†Manuel Olimón Nolasco. QPD: ¿Cuál será hoy el signo de los tiempos?

†Manuel Olimón Nolasco. QPD: ¿Cuál será hoy el signo de los tiempos?

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¿Cuál será hoy el signo de los tiempos?

In Memoriam

 

El Padre Manuel Olimón, fallecido el día de hoy, fue miembro de la Academia Mexicana de la Historia, profesor de la UIA y fundador de la UPM así como miembro del Consejo de IMDOSOC. Desempeñaba su labor pastoral en la diócesis de Tepic.  Por eso les compartimos este artículo que escribió recientemente para IMDOSOC. 

 

Pregunta nada fácil de responder es ésta que se me hizo, pues, por una parte, anotar como respuesta una lista de situaciones del mundo o de México sólo contribuye a dispersar el ya de por sí disperso asomo al fondo de esas situaciones múltiples y complejas y, por otra, intentar por medio de una sola palabra englobar más que un análisis, una tarea, parece audacia excesiva.

No obstante, durante los últimos treinta años en los que el IMDOSOC —y su primero y más difundido órgano de comunicación, titulado precisamente Signo de los Tiempos— y la oportunidad que he tenido en este ya largo período de orientar buena parte de mi ministerio sacerdotal a la investigación histórica y al cuidado del patrimonio cultural de la Iglesia, me permite intentar mediante una palabra —o más bien, un concepto dinámico— proponer el signo de los tiempos que hoy y en el futuro cercano ha de ocuparnos principalmente a los cristianos. Pues, llamados a ser discípulos y misioneros, hemos de ser a la vez oyentes atentos de la Palabra y anunciadores convencidos de que esa Palabra es “viva y eficaz” y toma expresiones y formas de muchas facetas.

Por consiguiente, me atrevo a expresarlo con el verbo ‘restaurar’ y el sustantivo ‘restauración’, pues a la hora de mirar el deterioro en que se encuentran muchísimos espacios humanos que debían estar abiertos a la convivencia, la falta de congruencia entre lo que se dice y lo que se hace y los saldos de la violencia homicida, no puedo dudar que el horizonte que hemos de tener delante y el empeño al que estamos convocados es el de restaurar. Pues, si un edificio patrimonial no está destinado a ser una ruina mientras en alguno de sus rincones se reconoce el destello de una pátina de oro, el ala quizá sin brillo de un ángel anunciador de buenas nuevas o la palma aún revestida de frescura de un mártir, con mayor razón mientras en la humanidad podamos descubrir la inocente sonrisa de un niño, haya un rasgo de misericordia en algún lugar del mundo o se pueda  apreciar la grandeza íntimamente unida a la humildad como en la renuncia al pontificado del Papa Benedicto, podremos pensar en que es posible restaurar lo que se ha deteriorado.

A partir de algunas huellas, tal vez tenues, de que ha sido la fe y el amor los que han elevado al cielo los viejos templos y que ha sido el murmullo de las plegarias que han expresado lo que guarda el corazón, los que les han dado en verdad vida y sentido, de la misma manera el trabajo de restaurar lo decaído en la humanidad que peregrina en el mundo de hoy ha de comenzar del interior de cada uno haciendo que la fe y el amor sean los faros de la actuación y que sus expresiones externas estén más motivadas por el silencio contemplativo que por los discursos y las autojustificaciones del egoísmo que tantas veces se esconde y siempre acecha. Cuando he tenido que estar cerca de quienes se atreven a reencontrar la belleza espléndida en medio de los muros pálidos, los he animado a hacerlo sin miedo, insistiendo en que esa tarea es no tanto devolverle la dignidad a las obras de arte, sino al ser humano.

En mis horas como historiador, he sido invitado en no pocas ocasiones a celebrar, o por lo menos a conmemorar, hechos más o menos felices, aunque a veces sólo para algunos y a seguir consignas políticas o autoritarias. He preferido llevar adelante en estas horas la honestidad intelectual que no se asusta con la verdad e intentar seguir un camino de purificación de la memoria, de acercamiento sincero a ese impulso que nos da la presencia amorosa del Espíritu Santo para ayudar a restaurar un poco lo que se ha deteriorado y necesita reconciliación a fin de que no continúe en el sendero que lleve a que se transforme en ruina.

Por lo dicho, lo escuchado y lo vivido, estoy convencido de que El signo de los tiempos nuestros es la restauración y la tarea frente a él: restaurar. Ojalá así pueda comprenderse por muchos y ser a la vez el punto de llegada y de partida de esta ya benemérita revista del IMDOSOC, a la que me ha tocado seguir desde el principio.

†Manuel Olimón Nolasco. QPD

 

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