Elecciones 2015: libertad y responsabilidad

Elecciones 2015: libertad y responsabilidad

Nos acercamos rápidamente al día en que tendremos que elegir diputados federales, diputados locales, asambleístas, presidentes municipales, jefes delegacionales, lo cual a todas luces representa para cada ciudadano una gran oportunidad de contribuir en el desarrollo democrático de nuestra nación, pero también una grave responsabilidad con el sentido y la forma de cómo queremos que ese desarrollo político, económico y social se dé en ella.

Así, las elecciones nos enfrentan como ciudadanos ante nuestra propia libertad y responsabilidad: libertad de elegir a quién, pero responsabilidad de elegir por qué y para qué. Las elecciones que se definen como un procedimiento con normas reconocidas donde toda la población —o parte de ésta— elige a una o varias personas para ocupar un cargo, son entonces para nosotros ese espacio donde como miembros de una comunidad nacional estamos llamados a elegir responsablemente qué proyecto de país deseamos y quién lo encabezará. Por eso, si bien todavía hay mucho que mejorar en cuanto al sistema de votación, al alcance del sufragio y la limpieza del proceso, es un deber ineludible el participar.

Hoy, sin desconocer las grandes deficiencias en materia electoral, nos encontramos en mejores condiciones que en tiempos pasados para ejercer este derecho; el órgano electoral, quien recientemente ha sufrido una transformación, goza de una credibilidad por lo menos aceptable, y gracias a los medios de comunicación, no sin sospechosos sesgos, podemos conocer a los candidatos además de sus principales propuestas, lo que sin duda nos invita a participar con más entusiasmo y responsabilidad en la justa electoral. No es gratuito que las elecciones generales sean aceptadas por la mayor parte del mundo occidental como la piedra angular de la democracia.

Pero esta tarea que como ciudadanos tenemos de participar responsablemente en el próximo proceso electoral es también una prioridad desde nuestro ser cristiano, ya que como seguidores de Jesucristo y constructores de su Reino, estamos llamados a forjar a través de nuestra participación política un mundo más humano y más evangélico, donde los valores de la verdad, justicia y la paz estén presentes. Un llamado en este sentido lo hacía hace ya más de 40 años el Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes a todos los cristianos, para que recordaran que como ciudadanos tenían no sólo el derecho sino el deber de votar con libertad para promover el bien común (GS, 75).

De allí que la Conferencia del Episcopado Mexicano, en un documento del 25 de marzo del 2003 titulado ¡Votemos con responsabilidad!, hacía los siguientes señalamientos “El derecho al voto de los ciudadanos es un elemento central de participación democrática en las decisiones de gobierno. El voto, además, es un medio para manifestar nuestra aprobación o desaprobación a los candidatos, a los partidos políticos, a los programas que ofrecen y a su desempeño como gobernantes. Es por eso que el voto deba ser razonado, personal, libre y secreto. Se requiere, por tanto, realizar una seria valoración moral de los candidatos y de las plataformas políticas de los partidos, de tal forma que elijamos a las personas y a los programas que garanticen mejor el bien del país. Necesitamos legisladores y gobernantes honestos y desinteresados, capaces de construir el bien común…”.

Don y tarea, libertad y responsabilidad, derecho y obligación, las elecciones, bien lo sabemos, son oportunidad para hacer realidad estos binomios; ellas son fuente de legitimidad y se traducen en condiciones idóneas para la gobernabilidad. Por eso, quienes pudiendo votar no lo hacen, ponen en peligro esta gobernabilidad, dejando de lado la posibilidad de seguir construyendo una nación moderna donde reine la paz.

Mtro. Luis Javier Rubio, OP