“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre”

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre”

Vigésimo Tercer Domingo del tiempo ordinario
Evangelio según San Mateo 18,15-20.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre”

El Señor parece invitarnos a disfrutar de los beneficios que nos otorga la vida cristiana, cuando es asumida y experimentada en comunidad: “Pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Cuando la comunidad reunida en la fe en el Señor hace oración, obtendrá lo que pida: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá”. La oración es poderosa cuando es compartida y finalizada a pedir lo que fuere, pero siempre en orden al verdadero bien de la persona humana: su salvación.

 Es orando como la comunidad podrá disfrutar, en la fe, la percepción de esa presencia de Jesús que Él mismo nos ha asegurado: “Ahí estoy yo”. Queda explícito, en este contexto, que Jesús promete eficacia absoluta a la oración en común de dos o más discípulos, o sea, de una comunidad de personas, unidas en adhesión a Él. En esta presencia espiritual suya, entre los reunidos para la oración, reside el motivo de su eficacia.

Dios quiere darnos a entender que se hace presente, más que todo, en la comunidad, la cual es dimensión constitutiva de la vida cristiana. Esta sentencia debe ser entendida como válida también para la época en que Jesús no estaría ya con su presencia física entre los discípulos. Y es dirigida también a todas las parejas cristianas orantes. En ellas y en su amor se trasparenta la presencia del Señor.

Otro beneficio de la vida cristiana en comunidad que nos señala el texto evangélico es la “corrección fraterna”, o sea, la práctica de una disciplina eclesial necesaria para conservar la pureza de conducta de sus integrantes y permanecer fieles al Señor. Se trata de una de las expresiones del amor más difícil de llevar a cabo en cuanto muy diferentes son, hoy, las condiciones de las comunidades.

Cuando fue escrito el evangelio de Mateo, la Iglesia cristiana estaba constituida por un conjunto de pequeñas comunidades, cuyas estructuras eran sumamente sencillas y esenciales. Los integrantes se conocían perfectamente bien y lograban compartir la vivencia de todo lo que Jesús les había enseñado. Eran como una familia en la cual se vivía en armonía y donde más viable era, inclusive, corregirse recíprocamente por amor.

Las comunidades cristianas de hoy, por lo contrario, se han vuelto grandes; los sentimientos de fraternidad se han enfriado y, consecuentemente, más complejo resulta compartir momentos y vivencias. Además, es más débil el sentido de pertenencia y, por ende, la posibilidad de que la comunidad incida en la vida moral de sus integrantes. La anonimia y el aislamiento actual, que caracteriza la mayoría de las parroquias, vuelven casi impracticable cualquier intento de corregirse fraternalmente. Además, se nos hace complicado convertirnos nosotros en jueces de los demás, o sea, conyugar el imperativo de no juzgar con la necesidad de amonestarnos mutuamente.

A pesar de todo, debemos rescatar el espíritu de esta práctica fraternal, cuya dinámica, a la manera de un proceso judicial, se compone de tres tiempos: el de la corrección interpersonal, en el caso de que nos conste algún error grave de un hermano de fe (“si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas”); el de corregir, aumentando la autoridad del que hace la reconvención, con la ayuda de otros hermanos, en el caso de que no se nos haya hecho caso (“si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas”); y el de recurrir a la comunidad, en el caso de resistencia total y contumacia del culpable (“si ni así te hace caso, díselo a la comunidad”).

 En todos los casos se trata de tutelar y proteger al pecador, haciéndole ver sus pecados y, sin herirlo, exhortarle a la conversión y a pedir el perdón. En estas tres secuencias de la corrección fraterna, el acento recae sobre la voluntad de Dios que nadie se pierda y, por esta razón, habrá que guardarse de excomulgar al hermano que peca.

Lo de la exclusión de la comunión eclesial sentenciada por la comunidad es un poder reconocido también en el cielo. Se trata del ya mencionado poder de atar y desatar concedido por el Señor a Pedro, a los demás apóstoles y, aquí, a toda la Iglesia también: “Yo les aseguro que lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

La vida cristiana y la salvación maduran dentro de una comunidad. Tenemos todos los mismos ideales; nos alimentamos de la misma palabra de Dios; vivimos cercanos y todo lo que hacemos, de alguna forma, repercute en nosotros mismos. Es por esta solidaridad oculta que nos une en el bien y en el mal, que se justifica y llega a ser necesario ayudarnos mutuamente cuando fallamos. Es obvio que no podemos rehusar nuestra responsabilidad frente a los demás; que no podemos vivir cristianamente sin preocuparnos por el bien y la salvación de nuestros hermanos y compañeros de fe. O sea, sin corregirnos fraternalmente.

Umberto Marsich

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