De la toma de conciencia a la toma de posición

De la toma de conciencia a la toma de posición

La elección de Karol Józef Wojtyla al solio pontificio, al igual que la elección de Francisco, significó un parte aguas para la historia de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo; como Francisco, se trató de un Papa no italiano, proveniente de una realidad difícil, como lo era Polonia, país miembro de la extinta Unión Soviética.

Juan Pablo II, al igual que nuestro actual pontífice, se ocupó de problemas urgentes dentro del Vaticano y fuera de la Iglesia; recordemos la restructuración del Banco Vaticano o los distintos sínodos organizados con la intención de renovar a la curia vaticana o aquel viernes Santo de 1980, cuando el Papa salió a confesar a los fieles en la Basílica Vaticana o su preocupación por el conflicto de las Malvinas, sólo por citar un ejemplo que lo vincula a nuestro actual pontífice.

Es innegable que su personalidad, inteligencia, visión de futuro y profundo amor a Cristo y a su Iglesia, marcó la última parte del siglo XX. Gracias a él miles de jóvenes encontraron a Cristo, muchos cristianos se comprometieron en temas urgentes de su tiempo como la violencia, la desigualdad, la educación y el cuidado de la familia. Recordemos que él fue iniciador de la Jornada Mundial de la Juventud, del Encuentro Mundial de las Familias y de otras iniciativas que permitieron hablar, en su momento, de una Iglesia viva.

En el ámbito político jugó un papel fundamental para la caída del comunismo y la desaparición de la Unión Soviética. Juan Pablo II motivó e impulsó siempre a la Iglesia, a las naciones y particularmente a las jóvenes generaciones de entonces a un mayor compromiso para transformar las injusticias del mundo y las “estructuras de pecado en estructuras de solidaridad” (Cfr. SRS 36, 38). Sin embargo, sí quisiéramos señalar dos características de su pontificado: podemos decir que Juan Pablo II impulsó el papel y compromiso de los laicos en el ámbito social (la exhortación Christifideles Laici o el encuentro con los movimientos laicales en la Plaza de San Pedro aquel mayo de 1998 dan cuenta de esto) y la doctrina social cristiana (sólo por contar algunas encíclicas de su autoría: Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesims Annus).

Hasta la fecha, ningún pontífice ha escrito tanto sobre temas sociales como él, sin embargo aquí se encuentra tal vez la mayor diferencia con nuestro actual Papa Francisco. Juan Pablo II denunció a través de sus escritos, pero no pudo poner —tanto como él hubiera querido— en práctica su compromiso con el pobre, con el desamparado o desesperanzado.

Él fue víctima de las circunstancias y “oprimido” por la pesada burocracia de la “estructura” eclesiástica. Francisco está dando pasos firmes en la restructuración de la curia romana, del cuidado pastoral de sectores de la sociedad y la Iglesia que estaban abandonados.

Ha procurado que el cristiano —laico, religioso o presbítero— viva un mayor compromiso con su fe, que “encarne” lo que dice vivir. Hasta ahora, Francisco ha sido lo suficientemente libre para vivir lo que predica y aunque todavía no ha escrito mucho, sí está testimoniando mucho.

Si con Juan Pablo II vivimos la “toma de conciencia” del laicado, con Francisco estamos viviendo la “toma de posición”, de compromiso de todos los cristianos, laicos y presbíteros, a favor de la construcción del Reino de Dios aquí en la tierra. La elección de Juan Pablo II hace 35 años ha sido providencial, como providencial es la acción del Espíritu del Señor en su Iglesia.

No se entendería la acción de Francisco sin el trabajo de Wojtyla como cabeza de la Iglesia católica. Francisco está dando los pasos que Juan Pablo II y Benedicto XVI no pudieron dar, por distintos motivos, pero que sentaron las bases para que hoy se pueda avanzar.

Hay que pedir a nuestro beato —y próximo santo— Juan Pablo II que nos cumpla un milagro más: la renovación de la Iglesia de Jesucristo o, para ser más precisos, el retorno de la Iglesia peregrina a su misión originaria: vivir y anunciar el Reino de Dios en medio de los hombres, aquí y ahora.