Dios mío, apiádate de mi

Dios mío, apiádate de mi

La parábola de hoy es llamada ‘parábola del fariseo y el publicano’. El fariseo nos ha llegado a nosotros como símbolo de altanería, soberbia y falsedad; el publicano como aquel que, consciente de ejercer una actividad profesional deshonesta, es odiado por todos los judíos y, sin embargo, es deseoso de remediar sus males. No olvidemos, por cierto, el ejemplo evangélico de Zaqueo. En esta ocasión, los protagonistas de la parábola son contrapuestos y evidencian dos modelos diferentes de oración, o sea, de ‘diálogo con Dios’: engreída, altanera y soberbia la del fariseo; suplicante, esperanzadora y piadosa la del publicano.

Los dos personajes, nos relata Lucas: “subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano”. La soberbia del fariseo se refleja, descaradamente, en su misma actitud y en el contenido egocéntrico de la oración: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano”. Vemos claramente que se trata de una oración arrogante donde el fariseo descalifica, sin misericordia, a todos los demás. Lo cierto es que hay mucha verdad en la oración de los fariseos en general.

En efecto, son notoriamente escrupulosos cumplidores de las leyes, tradiciones y cultos judíos. Sin embargo, el estilo de su oración suena mal, errónea y superficial. Adora a Dios y le agradece ser como es porque no tiene los vicios de los publicanos, y es cierto, pero se juzga complaciente consigo, se vanagloria de su conducta ‘intachable’ y desprecia sin piedad a los demás. La oración de este hombre, bajo el aspecto de la formalidad, es impecable, ya que expresa el espíritu sano del fariseísmo; sin embargo, Jesús lo cuestiona y critica la autosuficiencia de su oración y la falta de ‘diálogo de amor’ con Dios.

En el fondo, es sólo expresión de su orgullosa complacencia de sí mismo, y Dios parece ausente en su oración. Más bien, por medio de sus obras piadosas intenta convertir a Dios en su deudor: no necesita pedir perdón de sus pecados ante Dios porque, como justo, se siente libre de ellos y con derechos.

Diferente, por lo contrario, suena la oración del publicano: el odioso recaudador de impuestos, ladrón público y colaborador del imperio. Él, con sinceridad y humildad, reconoce sus errores y pide piedad: “Dios mío, apiádate de mí, que soy pecador”. El publicano en el templo se siente como un ‘pez fuera del agua’ y confundido; sólo se da golpe de pecho y suplica a Dios con la expresión propia del pecador que no sabe hacer elenco de sus muchos pecados.

La oración del publicano es la de los ‘pobres’ que, sin embargo, se dirigen confiadamente a Dios, su centro de atención y de amor. Él no sabe ni gloriarse de nada bueno propio; ni se compara con otros hombres, que son mayores pecadores que él, sino que piensa sólo en su propia culpa; se golpea el pecho como sede del corazón, del que viene todo pecado, e invoca la misericordia benigna de Dios.

Únicamente el publicano, quien no se siente digno ni siquiera para elevar los ojos al cielo, regresa a su casa perdonado y salvado por su espíritu de arrepentimiento, mientras el fariseo no parece ser tomado en cuenta y su oración queda sin respuesta. ¿Por qué? La perícopa final así lo explica: “porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

El egocéntrico fariseo, con toda su soberbia y orgullo, será por Dios desatendido; mientras el que reconoce sus miserias y errores, delante de Dios, será por Él enaltecido, salvado. La oración del fariseo no tuvo valor alguno ante Dios por no haber hecho en ella más que contemplarse a sí mismo, lleno de presunción y orgullo, y recordar a Dios la paga que cree poder esperar y exigir de él. Ningún cambio se ha realizado ni en su propio estado interior ni en el juicio de Dios sobre él. Su ‘atea’ piedad farisaica era ya, desde antes, abominable a los ojos divinos.

Las figuras de estos dos hombres ‘anónimos’ del Evangelio representan los dos extremos más contrarios y opuestos dentro del judaísmo y de cualquier otra religión. Por eso, la parábola es actual y lo es para todos los tiempos porque sus dos personajes antagónicos están en todas partes. La figura del fariseo sigue siendo viva también hoy, pero lo es de manera diferente. En efecto, el fariseo moderno no es el persignado. El fariseo moderno es uno que ya no se persigna, que desprecia la oración y la religión como algo inútil y superado. Es uno que se dedica a cosas de más envergadura y dice sentirse justo sin necesidad de ser ‘mocho’.

Sin embargo, a Dios nadie puede sobornarlo con sus exitosas prestaciones de hombre hecho y derecho. Lo que tenemos que aprender, por tanto, es que Dios es Dios y es el primero que toma cartas para acogernos en su amistad y salvarnos, siempre y cuando reconozcamos lo que somos: ‘pobres pecadores’ capaces de decir: “Dios mío, apiádate de mí”.

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