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Foro: Jornada por las personas en pobreza.

“No amemos de palabra sino con obras”

Martes 14 de noviembre del 2017

16:00hrs. Presentación del Libro Periferias, crisis y novedades para la Iglesia. Comunidades de San Egidio. Presentasn: Lic. Alonso Rodríguez Moreno y Phd. Riccardo Canelli

17:30hrs. Conferencia ¿Cómo reconstruir nuestra sociedad? Dr. Juan Luis Hernández. Ibero Puebla.

18:30hrs. Panel: La pobreza, los sismos y la reconstrucción. Participan: Salvador Urteaga. Coordinó el proceso de reconstrucción después del sismo de 1985 en Ciudad Guzmán, Jalisco, mejorando la metodología autogestiva y solidaria. Mtra. Julia Narváez. Patronato Fundación León XIII en Pinotepa Nacional.

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Al acercarse la fiesta de los fieles difuntos, que en México es una fiesta nacional, parece oportuno hacer una reflexión sobre nuestra condición mortal.

En el anterior ensayo recordamos la frase de Rilke en la que nos dice que todos recibimos dos regalos: el del amor y el de la muerte, pero que frecuentemente no abrimos los paquetes. Lo que Rilke no dice, es que ambos regalos pueden venir en un mismo paquete.

En efecto, el amor y la muerte los encontramos frecuentemente unidos en una singular y misteriosa simbiosis. Un aforismo latino observa que “un abismo llama a otro abismo”, y en nuestro caso, el abismo de la muerte y el abismo del amor mutuamente se invocan. En las obras literarias del romanticismo, el amante desea morir en brazos de la amada. Esto se encuentra en Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, la Grazziella de Lamartine, Atala de Chateaubriand y el Werther de Goethe, entre otros. Shakespeare escribió: “¡Oh amor! ¡Oh vida!/ No hay vida/sino amor en la muerte.”

También en la mitología griega, paradigma del drama humano, encontramos con cierta frecuencia el tema de amor y muerte. En Eros, hijo de Afrodita, diosa del amor, y de Marte, dios de la guerra, percibimos en ciernes, en su genealogía, el drama de amor y muerte. De modo más claro en Eros y Psyché tenemos el mito más elocuente y aleccionador sobre el amor y la muerte. Psyché es una princesa tan bella que provocaba celos aun a la misma Afrodita. Ella envía a su hijo para hacer caer a Psyché en un amor conflictivo. Sin embargo, Eros se enamora perdidamente de Psyché, y ella después de varias peripecias se sitúa al borde de la muerte. A la postre, Eros consigue de Zeus el permiso de poder casarse con una mortal. En consecuencia, el amor no puede acabar en la muerte y los dioses son impotentes ante el amor.

Si pasamos de la literatura y de la mitología a la realidad, nos encontramos con la muerte del ser querido. El recuerdo de la muerte de los seres queridos es una expresión de amor. Más aún, de modo trascendente, el filósofo de Hipona nos enseña que: “no pierde a los que ama quien los ama en Aquel que no se pierde”.

La más elevada medida del amor es dar la vida por los amigos. En los recientes sismos algunos rescatistas o familiares, arriesgaron su vida para salvar la de los demás. El Ing. José Carlos N. logró salir de su oficina, pero regresó a ella para salvar a su padre, sin embargo, los dos murieron. Así mismo, en el umbral de un edificio que se derrumbó, fueron encontrados casi pulverizados los dos esposos y su hijo, fuertemente abrazados. Nos recuerda este hecho la frase de Quevedo en su soneto “Amor constante, más allá de la muerte”: “serán polvo más polvo enamorado”.

 

El notable filósofo francés Gabriel Marcel sostiene que “amar a otro, es decirle, tú no morirás”. Contra la ideología cientista, él cree en la eficacia metafísica del amor, en la trascendencia de la vida, en la presencia superior, más allá de la presencia en el recuerdo del “non omnis moriar” del poeta latino Horacio. El amor es más fuerte que la muerte se dice en el Cantar de los Cantares, y Unamuno impulsado por su profundo deseo de inmortalidad escribió: “hay que ganar la vida que no fina/ con razón, sin razón o contra ella”.

Estas polifacéticas manifestaciones de amor por sus seres queridos, las expresa el mexicano en sus ofrendas, en la fiesta del dos de noviembre.

 

 

Víctor Manuel Pérez Valera. Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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“La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales”. Papa Francisco

I Jornada Mundial de los Pobres

Niños en la calle, personas pidiendo una moneda para poder comer, un padre de familia angustiado por no poder llevar unos pesos a la casa, una madre desconsolada por no poder llevar a la escuela a su hijo, un joven que roba para poder drogarse, personas que tienen recursos pero no encuentran el sentido de la vida, personas de la tercera edad que enfrentan solos la enfermedad, personas que a pesar de trabajar horarios extras no acceden a los servicios básicos para vivir, un joven que robo una manzana y ahora debe ir a prisión.

La pobreza se puede manifestar de muchas formas, las historias en México parecen nunca terminar. En su últimas cifras el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) organismo que mide la pobreza en México afirma que existen 53 millones 418 mil 151 personas en pobreza y 9.3 millones que viven en pobreza extrema. Por años, en los estados de Veracruz, Tabasco, Campeche, Oaxaca y Chiapas donde se concentra más la pobreza.

Tal vez no llegamos a dimensionar esas cifras, pero un porcentaje de los mexicanos sobreviven con 22 pesos al día, ¿Qué se puede comprar, comer con esa cifra? ¿Podríamos vivir con esa cantidad en la bolsa? ¡Hay gente que lo hace!

Podemos considerarnos pobres, pero el Papa Francisco nos pide ver por aquellas personas que nadie voltea a ver, cuántas veces pasamos de largo sin inquietarnos ante una persona de la calle, sin casa, sin vestimenta, comida, que no sabemos cuántos días ha pasado sin bañarse, esas personas se vuelven invisibles.

Por esa razón el Papa Francisco quiere que la Iglesia entre en un momento de reflexión, que los cristianos y no cristianos recuerden la opción preferencial de Cristo por las personas que viven en pobreza.

¿Cómo actuamos ante las personas que viven en pobreza, cuáles son nuestros hábitos de consumo, qué gestos podemos tener con los que más nos necesitan?  El Papa nos hace llamados muy sencillos por los cuales podemos empezar:

*Comparte con las personas que viven en pobreza cualquier acción de solidaridad.

*Invita a tu comunidad a organizar diversos momentos de encuentro y amistad, de solidaridad y de ayuda concreta.

*Invita  a los pobres y a los voluntarios que los ayudan a participar juntos en la Eucaristía.

*Si en nuestro vecindario, colonia, unidad, fraccionamiento, viven pobres que necesitan protección y ayuda acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que muchas veces buscamos.

*Sienta en tu mesa como invitados de honor a las personas que viven en pobreza.

Y sobre todo nos invita a que esta primer Jornada Mundial de los pobres, se vuelva una tradición de solidaridad y amor hacia las personas que viven en pobreza.

Por eso invitamos a todos los hombres de buena voluntad a que se sumen a esta Jornada, motiven a sus párrocos y cercanos a realizar alguna acción junto con las personas que viven pobreza. Compártanos fotos, videos, reflexiones en nuestras redes sociales o al correo contacto@imdosoc.org para poder sentar precedente en nuestra acción por los que más sufren en nuestra patria.

¡No amemos de palabra, sino con obras! 

 

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Ante una serie de temblores e inundaciones que afectaron seriamente a nuestro país es impresionante leer el Evangelio y comprender cómo toma vida y se expresa en formas concretas, rostros concretos y nos muestra la presencia y fuerza del Espíritu Santo.

Quisiera centrarme en dos pasajes que me han ayudado a comprender la vivencia del Reino en medio de la solidaridad que se está viviendo en nuestra sociedad.

El primero la multiplicación de los panes como milagro donde la solidaridad hace posible una redistribución y así un modelo económico: “Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas” (Mt 15, 36-37).

Los grandes sismos ocurridos los días 7 y 19 de septiembre en México cimbraron la sociedad; movieron sus estructuras desde los cimientos, principalmente la estructura social.

El 19 de septiembre, tan solo unos minutos después del sismo, salimos a comprar cubetas, palas, cascos, lámparas, todo aquello que sirviera para remover escombros y rescatar a las personas que se encontraban atrapadas. Era la necesidad más urgente, la vida de muchas personas se jugaba entre los escombros y su esperanza de salir dependía de las manos solidarias y estas manos a su vez dependían de algunas herramientas. Las ferreterías y tiendas de materiales de construcción se vaciaron y los centros de acopio se llenaron de estas herramientas.

Al día siguiente salimos a comprar comida para llevar a los brigadistas y damnificados, así como medicinas y material de curación para poder atender a las personas que estaban heridas; entonces los supermercados y farmacias se vaciaron y los centros de acopio se llenaron de tal cantidad de comida que ahora lo que se requería eran personas que necesitaran ser alimentadas. Después las compras incluían otras cosas como lonas, colchones, cobijas, en fin, las necesidades son todas y la ayuda también ha sido toda.

Reflexionando en familia sobre cómo lo estamos viviendo, mi hija comentaba que le sorprendía mucho ver cómo la sociedad se había desbordado para compartir;  que ojalá siempre pudiéramos hacerlo y así nadie tendría hambre, nadie viviría sin techo… que los recursos son suficientes y alcanzan para todos cuando los sabemos compartir.

El texto de la multiplicación de los panes en el Evangelio de Mateo utiliza la palabra “espuertas”, definidas en el Diccionario de la Lengua Española, como “cesta de esparto, palma u otra materia, con dos asas que sirve para llevar de una parte a otra escombros, tierra u otras cosas semejantes; y cuyo adverbio refiere a abundancia”.

Creo que no hay palabra que explique mejor lo sucedido, los escombros han sido llevados a otro sitio y los recursos han sido abundantes. Se han recogido siete espuertas, recordando que el 7 en la Biblia refiere a la plenitud, a la perfección, a lo ilimitado. Diría entonces que poder recoger víveres en un albergue y llevarlos a otro, o recoger herramientas y llevarlas a otra zona, ha demostrado la perfección de dar ilimitadamente. Nuestra sociedad necesita que se distribuya la riqueza, contamos con recursos materiales y especialmente con recursos humanos; así que podremos reconstruirnos como país si continuamos llenando los canastos para que los recursos lleguen a todos.

Este milagro de la multiplicación nos ha permitido descubrir un modelo económico que no se trabaja ni desde las instancias de gobierno, ni desde los institutos de estudios económicos; un modelo que no requiere de grandes tratados o convenios internacionales para que también la distribución entre países se dé. Este modelo nace de la conciencia social, de entender y vivir la solidaridad, el destino universal de los bienes, de tener claridad en el bien común. Un modelo económico que está demostrando que los recursos para alimentarnos, sanarnos y vestirnos son suficientes y que quiere seguir aportando para hacer también posible que la vivienda, las escuelas y los centros de salud alcancen para todas y todos.

Otro texto que sin duda ha tomado un rostro muy concreto es este del Evangelio de Lucas: “De verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos estos han echado como donativo lo que les sobra, ésta en cambio ha echado lo que necesita para vivir” (Lc 21, 3-4).

El rostro más visible ha sido el de la mujer de la imagen que acompaña este texto y que, sin duda, nos conecta directamente con el texto bíblico, que nos permite entender hoy qué es entregarlo todo. Una imagen bellísima que se convierte en un espacio de reflexión y en una oportunidad de acción. Digo que es el rostro más visible porque han sido muchas las personas que han hecho lo mismo. Un ejemplo claro que se ha enfatizado en las redes es que mientras las grandes cadenas de supermercados o de materiales de construcción se vaciaban vendiéndolo todo y sin ningún descuento, muchos de los pequeños negocios regalaban todo.

Me parece que esta es precisamente esa imagen del Evangelio ante la cual Jesús nos invita a ver quiénes son capaces de echar lo que necesitan para vivir. Y este gesto lo extiendo también a la actitud de los rescatistas. Cuando se les advertía sobre los riesgos de estar en medio de los escombros, la respuesta fue lo que para mí es la muestra más grande de nuestra humanidad, la supervivencia no es un acto individual, sino un instinto donde es posible poner en riesgo la propia vida para salvar la del otro o la otra.

Leer los Evangelios hoy toma otro sentido porque me ha permitido ponerle rostros, actitudes, vivencias y principalmente recuperar la esperanza escatológica donde la vida nueva depende de la Ruah que actúa, dinamiza y nos hace personas nuevas.

Karen Castillo Mayagoitia. Coordinadora Académica IMDOSOC

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Discurso del Papa Francisco ante la FAO sobre la seguridad alimentaria

  1. La celebración de esta Jornada Mundial de la Alimentación nos reúne en el recuerdo de aquel 16 de octubre del año 1945 cuando los gobiernos, decididos a eliminar el hambre en el mundo mediante el desarrollo del sector agrícola, instituyeron la FAO. Era aquel un período de grave inseguridad alimentaria y de grandes desplazamientos de la población, con millones de personas buscando un lugar para poder sobrevivir a las miserias y adversidades causadas por la guerra.

A la luz de esto, reflexionar sobre los efectos de la seguridad alimentaria en la movilidad humana significa volver al compromiso del que nació la FAO, para renovarlo. La realidad actual reclama una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los frutos de la tierra ¿esto debería darse por descontado?, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan y en la realización de las propias aspiraciones, sin tener que separarse de sus seres queridos.

Ante un objetivo de tal envergadura lo que está en juego es la credibilidad de todo el sistema internacional. Sabemos que la cooperación está cada vez más condicionada por compromisos parciales, llegando incluso a limitar las ayudas en las emergencias.

También las muertes a causa del hambre o el abandono de la propia tierra son una noticia habitual, con el peligro de provocar indiferencia. Nos urge pues, encontrar nuevos caminos para transformar las posibilidades de que disponemos en una garantía que permita a cada persona encarar el futuro con fundada confianza, y no sólo con alguna ilusión.

El escenario de las relaciones internacionales manifiesta una creciente capacidad de dar respuestas a las expectativas de la familia humana, también con la contribución de la ciencia y de la técnica, las cuales, estudiando los problemas, proponen soluciones adecuadas. Sin embargo, estos nuevos logros no consiguen eliminar la exclusión de gran parte de la población mundial: cuántas son las víctimas de la desnutrición, de las guerras, de los cambios climáticos.

Cuántos carecen de trabajo o de los bienes básicos y se ven obligados a dejar su tierra, exponiéndose a muchas y terribles formas de explotación. Valorizar la tecnología al servicio del desarrollo es ciertamente un camino a recorrer, a condición de que se lleguen a concretar acciones eficaces para disminuir el número de los que pasan hambre o para controlar el fenómeno de las migraciones forzosas.

  1. La relación entre el hambre y las migraciones sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema. A este respecto, los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: los conflictos y los cambios climáticos.

¿Cómo se pueden superar los conflictos? El derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente, evitando que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social. Pensemos en las poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas.

Se necesita buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?

En cuanto a los cambios climáticos, vemos sus consecuencias todos los días. Gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se han de afrontar los problemas; y la comunidad internacional ha ido elaborando también los instrumentos jurídicos necesarios, como, por ejemplo, el Acuerdo de París, del que, por desgracia, algunos se están alejando.

Sin embargo, reaparece la negligencia hacia los delicados equilibrios de los ecosistemas, la presunción de manipular y controlar los recursos limitados del planeta, la avidez del beneficio. Por tanto, es necesario esforzarse en favor de un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que continuarán recayendo sobre las personas más pobres e indefensas.

Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir «otro lo hará».

Pienso que estos son los presupuestos de cualquier discurso serio sobre la seguridad alimentaria relacionada con el fenómeno de las migraciones. Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable. Las recientes previsiones formuladas por vuestros expertos contemplan un aumento de la producción global de cereales, hasta niveles que permiten dar mayor consistencia a las reservas mundiales.

Este dato nos da esperanza y nos enseña que, si se trabaja prestando atención a las necesidades y al margen de las especulaciones, los resultados llegan. En efecto, los recursos alimentarios están frecuentemente expuestos a la especulación, que los mide solamente en función del beneficio económico de los grandes productores o en relación a las estimaciones de consumo, y no a las reales exigencias de las personas.

De esta manera, se favorecen los conflictos y el despilfarro, y aumenta el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen.

  1. Ante esta situación podemos y debemos cambiar el rumbo (cf. Enc. Laudato si’, 53; 61; 163; 202). Frente al aumento de la demanda de alimentos es preciso que los frutos de la tierra estén a disposición de todos. Para algunos, bastaría con disminuir el número de las bocas que alimentar y de esta manera se resolvería el problema; pero esta es una falsa solución si se tiene en cuenta el nivel de desperdicio de comida y los modelos de consumo que malgastan tantos recursos. Reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente.

Por eso, me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término «humanitario», tan usado en la actividad internacional.

Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales. Es menester que la diplomacia y las instituciones multilaterales alimenten y organicen esta capacidad de amar, porque es la vía maestra que garantiza, no sólo la seguridad alimentaria, sino la seguridad humana en su aspecto global.

No podemos actuar sólo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad se limita a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco.

Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario.

El compromiso de la diplomacia nos ha demostrado, también en recientes acontecimientos, que es posible detener el recurso a las armas de destrucción masiva. Todos somos conscientes de la capacidad de destrucción de tales instrumentos.

Pero, ¿somos igualmente conscientes de los efectos de la pobreza y de la exclusión? ¿Cómo detener a personas dispuestas a arriesgarlo todo, a generaciones enteras que pueden desaparecer porque carecen del pan cotidiano, o son víctimas de la violencia o de los cambios climáticos? Se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida.

No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Sólo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las Instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad.

Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad.

Aquí permitidme que me una al debate sobre la vulnerabilidad, que causa división a nivel internacional cuando se habla de inmigrantes. Vulnerable es el que está en situación de inferioridad y no puede defenderse, no tiene medios, es decir sufre una exclusión. Y lo está obligado por la violencia, por las situaciones naturales o, aún peor, por la indiferencia, la intolerancia e incluso por el odio. Ante esta situación, es justo identificar las causas para actuar con la competencia necesaria.

Pero no es aceptable que, para evitar el compromiso, se tienda a atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del «arte de lo posible» a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad.

Lo deseable es que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada, que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas.

  1. Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: «Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados». Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia.

Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión.

El yugo de la miseria generado por los desplazamientos muchas veces trágicos de los emigrantes puede ser eliminado mediante una prevención consistente en proyectos de desarrollo que creen trabajo y capacidad de respuesta a las crisis medioambientales.

Es verdad, la prevención cuesta mucho menos que los efectos provocados por la degradación de las tierras o la contaminación de las aguas, flagelos que azotan las zonas neurálgicas del planeta, en donde la pobreza es la única ley, las enfermedades aumentan y la esperanza de vida disminuye.

Son muchas y dignas de alabanza las iniciativas que se están poniendo en marcha. Sin embargo, no bastan, urge la necesidad de seguir impulsando nuevas acciones y financiando programas que combatan el hambre y la miseria estructural con más eficacia y esperanzas de éxito.

Pero si el objetivo es el de favorecer una agricultura diversificada y productiva, que tenga en cuenta las exigencias efectivas de un país, entonces no es lícito sustraer las tierras cultivables a la población, dejando que el land grabbing (acaparamiento de tierras) siga realizando sus intereses, a veces con la complicidad de quien debería defender los intereses del pueblo.

Es necesario alejar la tentación de actuar en favor de grupos reducidos de la población, como también de utilizar las ayudas externas de modo inadecuado, favoreciendo la corrupción, o la ausencia de legalidad. La Iglesia Católica, con sus instituciones, teniendo directo y concreto conocimiento de las situaciones que se deben afrontar o de las necesidades a satisfacer, quiere participar directamente en este esfuerzo en virtud de su misión, que la lleva a amar a todos y le obliga también a recordar, a cuantos tienen responsabilidad nacional o internacional, el gran deber de afrontar las necesidades de los más pobres.

Deseo que cada uno descubra, en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana.

Muchas gracias.

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Los que vivimos los dos sismos devastadores de la Ciudad de México sabemos bien que la tragedia, la desgracia, ese enroque entre destino y falta de ética de los constructores de casas y edificios, han hecho una combinación entre fatalidad, corrupción y mala suerte en el que las víctimas: muertos y damnificados, nos han removido el corazón hasta capaces de pensarnos no de forma individualista sino como nosotros. Con ello ha surgido una oportunidad para re-pensarnos y re-hacernos en lo personal y en lo comunitario.

La devastación es una oportunidad de deconstrucción y de reconstrucción. Como insinuó Carlos Monsiváis a propósito del terremoto de 1985 en un texto que guarda varios ensayos que pueden aplicarse hoy después del terremoto 32 años después de aquel: “No sin nosotros”. (No sin nosotros, Era, 2006). Este terremoto del 19-S  puede ser la punta de un proceso de participación y organización de la sociedad civil.

A diferencia del 85, en este terremoto vimos emerger nuevos grupos sociales, comunicándose de manera nueva. Se criticó a la televisión por su exceso de mal gusto y sensacionalismo, clausurando la idea de  hasta el extremo de inventar víctimas y crear historias que no pudieron terminar al estilo de la Rosa de Guadalupe, y que fueron capaces de tener entre sus protagonistas a miembros de la Defensa Nacional y como su principal propagandista al Presidente Peña, quien arrebatado por el fervor del sensacionalismo hizo votos por el rescate de la niña Frida Sofia, ficción telenovelera de Noticieros Televisa.

Otros nuevos actores en esta emergencia que generó el terremoto del martes 19 de septiembre fue la movilización hacia a fuera de la Ciudad de México, ya que sismos anteriores causaron daño en Oaxaca y Chiapas, y después el 19-S se registraron graves pérdidas en Morelos, Puebla, el Estado de México. Con ello la ayuda se hizo trans-urbana, salió de Ciudad de México.

Pero también una generación de jóvenes que pusieron en solidaridad y servicio no sólo sus manos, sus hombros, sus bienes y sus esperanzas de encontrar con vida al mayor número de personas rescatadas de entere los escombros de la escuela Rébsamen, del edificio de costureras en San Antonio Abad, del edificio de la Avenida Álvaro Obregón o de cualquier edificio derrumbado de la colonia Roma, la Condesa, Del Valle, Narvarte, Villa Coapa, Xochimilco, etc.

Estos jóvenes se organizaron a partir de nuevas tecnologías y redes sociales organizando las necesidad y las ofertas de víveres, albergues enseres y herramientas de rescate  e incluso  movilizando de un lugar a otro según necesidades. Cuerpos salvando cuerpos con vida o cuerpos fallecidos. Cuerpos salvadores de cuerpos que se alejan de la sujeción del Estado, cuerpos que se organizan y dejan de ser cuerpos como fuerza útil o cuerpos sometidos (Foucault). Estos cuerpos jóvenes se movieron por lo mismo que la ciudadanía se organizó en el terremoto 32 años antes: la solidaridad.

Este modo de ser, de entendernos como humanidad que es la solidaridad, no representa un acto de benevolencia o de caridad a modo de limosna. Es una forma de entendernos como seres en relaciones sociales y políticas cotidianas. Es este nosotros que nos hace personas, en este sentido es un componente antropológico. Es lo que Felicísimo Martínez Díez presenta, en el plano ético, como una exigencia de justicia ante una realidad de desigualdad y justicia de tanta asimetría entre los seres humanos (La solidaridad es opcional o es de justicia, IMDOSOC, 2016).

En nuestro país las cosas no pueden seguir igual que antes del terremoto. No podemos regresar a lo que muchos consideran como normalidad y que es una forma de conformidad. México es uno de los países más desiguales en lo social y económico en el continente más desigual que es América Latina; México es uno de los países con más violencia en todo el mundo, donde desaparecidos, secuestrados y ejecutados forman parte del paisaje nacional; México es uno de los países donde la democracia, secuestrada por partidos políticos, es muy cara y nada real; México es rey en la corrupción e impunidad; México tiene los más altos niveles de feminicidios de la región; etc.

No podemos seguir proponiendo a los niños y a los jóvenes patrones del crimen organizado como ideales de realización, simplemente porque no son humanos. No podemos seguir criticando las políticas del presidente Trump respecto de los migrantes pero ser racistas y xenófobos con nuestros hermanos de Centroamérica o de países del Caribe o África que transitan o vienen de modo irregular a México.

Después del 19-S y ante la proximidad de las elecciones donde se elegirán el mayor número puestos de elección popular debemos ser otro México.

En ello tenemos esperanza quienes pensamos que Hobbes no tenía razón: no somos Homo homini lupus. Esta solidaridad que nos atravesó a todos en la desgracia y el dolor, es capaz de devolver la esperanza.

La solidaridad es el sismo que nos sigue moviendo.

 

Gerardo Cruz González
IMDOSOC-Investigación

 

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Desde IMDOSOC les envíamos un abrazo fraterno a todos y esperamos se encuentren bien, pero los invitamos a reflexionar que esta situación NO es un momento coyuntural, no se trata de salir sólo de la emergencia, si no que de aquí en adelante participemos todos los días en la construcción de un mejor país y participemos todos los días en la transformación de las realidades injustas.

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Delante de las circunstancias que provocan el dolor humano nos asalta el cuestionamiento angustioso del ¿por qué? ¿Quién permite eso? ¿Será Dios quien juega con el temor del hombre o lo castiga para definir su destino?

Está claro que nadie invoca el sufrimiento ni está del todo preparado para afrontarlo sorpresivamente, está claro, además, que la conciencia del individuo se perturba ante el infortunio y busca justa o injustamente una salida, un responsable, una satisfacción de la pena.

El ser creado es limitado, el hombre tiene delante de sí la vida y la muerte porque su naturaleza es precaria, el conocimiento de esa limitación es imperceptible la mayoría de las veces, y tampoco es agradable aceptar una realidad de cambio. El sufrimiento de la persona aumenta cuando hay confusión de principios y rencor en la memoria, más aún, cuando somos conscientes del pecado propio y del de los demás entramos en un estado de desesperación, sentimos que con nada nos conformamos y terminamos achacando la culpa a quien no causó el daño, aumentando la pasión de las víctimas. Ante estas coordenadas de la vida del hombre, Cristo vino al mundo para compartir la experiencia de dolor, verificada desde su propio nacimiento en la carne, en la soledad e incomprensión de sus familiares y contemporáneos, en su sacrificio en la cruz por perdonarnos.

Llama la atención sus palabras: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34), Padre, que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc, 22,42), Padre en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc, 23,46). Con la esperanza de la Resurrección del Señor, el creyente tiene un principio de fe y de esperanza que no falla, porque es la certeza de la vida y no de la muerte, es la fuerza de la alegría y no del llanto, es la llamada a una vida superior y no de una realidad de pérdida la que levanta al cristiano por el paradigma de la fuerza de amor de Jesús que nos liberó del pecado (es la consciencia del pecado fuente de sufrimiento), porque él nos desató de la cadena de la angustia y nos premió con la corona de la gloria por su sangre derramada para perdonarnos.

Ante estos momentos de dolor y de angustia debemos ser fuertes en demostrar solidaridad a ejemplo de Cristo, Hijo de Dios quien dejando su condición divina se hizo pequeño para hacernos grandes (Fil 2,6), hagámonos pacientes, nobles, humildes, generosos en el don de sí mismos. Algo que hemos aprendido en las brigadas de este sismo son las señales, los lenguajes de la ayuda: ‘silencio, nadie se mueve, sigamos trabajando, necesitamos agua’. Cristo guardó silencio ante el dolor, no se movió ante los insultos, pero tampoco se mostró pasivo, él tendía internamente hacia la voluntad de su Padre, en los momentos del suplicio seguía trabajando por la salvación del hombre, porque él es la fuente de agua que brota hasta la vida eterna (Jn 4,14).

En efecto hay mucho que hacer en estos momentos de dolor y de incertidumbre, pero la fe siempre debe salir adelante, es el faro que nos guía. Los mexicanos tenemos confianza, y recordando los principios de nuestra fe cristiana sabemos que Cristo es nuestra paz y la vida verdadera, ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rom 8,35-39) La fe es un acto necesario en las labores de rescate, el Señor nos rescató porque tuvo fe en su Padre, nosotros hemos de salvar la vida encomendados a la fuerza vivificadora de su amor salvador.

José Alberto Hernández Ibáñez

Secretario general UPM

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