pero también rica de sentimientos humanísimos de inclusión y misericordia. Jesús, de arranque, rompe con las cínicas tradiciones judías y se acerca a ellos; viola la prohibición de hablarles y les dice: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Les ordena mostrarse a los sacerdotes, antes de haberlos curado, para que constaten su purificación. Todo esto tiene como fin, también, poner a prueba su fe.

En efecto, la orden tiene sentido si la curación ha de realizarse mientras se dirigen al sacerdote. Todos, pues, salen con éxito de la prueba: “Mientras iban de camino –nos confirma el evangelista- quedaron limpios de la lepra”.

De los diez leprosos sanados, sólo uno considera, como su deber, alabar a Dios por ello y volver los pasos hacia su bienhechor para mostrarle su agradecimiento: “Uno de ellos –continúa relatando Lucas- al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias”. La sorpresa, muy bien remarcada por el evangelista, es que el que regresó a dar gracias ‘era samaritano’.

El leproso samaritano.

La idea central de este episodio, por tanto, no es la de destacar el milagro, sino la de hacer quedar mal a los judíos leprosos, que no regresaron a dar gracias y que no reconocieron la identidad mesiánica de Jesús. Únicamente el leproso samaritano llegó a creer en él. Jesús, desde luego, se lo reconoce públicamente: “Levántate y vete –le ordena-. Tu fe te ha salvado”. Una vez más, los judíos quedan confundidos por el proceder de un ‘extranjero’.

La pregunta, que a continuación hace Jesús acerca de los nueves judíos ingratos, es sólo expresión de su enojo: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueves? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” No es que Jesús exija, para sí, también el agradecimiento de los otros, sino el hecho de que, ninguno de ellos haya vuelto, muestra que su gratitud para con Dios no tenía raíces profundas. Tampoco, fe en el maestro que los curó.

En este relato, el evangelista capta uno de los primeros signos mesiánicos de la salvación integral que Jesús ha venido a implantar en el mundo. De hecho, la lepra no se refiere sólo a la enfermedad física del hombre, afectado por ella, sino a la salvación total, del cuerpo y del alma; en el hoy del tiempo y en la etapa de la eternidad. Además, la presencia, entre los sanados, de un extranjero samaritano, indica el diverso estilo del actuar de Dios, que da la salvación plena y total a todos los hombres, indistintamente. Que sólo este extranjero haya sentido la necesidad de dar gracias y haya alcanzado la fe en Jesús simboliza, también, la ingratitud de la gran mayoría de los creyentes que, frente a las maravillas de gracia y amor de Dios, se resisten para agradecérselas y para perseverar en la fe y esperar en la salvación.

La actitud de Jesús hacia los leprosos es una muestra más de su solicitud especial por los necesitados y por los excluidos de la sociedad. Es una lección de vida, para todos nosotros, para que vivamos, de veras, lo que el Señor nos ha enseñado.

Umberto Marsich

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