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  • El principio del bien común. Consiste en el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección y realización humana. Es un bien de todo el hombre y de todos los hombres. No consiste, por tanto, en la simple suma de bienes particulares; tampoco se compone únicamente de bienes materiales y económicos. Su contenido no es establecido de una vez para siempre, sino, más precisamente, depende de las condiciones sociales de cada época. El bien común es el fin de la política y es la tarea de toda autoridad y gobierno. Los elementos irrenunciables del bien común son: el compromiso por la paz, un sólido ordenamiento jurídico, la salvaguardia del ambiente y la prestación de los servicios necesarios de alimentación, habitación, trabajo, educación, cultura, transporte, salud y libertades esenciales.
  • El principio del destino universal de los bienes. Este principio tiene su origen en el principio del bien común y en el proyecto de Dios que ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. Éste es el primer principio de todo el ordenamiento ético social; es un principio peculiar de la doctrina social cristiana y del derecho natural. Así, la Iglesia tiene la misión de luchar para que todos los hombres puedan ser reintegrados en la posesión de lo necesario para vivir dignamente optando preferencialmente por los que no lo tienen.
  • El principio de subsidiariedad. Consiste en regular las relaciones entre personas y sociedad, más precisamente, entre grupos sociales desiguales. Su finalidad es proteger a las personas de los abusos del poder, o sea, de una presencia injustificada y excesiva del Estado asistencial o instituciones internacionales o monopólicas, cuando no respetan el primado de la persona y de la familia. Conforme a este principio, todas las sociedades y/o instituciones de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (“subsidium”) —apoyo, promoción y desarrollo— respecto a las menores.
  • El principio de participación. Este principio se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida política, económica, cultural y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. Es también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos y una de las mejores garantías de permanencia de la democracia.
  • Principio de solidaridad. La solidaridad es la firme y perseverante determinación por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que seamos verdaderamente responsables de todos. Deriva, principalmente, de la misma naturaleza sociable del ser humano y de la necesidad de establecer vínculos con los demás. Sin la solidaridad, el otro se vuelve enemigo u objeto de indiferencia, o cuando mucho objeto de nuestra tolerancia. Este principio es contrario a todo conformismo indiferente e individualismo egoísta. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia cita a Jesús como hombre solidario con la humanidad hasta dar su propia vida en la cruz.

Lo más importante, trascendente y eficaz de la doctrina social de la Iglesia son sus principios permanentes e inmutables, los cuales representan un patrimonio de reflexión, parte esencial del mensaje cristiano. Estos principios indican las vías posibles para edificar una vida social buena.

  • El principio fundamental de la doctrina social de la Iglesia es la dignidad de la persona humana y sus derechos. Se funda de manera radical en el hecho de que cada hombre, cada mujer, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y es por esto que la dignidad del hombre proviene de su componente espiritual, que se expresa a través de aquellas potencias o facultades, como la inteligencia y la voluntad. Estas facultades humanas entran en relación profunda una con la otra y permiten así la aparición de la libertad.

Cabe mencionar que la dignidad humana es una categoría que no cambia ni aumenta ni disminuye y es igual para todo ser humano en tanto que existe y es.

La dignidad absoluta de la persona humana constituye un tema que es especialmente subrayado y tratado en nuestra época, y por esto se ha podido llegar a declaraciones jurídicas a nivel universal, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada por la III Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948 en París, Francia.

Para que dichos documentos sobre derechos humanos no sean letra muerta, la Iglesia no ceja en su esfuerzo por que la comunidad internacional no viole la dignidad de ningún ser humano bajo ningún pretexto; por eso, al evangelizar propone su doctrina social.

El objetivo principal de la doctrina social de la Iglesia es “interpretar las realidades temporales, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei sociales, 41).

La doctrina social, por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino que es de naturaleza teológica y específicamente teológico-moral, ya que se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas (CDSI, 73).

 

¿Qué  aporta la doctrina social de la Iglesia?

 

La Iglesia, con su palabra y testimonio, desea aportar lo mejor de sus valores para el desarrollo social y cultural acorde con la dignidad de las personas. En consecuencia, la doctrina social de la Iglesia que se ha ido formando como un corpus doctrinal aporta: principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción (Octogesima adveniens, 4) para que los cristianos y todos los hombres transformemos las realidades temporales desde nuestro particular estado de vida y actividad cotidiana; teniendo siempre como ‘norte’ el verdadero bien del hombre, y el bien común de la sociedad.

Porque como lo menciona Pablo VI en su carta apostólica Octogesima Adveniens 4:

“Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país… A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideran de urgente necesidad en cada caso”.

 

¿De qué trata, pues, la doctrina social de la Iglesia?

 

De la acción pastoral de toda la Iglesia que quiere liberar al ser humano de aquello que le impide ser plenamente libre: el pecado y las condiciones sociales injustas; y es por esto que “la enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (SRS, 41).

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A 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Hablar de derechos humanos es velar por la protección de las necesidades básicas de la persona. El 10 de diciembre celebramos la Declaración Universal de los Derechos Humanos que cumple 70 años.

Los aportes de este documento han sido vitales para la creación de pactos internacionales legalmente vinculantes y nos recuerdan hacia dónde debemos dirigirnos como sociedad y lo que no debemos repetir como humanidad.

La dignidad de la persona humana es el tema central de la doctrina social de la Iglesia, y todo lo vertido en la Declaración debe ser importante para los cristianos, debido a que abarca diversos aspectos de la persona que son fundamentales para su desarrollo y para la misma subsistencia.

No pocas veces, el magisterio de la Iglesia ha estado en concordancia con la concepción de los derechos humanos, asimismo con su promoción. Basta recordar las palabras de Juan Pablo II al referirse a la Declaración como “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”.

Lo cierto es que la simple Declaración no basta; sabemos que alrededor del mundo son vejados los derechos humanos de millones de personas constante e impunemente. Es el deber de todos pugnar por la justicia y levantar la voz ante hechos como la persecución religiosa, la violencia, la migración forzada, la falta de educación básica y una lista interminable.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos nos recuerda que todos somos parte de la familia humana. Actuemos conforme este precepto que nos dará libertad verdadera.

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Porque el gran reto de nosotros los cristianos es dar testimonio de lo que creemos: que Jesús ha resucitado y tiene consecuencias trascendentales para la humanidad. Lo que se anuncia no es sólo un hecho del pasado (la muerte en cruz y resurrección de Jesús), sino un mensaje de vida para todos los que se unan a su camino (una forma diferente de entender la vida y situarse ante ella).

Hay que precisar los términos ‘pensamiento social cristiano’ y ‘doctrina social de la Iglesia’ para evitar ambigüedades:

  • El pensamiento social cristiano es la reflexión que se ha hecho en la Iglesia desde sus orígenes sobre los problemas de la sociedad. Incluye desde el Antiguo y Nuevo Testamentos, los escritos de los Santos Padres de los primeros siglos del cristianismo, las reflexiones de teólogos a lo largo de la Edad Media hasta llegar a los documentos oficiales de la Iglesia, concretamente de los papas y a partir del Concilio Vaticano II, de otras instancias del magisterio ordinario como concilios, sínodos, conferencias episcopales, obispos.

Pero debe mencionarse que en el transcurso del siglo XIX, surge una problemática inédita: la que surge con la consolidación del Estado moderno y del capitalismo industrial.

  • Así, con base en estos dos sucesos, la doctrina social de la Iglesia, en el sentido estricto del término, nace en el siglo XIX como un intento de respuesta de la fe a los grandes problemas sobrevenidos con la modernidad: las nuevas ideologías que le dan cuerpo (liberalismo y socialismo-marxismo) y los sistemas políticos y socioeconómicos que derivan de éstas.

Rerum novarum (del latín: De las cosas nuevas) es la primera encíclica social de la Iglesia católica promulgada por el papa León XIII en 1891. En ella, critica y advierte sobre las condiciones de trabajo y salario de las primeras fases de la Revolución Industrial, que definió como una violación de los derechos y dignidad de la persona, entre otras cosas. Esta encíclica es considerada la Carta Magna de los derechos sociales.

Concluyendo, la doctrina social de la Iglesia sería una parte del pensamiento social cristiano. Y esto en un doble sentido: porque surge en una época muy concreta —relacionada con la modernidad y las nuevas situaciones que ésta genera—, y porque en ella tienen una relevancia especial los documentos oficiales de la Iglesia.

El magisterio eclesiástico usa la expresión ‘doctrina social de la Iglesia’ sin dar una definición puntual de la misma, ya que son características de esta doctrina la permanencia y la renovación. Esta doctrina se mantiene perenne en la inspiración de fondo (Sagrada Escritura) y cambiante en la expresión, comprensión y respuestas a las nuevas situaciones y circunstancias; al mismo tiempo, la doctrina social de la Iglesia aprende del dinamismo de la historia y del avance del conocimiento humano todo aquello que le permite profundizar, relacionar y ampliar el mensaje de la Revelación.

A continuación presentamos algunas de las definiciones que dan algunos estudiosos de la doctrina social de la Iglesia y que nos permitirán conformar nuestra definición personal:

 

“Es un proceso abierto de reflexión hecho desde la sensibilidad cristiana cuando ésta se implica, mediante la acción y el compromiso, en una realidad social siempre cambiante”.
(Ildefonso Camacho Laraña, S.J.)

“Es la ética social que expresa las exigencias del Evangelio en los distintos momentos históricos y se encuentra con las ciencias y los quehaceres humanos en fecundo diálogo”.
(Manuel Gómez Granados)

“Es un instrumento de interpretación cristiana de la realidad. En ella encontramos el verdadero sentido de la persona humana, de los bienes creados, de las relaciones sociales, de la política, del progreso, del trabajo y de la técnica”.
(Sergio Bernal Restrepo, S.J.)

“Es la expresión autorizada de una conciencia que se forma y se desarrolla colectivamente en el seno de la Iglesia frente a las realidades sociales”.
(P. Pierre Bigó)

“Es la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial”.
(Juan Pablo II)

De las definiciones anteriores podemos inferir que el objetivo principal de la doctrina social de la Iglesia es interpretar las realidades temporales, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por lo tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.

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El ritmo vertiginoso que la sociedad globalizada actual impone se traduce en nuevas formas de vivir, relacionarse con los demás, consumir y pensar. Lo que antes era blanco, hoy es negro, y viceversa.

En esta nueva época predomina el individualismo, el relativismo y el consumismo: cada quien crea un mundo a su medida. La tecnología avanza más rápido que la caridad; las redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea se han hecho indispensables al resolver una necesidad de contacto social con inmediatez, pero con poca sustancia.

Estamos inmersos en un mar de información; estímulos constantes que demandan nuestra atención y ponen a prueba nuestro discernimiento. Y, sin embargo, aún predomina el consumismo y las ideologías líquidas.

Y es que vivimos en la contradicción continua: una sociedad que se jacta de tolerante, pero que reprime y ridiculiza opiniones diferentes; todo el conocimiento al alcance de la mano, donde predomina la ignorancia y los prejuicios; una sociedad madura e informada que continúa excluyendo a personas de las periferias.

¿Pero acaso vivimos una época de terror? No. Simplemente debemos adaptarnos a esta nueva forma de ser sociedad, y la Iglesia sabe el reto que esto implica: “Esta nueva época exige acompañar a cada persona y renovar con valentía nuestro profetismo evangélico, anunciando con fuerza el valor inestimable de la persona, denunciando todo lo que se opone a su plena realización y discerniendo a la luz del Evangelio esta nueva realidad, para encarnar la experiencia de la misericordia, de la comunión y la solidaridad en esta nueva época” (CEM, Proyecto global de pastoral, 24).

Podemos sumirnos en un mar de desilusión pero, como cristianos, estamos llamados a ser una luz de esperanza; no sólo ver lo negativo, sino aprovechar lo que este cambio de época nos ofrece y potenciar nuestra contribución a esta nueva sociedad.

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Con este número de La cuestión social cerramos un agitado 2018 con artículos enfocados en la dinámica social, tanto de las relaciones internacionales como la violencia y la protesta.

José Luis Gallegos Quezada escribe “La racionalidad del imperialismo estadounidense en América Latina”, donde comparte un repaso de las malas prácticas de nuestro vecino del norte por conservar su poder e influencia a nivel global sin importarle los efectos adversos que pueda ejercer sobre los países latinoamericanos que, de por sí, son inestables. También, nos comparte el efecto que genera la palabra ‘imperialismo’ y cómo se considera anacrónica en nuestros días, donde hay supuesta democracia y soberanía en el continente.

“El arte como protesta y salvación: un vistazo a la obra de Ai Weiwei” es el artículo de Gerardo Cruz González acerca del artista chino que desafió a su gobierno a través de sus fotografías que impactaron al mundo. Daremos un recorrido por diversos periodos de la vida del artista, así como por algunas de sus obras, donde prima la belleza estética, pero que retrata vidas llenas de sufrimiento en busca de la libertad.

¿Qué obliga a individuos y familias a desplazarse? Rafael Alonso Hernández López nos presenta una radiografía de este fenómeno que queja a gran parte del globo, en el artículo “Violencia social, económica, política y cambio climático”. Como el mismo título indica, son diversos los factores que influyen en la migración, y los números que se muestran dan luces de problemas cercanos a las comunidades como la violencia intrafamiliar, las pandillas, el cambio climático y un sinfín de problemas, todos acentuados por la crisis humanitaria que impide una adecuada resolución de la raíz de los problemas.

Daniel Cuéllar Jasso nos comparte una reflexión del libro Violencia y procesos de reconciliación política, de José Sols Lucia, y lo aterriza al caso mexicano con la violencia estructural, las autodefensas y la apología de la violencia por mantener un clima de falsa seguridad. Todo nos conduce a que la sociedad actual está inculturada en la violencia; debemos reivindicar la esperanza y la paz que nos den la tranquilidad que nuestro país y el mundo demanda.

Por último, les compartimos el mensaje del Papa Francisco sobre la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, donde el pontífice destaca la importancia del agua como fuente de purificación, elemento de identidad para algunos pueblos, fuente de sustento para millones de familias, pero sobre todo como derecho indispensable para la humanidad.

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