Deporte y Cultura

Deporte y Cultura

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Los antiguos romanos acuñaron la sentencia “mente sana en cuerpo sano”. El deporte ayuda a liberar toxinas, despejar la mente, una vía para el conocimiento de virtudes y de limitaciones, una inclusión de la dimensión lúdica en la vida de todos los días… El deporte en Roma, como en las ciudades Estado de sus maestros, los griegos, era algo que se hacía no para ganarse la vida —los que competían eran amateurs—, sino para mejorar la propia vida; un modo que se ofrecía a los pobladores que si no competían por no reunir las cualidades para alcanzar la excelencia, podían, por imitación, cuidar del buen desarrollo del cuerpo, dado que cada persona, hombre o mujer, niño y adulto, era un compuesto de alma y de cuerpo. Reconocer que no se tenían cualidades para brillar en los estadios y en las pistas, era una vía para asumir determinadas limitaciones y admirar a aquellos que sí las reunían.

Así, las Olimpiadas conservan esas características y esa otra que se deriva de la competencia entre diversas naciones, como antes de diversas regiones de una determinada unidad cultural. Como el que gana es el mejor objetivamente, el reconocimiento de virtudes ajenas era una manera de doblegar la envidia, el resentimiento, el requerimiento de la venganza.

En tiempos más recientes o menos lejanos, los británicos acuñaron el término sportsmanship. El o los vencidos debían hacerse violencia a sí mismos e ir a felicitar a aquel o aquellos que lo habían derrotado. La institucionalización del reconocimiento significó un progreso en la ruta hacia una sociedad donde prive el respeto a los legítimos derechos humanos —esos que, por cierto, están anclados en la naturaleza humana, o, en todo caso, no entran en contradicción con ella.

Algo que, no hay que olvidarlo, estaba implícito en las justas medievales  de caballería como desde aquellos tiempos tan lejanos ya en las corridas de toros. El toreo no es un deporte ni es, en su raíz, competitivo; en la corrida un diestro puede acumular más trofeos que otro y el buen aficionado apreciar más la inspiración, los detalles, el modo de interpretar el toreo de otro que, formando parte del cartel, abandonó la plaza sin haber obtenido un solo trofeo. El toreo tampoco puede considerarse un deporte, a pesar de que significa un ejercicio importante del cuerpo, porque en el toreo, como en las artes mayores —que, valga la aclaración, el toreo no es porque su repertorio y alcances son limitados—, el público disfruta con el mismo entusiasmo una faena cumbre sin importar de qué nación, región o etnia proceda el diestro.

En la cultura contemporánea, a diferencia de las culturas de la Antigüedad, practicar no pocos deportes es algo que se hace no sólo por inclinación, sino por dinero.

Así, vemos con tristeza diversas manifestaciones de corrupción entre deportistas, empresarios y funcionarios públicos del deporte; deploramos también ver formas de degeneración personal en deportistas retirados debido a que, compelidos a una alta y casi excluyente especialización, han roto toda armonía y correspondencia entre cuerpo y alma, como si hubiesen dejado de cultivar su propia alma, y caen así en vicios lamentables, víctimas del vacío existencial.

Como el deporte exige cualidades físicas que se van perdiendo con el paso del tiempo, una vez fuera del ejercicio profesional han perdido todo sentido de la existencia. Cada año en los Juegos Olímpicos asistimos un año sí y el siguiente también, el acaparamiento de medallas por deportistas de las mayores potencias económicas, donde triunfar es una forma de public relations y vuelven esclavos del deporte a personas dotadas para ejercerlo y condenadas a una competencia devastadora de la salud mental.

Tal vez, pienso, debamos dedicar tiempo a reflexionar por qué la sabiduría de los antiguos ligó las competencias deportivas al amateurismo.

Francisco Prieto. Escritor, defensor de los derechos del televidente de canal 22, conduce y escribe el programa “Huellas de la Historia” de Radio Centro.