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¿Por qué celebramos el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer?

Hagamos un poco de historia: el 8 de marzo de 1857, las obreras textiles de Nueva York dieron una gran lucha: más de 100 obreras tomaron la fábrica en que trabajaban para exigir 10 horas de trabajo en vez de 16, protestaron por los bajos salarios que recibían, por las condiciones insalubres en que se veían obligada a trabajar y por los abusos de los patrones.

La lucha duró 13 semanas bajo la proclama “Estamos en huelga por un trato humano”, la respuesta de los patrones no sólo fue el despido, sino que, para asombro de la sociedad de ese tiempo, quemaron la fábrica con las obreras adentro.

Otro hecho importante que se ha tomado en cuenta para celebrar este día fue que, en 1908, nuevamente en Nueva York, 20 mil obreras textiles (la mayoría inmigrantes) se organizaron en una huelga general, que se conoce mundialmente como “El gran levantamiento”. Ellas soportaron hambre, frío, golpes y encarcelamiento hasta ganar cambios en sus condiciones de trabajo y además rompieron con la idea de que ni las mujeres, ni los inmigrantes tenían capacidad de organizarse, y demostraron por primera vez en Estados Unidos la efectividad de una huelga general.

Más tarde, en 1910, en Copenague (Dinamarca) durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres, Clara Zetkin, una lideresa del Partido Social Demócrata de Alemania, propuso el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a la lucha de las mujeres que fueron quemadas y a las de “El gran levantamiento”. Desde entonces, esta fecha sido conmemorada por miles de mujeres en el mundo.

En México se conmemoró este día por primera vez el año de 1932, a través de la Liga Orientadora de Acción Femenina que tenía a Elvia Carrillo Puerto como secretaria general, quien logró reunir a las principales fuerzas trabajadoras femeninas del país para celebrar este día, como Frida Kahlo, Consuelo Uranga, Adelina Zendejas, Esther Chapa, entre otras, quienes contaban con un amplio programa en el que destacaba la defensa de la soberanía nacional y reivindicaba el derecho al voto femenino.

En 1975, la Organización de Naciones Unidas reconoció este día como una celebración mundial por la realización de la Primera Conferencia Mundial de las Mujeres en México. A partir de entonces, es el día de todas las mujeres del mundo.

Hoy nos podemos preguntar qué sentido tiene celebrar el 8 de marzo. No basta con celebrarnos como mujeres, podemos aprovechar este día para reflexionar en la situación de invisibilidad, opresión, pobreza… de las mujeres y qué podemos hacer para cambiar esta situación.

  • ¿Cómo rescatamos y celebramos nuestros propios recursos como mujeres?
  • ¿Cómo perdemos el miedo y trabajamos por los derechos de las mujeres?
  • ¿Cómo estamos al lado de las mujeres que sufren las consecuencias de la injusticia, pobreza y violencia y nos comprometemos como Iglesia a denunciar estas situaciones?
  • ¿Cómo abrazamos una nueva imagen de Dios expresada también a través de símbolos femeninos, de la tierra, de la naturaleza?
  • ¿Cómo promovemos el derecho a la reflexión crítica de nuestra tradición y abordamos estudios bíblicos desde ópticas de género?
  • ¿Cómo incorporamos en nuestro hablar un lenguaje inclusivo?
  • ¿Cómo promovemos un desarrollo sostenible para todas y todos sin degradar el planeta?
  • ¿Cómo apostamos por una educación afectivo-sexual con visión amplia que posibilite el encuentro, el amor y el placer?
  • ¿Cómo reconocemos la dimensión política de la esfera privada?
  • ¿Cómo recuperamos la memoria histórica de las mujeres invisibilizadas y silenciadas?
  • ¿Cómo trabajamos por un cambio en las relaciones humanas desde la igualdad, el respeto y la democracia?
  • ¿Cómo creamos redes de mujeres, en diálogo con otros movimientos y grupos en defensa de la justicia?

En este nuevo milenio, es importante que demos un paso adelante para comprometernos cada vez con las mujeres, no podemos seguir sosteniendo y apoyando esquemas injustos del siglo pasado, es preciso preguntarnos: ¿qué puedo hacer hoy por las mujeres para ser testigo del Evangelio de Jesús?

Lee y medita la Palabra de Dios: Jn 8, 1-11: La mujer acusada y rehabilitada

¿Qué me dice hoy esta Palabra de Dios?

¿Qué actitud tiene Jesús ante la realidad de la mujer?

¿A qué me compromete el gesto de Jesús?

Este 8 de marzo, más que felicitar a las mujeres, seas mujer o varón, comprométete a unirte a sus luchas por construir un mundo más justo, más equitativo, más cristiano.

Mari Aranda

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Discurso del Santo Padre Francisco
a un grupo de la Pontificia Comisión para América Latina

Lunes, 4 de marzo de 2019

Queridos amigos:

Agradezco las palabras del Cardenal Ouellet, e inicié esta intervención diciéndoles “queridos amigos”, y no por un mero recurso retórico sino porque al pensar en la iniciativa que han emprendido creo que puede ser oportuno recordar una línea del capítulo 15 del evangelio de san Juan, en el que Jesús dice a todos: «En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre» (Jn 15,15).

Y Jesús funda la Iglesia con aires de una amistad, como un acto de amor, como un gesto de compasión por nuestra condición frágil y limitada. Y al encarnarse, Jesucristo abraza nuestra humanidad, abraza a nuestro “yo”, a veces egoísta, tantas veces temeroso, para regalarnos su fuerza y mostrarnos que no estamos solos en el camino de la vida, que tenemos un amigo que nos acompaña. Gracias a ello, cada vez que decimos “yo” podemos decir “nosotros”, es decir, somos comunidad con Él. Tenemos un “amigo” que nos sostiene, nos invita a proponer misioneramente esa misma amistad a todos los demás y así dilatar la experiencia de “Iglesia”.

Y esta verdad tiene muchas implicaciones en distintos ámbitos, pero en especial es importante para aquellos que descubren que son llamados a ser responsables de la promoción del bien común.

Ser católico en la política no significa ser un recluta de algún grupo, una organización o partido, sino vivir dentro de una amistad, dentro de una comunidad. Si tú al formarte en la Doctrina social de la Iglesia no descubres la necesidad en tu corazón de pertenecer a una comunidad de discipulado misionero verdaderamente eclesial, en la que puedas vivir la experiencia de ser amado por Dios, corres el riesgo de lanzarte un poco a solas a los desafíos del poder, de las estrategias, de la acción, y terminar en el mejor de los casos con un buen puesto político pero solo, triste y con el riesgo de ser manipulado.

Jesús nos invita a ser sus amigos. Si nos abrimos a esta oportunidad nuestra fragilidad no va a disminuir. Las circunstancias en las que vivimos no cambiarán de inmediato. Sin embargo, podremos mirar la realidad de una manera nueva, podremos vivir con renovada pasión los desafíos en la construcción del bien común. No olvidemos que entrar en política, significa apostar por la amistad social.

En América Latina tenemos un santo que sabía bien de estas cosas. Supo vivir la fe como amistad y el compromiso con su pueblo hasta dar la vida por él. El veía a muchos laicos deseosos de cambiar las cosas pero que muchas veces se extraviaban con falsas respuestas de tipo ideológico. Con la mente y el corazón puestos en Jesús y guiado por la Doctrina social de la Iglesia, san Óscar Arnulfo Romero decía, y cito:

«La Iglesia no se puede identificar con ninguna organización, ni siquiera con aquellas que se califiquen y se sientan cristianas. La Iglesia no es la organización, ni la organización es la Iglesia. Si en un cristiano han crecido las dimensiones de la fe y de la vocación política, no se pueden identificar sin más las tareas de la fe y una determinada tarea política, ni mucho menos se pueden identificar Iglesia y organización. No se puede afirmar que solo dentro de una determinada organización se puede desarrollar la exigencia de la fe. No todo cristiano tiene vocación política, ni el cauce político es el único que lleva a una tarea de justicia. También hay otros modos de traducir la fe en un trabajo de justicia y de bien común. No se puede exigir a la Iglesia o a sus símbolos eclesiales que se conviertan en mecanismos de actividad política. Para ser buen político no se necesita ser cristiano, pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe. Y si en eso surgiera en este campo un conflicto entre la lealtad a su fe y la lealtad a la organización, el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del Reino de Dios, y no otra justicia».[1] Hasta aquí Romero.

Estas palabras pronunciadas el 6 de agosto del 78 para que los fieles laicos fueran libres y no esclavos, para que reencontraran las razones por las que vale la pena hacer política pero desde el evangelio superando las ideologías. La política no es el mero arte de administrar el poder, los recursos o las crisis. La política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo. El famoso adagio liberal exagerado, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo. Hacer política no puede reducirse a técnicas y recursos humanos y capacidad de diálogo y persuasión; esto no sirve solo. El político está en medio de su pueblo y colabora con este medio u otros a que el pueblo que es soberano sea el protagonista de su historia.

En América Latina y en todo el mundo vivimos actualmente un verdadero “cambio de época”[2] –lo decía Aparecida– que nos exige renovar nuestros lenguajes, símbolos y métodos. Si continuamos haciendo lo mismo que se hacía algunas décadas atrás, volveremos a recaer en los mismos problemas que necesitamos superar en el terreno social y político. No me refiero aquí simplemente a mejorar alguna estrategia de “marketing” sino a seguir el método que el mismo Dios escogió para acercarse a nosotros: la Encarnación. Asumir. Asumiendo todo lo humano –menos el pecado– Jesucristo nos anuncia la liberación que anhela nuestro corazón y nuestros pueblos. Y entonces ustedes como jóvenes católicos dedicados a diversas actividades políticas serán vanguardia en el modo de acoger los lenguajes y signos, las preocupaciones y esperanzas, de los sectores más emblemáticos del cambio de época latinoamericano. Y les tocará buscar los caminos del proceso político más apto para llevar adelante.

¿Cuáles son los sectores más emblemáticos o significativos en el cambio de época latinoamericano? En mi opinión son tres, además lo deben de haber escuchado porque está Carriquiri aquí, así que se lo copio a él. En mi opinión son tres a través de los cuales es posible reactivar las energías sociales de nuestra región para que sea fiel a su identidad y, al mismo tiempo, para que construya un proyecto de futuro: las mujeres, los jóvenes y los más pobres.

En primero lugar, las mujeres. La Comisión Pontificia para América Latina el año pasado ha dedicado una reunión plenaria precisamente a la mujer como pilar en la edificación de la Iglesia y la sociedad.[3] Además, a los obispos del CELAM en Bogotá en 2017 les recordaba que «la esperanza en Latinoamérica tiene un rostro femenino».[4] En segundo lugar, los jóvenes, porque en ellos habita la inconformidad y rebeldía que son necesarias para promover cambios verdaderos y no meramente cosméticos. Jesucristo, eternamente joven, está presente en su sensibilidad, en la de ellos, en su rostro y en sus inquietudes. Y en tercer lugar, los más pobres y marginados. Porque en la opción preferencial por ellos la Iglesia manifiesta su fidelidad como esposa de Cristo no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia.[5]

Las mujeres, los jóvenes y los pobres son, por diversas razones, lugares de encuentro privilegiado con la nueva sensibilidad cultural emergente y con Jesucristo. Ellos son protagonistas del cambio de época y sujetos de esperanza verdadera. Su presencia, sus alegrías y, en especial, su sufrimiento son una fuerte llamada de atención para quienes son responsables de la vida pública. En la respuesta a sus necesidades y demandas se juega en buena medida la verdadera construcción del bien común. Constituyen un lugar de verificación de la autenticidad del compromiso católico en la política. Si no queremos perdernos en un mar de palabras vacías, miremos siempre el rostro de las mujeres, de los jóvenes y de los pobres. Mirémoslos como sujetos de cambio y no como meros objetos de asistencia. La interpelación de sus miradas nos ayudará a corregir la intención y a redescubrir el método para actuar “inculturadamente” en nuestros distintos contextos. Asumir, y asumir en concreto, toda esta problemática significa ser concreto y en política cuando uno se desvía del ser concreto se desvía también de la conducción política.

Una nueva presencia de católicos en política es necesaria en América Latina. Una “nueva presencia” que no solo implica nuevos rostros en las campañas electorales sino, principalmente, nuevos métodos que permitan forjar alternativas que simultáneamente sean críticas y constructivas. Alternativas que busquen siempre el bien posible, aunque sea modesto. Alternativas flexibles pero con clara identidad social cristiana. Y para ello, es preciso valorar de un modo nuevo a nuestro pueblo y a los movimientos populares que expresan su vitalidad, su historia y sus luchas más auténticas. Hacer política inspirada en el evangelio desde el pueblo en movimiento se convierte en una manera potente de sanear nuestras frágiles democracias y de abrir el espacio para reinventar nuevas instancias representativas de origen popular.

Los católicos sabemos bien que «en las situaciones concretas, y teniendo en cuenta las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes».[6] Por eso, los invito a que vivan su fe con gran libertad. Sin creer jamás que existe una única forma de compromiso político para los católicos. Un partido católico. Quizá fue esta una primera intuición en el despertar de la Doctrina social de la Iglesia que con el pasar de los años se fue ajustando a lo que realmente tiene que ser la vocación del político hoy día en la sociedad, digo cristiano. No va más el partido católico. En política es mejor tener una polifonía en política inspirada en una misma fe y construida con múltiples sonidos e instrumentos, que una aburrida melodía monocorde aparentemente correcta pero homogenizadora y neutralizante –y de yapa– quieta. No, no va.

Me alegra que haya nacido la Academia de Líderes Católicos y se expanda por diversos países de América Latina. Me alegra que ustedes busquen simultáneamente fieles al evangelio, plurales en términos partidistas y en comunión con sus Pastores.

Dentro de unos años, en 2031, celebraremos el V Centenario del Acontecimiento Guadalupano y, en 2033, el segundo milenio de la Redención. Quiera Dios que desde ahora en adelante puedan todos ustedes trabajar en la difusión de la Doctrina social de la Iglesia para así llegar a la celebración de estas fechas con verdaderos frutos laicales concretos de discipulado misionero. A mí me gusta repetir que tenemos que cuidarnos siempre de las colonizaciones culturales, no, las colonizaciones ideológicas, las hay económicas porque las sociedades tienen una dimensión de “coloneidad”; o sea, de ser abiertas a una colonización. Entonces defendernos de todo. Y al respecto me permito una intuición. A ustedes les tocará ajustar y corregir o no, pero es una intuición que la dejo a la mano de ustedes, sino quieren equivocarse en el camino para América Latina, la palabra es “mestizaje”. América Latina nació mestiza, se conservará mestiza, crecerá solamente mestiza y ese será su destino.

San Juan Diego, indígena pobre y excluido, fue precisamente el instrumento pequeño y humilde, que escogió Santa María de Guadalupe para una gran misión que daría origen al rostro pluriforme de la gran nación latinoamericana. Nos encomendamos a su intercesión para que cuando las fuerzas nos falten en la lucha por nuestro pueblo, recordemos que es precisamente en la debilidad que la fuerza de Dios puede hacer su mejor trabajo (cf. 2 Co 12,9). Y que la Morenita del Tepeyac nunca se olvide de nuestra amada “Patria Grande”, eso es América Latina, una Patria Grande en gestación, que nunca se olvide de nuestras familias y de los que más sufren. Y por favor no se olviden ustedes de rezar por mí. Gracias.


[1] S. Óscar Arnulfo Romero, Homilía, 6 agosto 1978.

[2] Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Aparecida, 44.

[3] Cf. Comisión Pontificia para América Latina, La mujer pilar de la edificación de la Iglesia y de la sociedad en América Latina, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2018.

[4] Francisco, Discurso al Comité Directivo del CELAM, 7 septiembre 2017.

[5] Cf. S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 49.

[6] S. Pablo VI, Octogesima adveniens, 50.

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Promotores del catolicismo social

¿Qué motiva a una persona a dedicar parte de su vida al desarrollo social? Para los promotores del catolicismo social, sin duda, es la fe la que “mueve montañas”. Pero si hay tantos que profesan la fe, ¿por qué no todos somos promotores? 

Pareciera que hay algo diferente en el ADN de quienes invierten tiempo y esfuerzo en los demás. Nuestra sociedad privilegia a quienes tienen éxitos personales, no a quienes buscan un ideal comunitario; pero es la propia ausencia de reflectores la que da sentido a su labor.

Muchas de sus acciones perduran y marcan las vidas de los demás por generaciones, ya que no sólo atienden una necesidad, sino que motivan a que los propios beneficiarios sean parte activa de su desarrollo.

Entonces, ¿qué hace diferente a esas personas? Su voluntad de hacer las cosas, de luchar por la justicia social, de disminuir las inequidades lacerantes. Son un ejemplo al que debemos aspirar como creyentes, así como una motivación para ser parte de sus proyectos, proponer nuevos y atender los problemas más acuciantes de cada comunidad. Una sola edición de Signo de los tiempos es insuficiente para reconocer a tantas personas dedicadas a lo social motivadas por su fe, pero es un humilde homenaje a todo lo que nos dejaron. Ellos hicieron florecer la semilla, ahora nos toca cuidarla y seguir sembrando.

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La cuestión social inicia 2019 con una selección de artículos con testimonios sobre grandes pensadores sociales y uno de los eventos más relevantes para los creyentes de nuestro continente.

Pedro Trigo abre esta edición con el texto “Análisis del juzgar en el Documento de Medellín”, donde desmenuza cada parte de la redacción del documento final de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968) que sigue con la tesitura de lo expuesto en el Concilio Vaticano II para darle a la Iglesia un enfoque más social. La importancia del juzgar (como parte del método ver-juzgar-actuar) en Medellín consiste en que la Iglesia debe ser parte de la historia por designio de Dios para humanizar a los seres humanos y evangelizar desde el acompañamiento del Pueblo de Dios.

“San Alberto Hurtado: una vida con sentido trascendente” es un artículo de José Andrés Bravo Henríquez que hace un recuento de las principales obras y artículos del sacerdote chileno que fue un ejemplo de santidad dada su preocupación por la justicia y la promoción de los pobres. Asimismo, este artículo da cuenta de la creación de la revista Mensaje, fundada por el propio san Alberto Hurtado, que se convirtió en la voz del pueblo.

Francisco Prieto nos presenta una semblanza de “Graham Greene (1904-1991)”, reconocido novelista, que además de espía y revolucionario, vivió una parte de su vida en México, donde se desarrolla como católico recién convertido que tiene como estigma que le acompaña el escapismo. Así se ve reflejado tanto en los personajes de sus obras como en sus diferentes etapas de la vida. Sin duda, un personaje del mundo literario y social a tener en cuenta.

Otro ejemplo de conversión y una vida rica de espiritualidad fue “Jacques Maritain o la santidad de la inteligencia”, una semblanza de parte de Jaime Ruiz de Santiago que detalla la vida de este ilustre personaje desde principios del siglo XX hasta su muerte, en 1973, donde su esposa fue un gran soporte a su vida y fe, donde estuvo presente en grandes hitos de la historia, como las guerras mundiales y su participación como embajador de Francia ante la Santa Sede, así como su participación e inspiración en hechos trascendentales como la creación de la Declaración Universal de Derechos Humanos y documentos derivados del Concilio Vaticano II. Fue un amigo cercano del Papa Pablo VI que sin duda marcó una época como pensador cristiano que abogó por la dimensión social y la vida comunitaria.

Finalmente, Gerardo Cruz González nos comparte la reseña del libro El mal. Dios para pensar I, de Gesché Adolphe, quien hace una lectura hermenéutica de la relación del hombre con el mal. Este libro busca desmoralizar el mal, por lo que el hombre es responsable de éste, pero también víctima. En esta reseña también se hacen presentes diversos elementos que rodean al mal, como el pecado o la culpabilidad que son inherentes al mal con el que convivimos por nuestra propia naturaleza humana. Esperamos sea de su agrado esta edición de La cuestión social y que los artículos sean interesantes y valiosos para su formación o actividad académica. ¡Feliz año 2019!

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Queridos amigos, Al Salamù Alaikum / ¡La paz sea con vosotros!

Deseo saludaros y desearos un buen trabajo. Llevo en mi corazón la visita que acabo de hacer a los Emiratos Árabes Unidos y la calurosa acogida que recibí. He encontrado un país moderno, que mira hacia el futuro, sin olvidar sus raíces. Un país donde se intenta transformar en hechos e iniciativas concretas las palabras tolerancia, fraternidad, respeto mutuo, libertad. He visto que incluso en el desierto brotan y crecen las flores. Y he vuelto a casa con la esperanza de que en el mundo puedan florecer muchos desiertos. Creo que es posible, pero solo si crecemos juntos, uno al lado del otro, con apertura y respeto, listos para asumir la responsabilidad de los problemas de todos, que en la aldea global son los problemas de cada uno.

Pienso en vosotros y en vuestro esfuerzo de estos días, durante los cuales abordáis temas fundamentales, entre los cuales los desafíos de la política, el desarrollo de la economía, la protección del medio ambiente, el uso de las tecnologías. Os deseo que el interrogativo básico de las reflexiones no sea tanto cuáles son las mejores oportunidades para ser explotadas, sino que tipo de mundo queremos construir juntos. Es una pregunta que nos lleva a trabajar pensando en los pueblos y en las personas más que en los capitales y los intereses económicos; una pregunta que no mira al futuro inmediato sino al porvenir, a la responsabilidad que pesa sobre nosotros: transmitir este mundo nuestro a los que vendrán después de nosotros, protegiéndolo de la degradación ambiental y, en primer lugar, moral.

En realidad, no podemos hablar de desarrollo sostenible sin solidaridad (Laudato si’, 159). Podríamos decir incluso que el bien, si no es común, no es un bien verdadero. Quizás nunca como ahora el pensar y actuar requieran un verdadero diálogo con el otro, porque sin el otro no hay futuro para mí. Os deseo, pues, que en vuestras actividades comencéis a partir de los rostros de las personas, que advirtáis el grito de los pueblos y de los pobres, que reflexionéis sobre las preguntas de los niños.

Con estos pensamientos, os doy las gracias y os deseo un trabajo provechoso al servicio del bien común, y le pido al Señor que bendiga vuestro esfuerzo por un mundo más justo y próspero para todos.

 

Dubai, Emiratos Árabes Unidos, 10-12 de febrero de 2019

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La enseñanza social de la Iglesia, alternativa superadora de la situación, Pedro Trigo, S. J., Fundación Centro Gumilla, Venezuela 2018

 

El libro del Pbro. Pedro Trigo hace un análisis del devenir de la situación social, política y económica de su país (Venezuela) desde el régimen de Chávez hasta la actualidad del régimen de Maduro; como es del conocimiento mundial, dicha situación no es nada halagüeña. Para este análisis aplica de manera magistral el método de la doctrina social de la Iglesia (ver–juzgar–actuar). Ve la realidad tal como Jesús nos enseña a verla; juzga los aspectos más acuciantes de la realidad desde los criterios de Jesús, es decir desde el Evangelio, y el magisterio del Papa Francisco. De manera clara y práctica, propone a sus compatriotas y a todos los hombres que quieran superar situaciones de miseria e injusticia semejantes a las de su país, acciones concretas para superar la dura realidad con el Espíritu de Jesús.

Afirma que para el seguimiento de Jesús, superador de las duras situaciones, el discernimiento es fundamental, así como la obediencia al impulso de su Espíritu; pero sobre todo, el discernimiento tiene que ser en orden a la acción.

En su libro, el Pbro. Pedro Trigo propone como horizonte para un mejor futuro lo que el Concilio Vaticano II, en la declaración Dignitatis humanae, dice: necesitamos reeducar y formar “hombres que juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen sus actividades con sentido de responsabilidad, y que se esfuercen por secundar todo lo verdadero y lo justo, asociando gustosamente su acción con la de los demás” (8).

Por lo que respecta a la situación mundial de inequidad —donde hay zonas geográficas en las que la abundancia de bienes llega al paroxismo del consumismo superfluo y otras en las que la miseria y la injusticia son el pan de cada día—, el autor, de manera inductiva, plantea que dicha inequidad sólo será superada con una corrección de fondo al capitalismo actual que absolutiza al capital y relativiza lo que en verdad es absoluto: la vida de las personas.

La enseñanza social de la Iglesia presenta los principios de la DSI (dignidad de la persona humana, solidaridad…) de manera sutil —en contraposición a lo académico-doctrinario—, pero muy aterrizada en acciones concretas para superar las situaciones de inequidad e injusticia que se viven en el contexto mundial actual.

Este libro es la crónica realista y sin ambages de un Estado actualmente fallido en el que si sus ciudadanos son reeducados y orientados a la actividad comunitaria solidaria con enfoque humanista-cristiano, podrán revertir toda situación dolorosa y vislumbrar un futuro amable de hombres y mujeres con una conciencia muy afinada de su propia dignidad y resiliencia gracias a la inhabitación luminosa y profunda del Espíritu de Cristo en su alma.

El Pbro. Pedro Trigo estará presente en los Cursos de Verano 2019 impartiendo el diplomado en Pensamiento Social Cristiano: Más información

Los católicos obedecemos al magisterio eclesiástico porque es la auténtica interpretación de la Palabra de Dios encomendada por Jesucristo al Papa y a los obispos en comunión con él. Jesús dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye” (Lc 10,16).  Cabe mencionar que todas las enseñanzas de la Iglesia están ordenadas en una jerarquía que nos ayuda a entender mejor el significado de cada una.

Los grados de las enseñanzas del magisterio de la Iglesia están recogidos en los cánones 750–754 del Código de derecho canónico: doctrina de fe divina y católica, doctrinas definitivas y magisterio ordinario y universal.

  • Primer nivel: Una doctrina es de fe divina y católica si pertenece al depósito de la fe, y por ello es propuesta como revelada por Dios. La declaración de que una doctrina es de fe divina y católica la hace la Iglesia, ya sea mediante el Magisterio solemne, ya sea mediante el Magisterio ordinario y universal: estas doctrinas “son definidas como verdades divinamente reveladas por medio de un juicio solemne del Romano Pontífice cuando éste habla ex cathedra, o por el Colegio de los obispos reunido en concilio, o bien son propuestas infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal”.
  • Segundo nivel: Una doctrina es definitiva si es necesaria para custodiar y exponer fielmente el depósito de la fe, aunque no haya sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia como formalmente revelada. Igual que en el caso anterior, estas doctrinas pueden ser declaradas solemnemente por el Magisterio de la Iglesia, mediante una enseñanza ex cathedra del Papa o en un concilio universal, o pueden ser enseñadas por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia.
  • Tercer nivel: El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y predicación, con la ayuda de las obras de los teólogos y autores espirituales. Así se ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores, el “depósito” de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, mandamientos y virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres. El Romano Pontífice y los obispos como “maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo […] predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica” (LG, 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

Los documentos en que se difunde y queda plasmado el magisterio eclesiástico pueden ser de diferentes tipos: bulas, breves, constituciones apostólicas, cartas encíclicas, cartas apostólicas, cartas decretales, motu proprios, exhortaciones apostólicas.

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El mundo necesita paz

¿La paz es un sentimiento o un estado? ¿Se puede tener paz en un entorno violento? ¿Es posible alcanzar la paz? Primero, hay que identificar los diferentes tipos de paz: se puede tener paz interior (cuando dentro de mí hay calma y tranquilidad), positiva (ausencia de violencia en el entorno), negativa (la simple ausencia de guerra), social (entre comunidades), etc.

Los tipos de paz y la forma en que se manifiesta en nuestras vidas es tan amplia que difícilmente llegaremos a un estado pleno de paz en todas las esferas, ya que somos seres imperfectos y en constante cambio; pero sí es algo a lo que debemos aspirar como familia humana.

San Juan Pablo II definió a la perfección lo que es un verdadero proceso de paz: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. En Evangelii gaudium, el Papa Francisco hace hincapié en que una paz silenciada por los poderosos tampoco es viable: “Una paz que no surja como futo del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia”.

Justo hoy es necesario construir una cultura de la paz; vivimos en constante tensión por las amenazas a la seguridad mundial, actos terroristas que remueven los sentimientos más profundos de la familia humana, el flujo migratorio que huye de la miseria y la violencia estructural, el abandono de los más vulnerables y la indiferencia de los más afortunados.

La paz no es algo que nos llegará sólo por desearlo, es algo que como sociedad debemos construir. Debemos hacer vida las palabras de san Juan Pablo II y luchar por una justicia que hoy en día sólo sonríe a unos cuantos; únicamente con nuestra entrega por una realidad más justa podremos tener verdadera paz interior que tendrá un impacto exterior.

¡Que la paz esté con ustedes este 2019!

 

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