Amoris Laetitia, del Papa Francisco: una lectura desde la DSI

Amoris Laetitia, del Papa Francisco: una lectura desde la DSI

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La reciente exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, «Sobre el amor en la familia», no es ajena a la cuestión social. La familia es aquella «comunidad natural en donde se experimenta la sociabilidad humana»[1], entendida cabalmente como la institución doméstica formada a partir la unión de un hombre con una mujer, acorde a la ley natural.    El cardenal Walter Kasper planteaba la necesidad de «entender de nuevo a la familia como Iglesia doméstica y hacer de ello la vía privilegiada de la nueva evangelización y de la renovación de la Iglesia»[2], en otras palabras, que los cristianos sientan la iglesia como su hogar. Interesante prolegómeno tras el sínodo de 2014 y 2015, ahora reafirmado por Francisco en una aportación al Magisterio.

En primer lugar, el Papa destaca que los padres de familia tienen una clara misión evangelizadora: preparan a  la descendencia para afrontar por sí mismos los retos de la vida, forjándola en el valor del trabajo, que posibilita «el desarrollo de la sociedad, el sostenimiento de la familia y también su estabilidad y su fecundidad».[3] La ciudad, o el más remoto poblado, requieren de la convivencia para progresar; desde el sector de los servicios públicos hasta las cotidianas necesidades pasan por las relaciones interpersonales. Todos los individuos tienen, en la familia, su razón de ser. Desde la estructura corporal, la composición del nombre con su apellido, pasando por la historia personal –y no sólo los «flashazos» disfrazados de «etiquetas» que prejuzgan a quien no se conoce-, los hábitos, los pasatiempos, etc., dichas particularidades suelen fraguarse dentro del núcleo familiar.

 Ciertamente, el verdadero propósito de la educación es formar en la libertad, en el desarrollo de buenos hábitos orientados hacia el bien, advirtiendo que las malas acciones tienen consecuencias, con el fin de llegar a ver la corrección como un deseo de ir más allá, y no para agredir o detener las inquietudes de los hijos nada más porque sí, pues «una formación ética eficaz implica mostrarle a la persona hasta qué punto le conviene a ella misma obrar bien» (n.265). Una cosa es el libertinaje y otra la libertad; el exceso de la primera es el epicentro de la podredumbre social, pues el corrupto roba a manos llenas, quien hace fraude académico cree que puede ir más allá de su esfuerzo intelectual, el asaltante viola el derecho de poseer lo que se consigue con trabajo ajeno, etc…en fin, ejercer la libertad irresponsablemente es como conducir un coche sin frenos.

Francisco reflexiona que graves problemas del entorno, por ejemplo, el predominio de la violencia, la injusticia en todos los niveles, la misma relajación en los compromisos conyugales y el drama surgido en el seno de los mismos, entre otras dificultades, desaniman a la juventud, que prefiere postergar la decisión definitiva. Se percibe una especie de desinterés institucional por la familia, dados los achaques propios de una cultura apática y utilitarista. Poco a poco, México se acerca a una situación insostenible de «nación de la tercera edad». Imaginemos el clima nacional caracterizado por una fuerza laboral en extinción ante la falta de «reemplazos», una seguridad social aún más colapsada, la mayoría de los adultos jóvenes solteros y sin planes de formar familia, la mayoría de matrimonios con duración menor a un lustro, o el guiño palaciego a las uniones homosexuales, aunque estas últimas, de acuerdo a Amoris laetitiae y al Magisterio, jamás pueden equipararse a un matrimonio de acuerdo al designio de Dios, aunque no por ello debe justificarse la agresión o discriminación hacia las personas con dicho estilo de vida.[4] Escenario desolador, increíble, lacrimógeno.

No pocos piensan que la Iglesia ha priorizado la catequización sistemática, encima de la educación de conciencia. El Papa Francisco se ha preocupado por hacer a un lado esta concepción de la parroquia como «prestadora de servicios» o sala de conferencias, donde retumban moralinas dominicales que pasan de largo y alternan con semanas laborales de injusticia y escándalo. Hoy en día se habla mucho de la teología pastoral, de sus sueños y retos pero, ¿qué hacer con las figuras que, criadas en contextos pre-Vaticano II o de «puertas cerradas», no pasan de haber sido catequizadas con cuadernos de memorización?, y ¿qué hay de los católicos masacrados por su propia Madre?; se enseñaba y se instruye, en muchos casos, a obedecer, no a discernir, a responder libremente. Sin duda, una deuda pendiente con el orbe.

En resumen, la familia clásica o el modo de concebirla se torna más laxo conforme priman los intereses propios sobre los de un potencial cónyuge y los hijos que puedan venir.  Obviamente, las repercusiones más severas, aunque tal vez no las más próximas, son sociales. Como alternativa a tal crisis, el Santo Padre exhorta al Estado a crear las condiciones para garantizar el futuro de la juventud y ayudarles a concretizar su proyecto de formar una familia.  Al respecto, son muy claras las palabras de Bergoglio en Chiapas: «leyes y compromiso personal son un buen binomio para romper la espiral de la precariedad».[5]

Asimismo, el Papa recuerda que «Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer ‘doméstico’ el mundo, para que todos sientan a cada ser humano como un hermano» (n.183). Incluso cita a Jesús y María, modelo de familia encarnada, cuando la multitud pregunta « ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros» (Mc 6, 2-39). Vemos una familia encarnada en la cotidianeidad, reconocida por sus coterráneos y no encerrada en una burbuja de cristal; una estirpe que «no se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria» (n.181). En efecto, según Francisco «los que se casan son para su comunidad cristiana ‘un precioso recurso, porque, empeñándose con sinceridad para crecer en el amor y en el don recíproco, pueden contribuir a renovar el tejido mismo de todo el cuerpo eclesial’» (n. 207).

Contrario a estos bellos ideales, se debe aceptar que, cada vez más a menudo, las parejas ya no velan por su mutua perfección, sino por la realización «juntos, pero separados» de sus metas profesionales. Incluso, las actuales tecnologías parecen haber estancado el proceso de unidad, pues no es extraño sentarse en la mesa familiar donde todos sus miembros interactúan con sus artefactos electrónicos, o toparse con la vivienda que cuenta con televisor o computadora en cada habitación, etc…parecería que el desarrollo o el afán de progreso nos ha alejado en vez de estrechar distancias, no nos renueva sino que nos envejece, nos hace perezosos para vernos a la cara.

Sobre la cuestión de la comunión sacramental en los divorciados vueltos a casar, el Papa es claro y no realiza virajes: «su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales […] Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir como miembros vivos de la Iglesia» (n.299); o como dijo en Chiapas, «comulgamos con el hermano débil, el enfermo, el necesitado, el preso». Todo bautizado tiene una cualidad asombrosa: ser sacerdote con Cristo, es decir, toma parte en la función salvadora de Jesús. Así, actuar como «puente» entre Dios y los hombres a través del apostolado, es una efectiva manera de realizar nuestra comunión con Él, de sumergirnos en el amor celestial, santificando la realidad y procurando la extensión del Reino en la tierra.[6]

Francisco enumera tres propuestas de espiritualidad, con marcado tinte social que constituyen, a mi juicio, el gran legado de la exhortación postsinodal, para la cristiandad y la doctrina social de la Iglesia, a saber: 1) espiritualidad familiar de la comunión sobrenatural: la vivencia de la DSI en la propia familia, signos como la ternura y la escucha, que conducen a la contemplación[7]; 2) una espiritualidad del amor exclusivo y libre: donde cada quien descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un dueño mucho más importante, su único Señor, sólo así se llega a encontrar el sentido de la propia existencia[8]; 3) la espiritualidad del cuidado, del consuelo y del estímulo: reconocer a Cristo en el otro, valorar su dignidad, entregarle toda nuestra atención.[9] Entendamos espiritualidad no en sentido de autocomplacencia o letanías interminables, sino como el seguimiento de Jesucristo centrado en una conversión al prójimo, es decir, nuestra transformación en favor de la raza despreciada.

A decir verdad, el Santo Padre no realiza grandes innovaciones en cuanto los temas propios de la moral cristiana, más bien, urge a todos los hombres de buena voluntad a acatar su conciencia, evitando la polución propia de corrientes en contra de la Iglesia y del hombre, para que la familia siga siendo sal de la Tierra y actúe en favor del gran tejido social, porque «nadie puede pensar que debilitar a la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio es algo que favorece a la sociedad» (n.52). El discipulado implica volver al primer envío que hizo nuestro Señor, sin bolsa ni sandalias: sin prejuicios y sí con ilusión de un nuevo amanecer, pues mañana será otro día. Esa es la invitación de Francisco: un back to basics, el regreso a nuestros orígenes.

José Noé Cárdenas Zamarripa

Licenciado en Filosofía por el Instituto de la Arquidiócesis de Monterrey. Actualmente cursa estudios teológicos

[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n.213

[2] Cfr. KASPER, W., El evangelio de la familia, Obra Nacional de la Buena Prensa, México, 2014, pp.75-76

[3] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, 2016, n. 24. En adelante, “ALT”.

[4] Cfr. Ibídem., n.250-252

[5] Del discurso del Santo Padre Francisco en el Encuentro con las Familias, durante su visita pastoral a Tuxtla Gutiérrez, México, el 15 de febrero de 2016

[6] Cfr. SADA, R., Camino, verdad y vida, Editorial Minos, México, pp.154-155

[7] Cfr.  ALT, nn.314-318

[8] Cfr. Ibídem., nn. 319-320

[9] Cfr. Ibídem., nn. 321-324