La cuaresma, tiempo de encuentro

La cuaresma, tiempo de encuentro

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“Buena es la oración con ayuno; y mejor es la limosna con justicia

que la riqueza con inequidad.” (Tb 12,8)

 

Oración, ayuno y limosna son tres elementos para vivir la cuaresma; sin embargo, si se expresan desconectados de la vida no tienen sentido. Por ello es necesario releerlos y vivirlos como una invitación al encuentro; y en el encuentro descubrir cómo nos permiten conectar con nuestras tres relaciones fundamentales.

La oración nos permite el encuentro con Dios, la limosna nos introduce al encuentro con el otro y el ayuno y penitencia nos aportan un espacio de encuentro con nosotros mismos. Son entonces, una oportunidad de reconocernos frágiles y limitados pero abrazados por la misericordia del Padre; un medio para analizar quiénes somos y qué nos mueve; pero sobre todo, son una posibilidad de como creyentes, descubrir nuestro papel en la sociedad.

Oración: encuentro con Dios

La oración es un espacio para la comunidad y para el encuentro con Dios desde lo que cada uno trae en el corazón y desde las necesidades comunes. Con la confianza en Dios que es Padre y Madre nos acercamos a poner nuestras preocupaciones y dolores porque sabemos que Él los alivia. Ante su presencia somos capaces de reconocer cuando nos hemos equivocado o hemos hecho daño y seguros de que su misericordia nos ama, nos abraza y nos acoge, nos arrepentimos y encontramos un nuevo camino y una nueva oportunidad.

Cada día la oración nos lleva a un nuevo encuentro con un Dios trinitario que como Padre nos ama y nos acompaña, que como Hijo nos descubre al otro y toda una vida entregada al amor del Padre y como Espíritu Santo nos da la fuerza y la sabiduría para vivir desde ese encuentro con Él.

Muchas formas hay para orar, pero Mateo nos dice: y al orar no charléis mucho, como los gentiles; invitación a descubrir lo que Dios nos dice, a escuchar y escucharnos y en el silencio, sabernos mirados, como el Papa Francisco ante María de Guadalupe.

Limosna: encuentro con el otro

La limosna puede ser un acto que ha carecido de sentido, pero justo en la posibilidad de entenderlo como el espacio privilegiado para el encuentro con el otro, podemos recuperarlo; y así vivirla desde la virtud más grande que es la caridad. La limosna no es dar, sino darnos y ser solidarios. Por ello no implica buscar en la alacena, el clóset y la cartera aquello que sobra, sino buscar dentro del corazón para reconocer, que compartir es un acto de justicia con el otro.

Lázaro es el pobre que tiene nombre y tiene historia; dar puede llevarnos a no conocer a quien recibe lo dado, pero compartir es el encuentro que me permite conocer el nombre, mirar un rostro y descubrir una historia.

Ayuno: encuentro conmigo mismo

A nivel biológico uno de los efectos al ayunar es que el cuerpo se alimenta de sus propias reservas. Entonces esto puede significarnos, desde el encuentro con nosotros mismos, conocer cuáles y cuántas son nuestras reservas. Encontrarnos con aquello de lo que nos hemos alimentado y así descubrir de qué estamos hechos o cómo nos hemos conformado a nosotros mismos.

San Pedro Crisólogo dice que quien no ayuna para el pobre engaña a Dios. El que ayuna y no distribuye lo ahorrado sino que lo guarda, demuestra que ayuna por codicia. Por ello, si el ayuno se queda en una privación y el encuentro conmigo no tiene proyección en el encuentro con los otros, es engaño a Dios. El ayuno nos sirve para vivirnos desde una dimensión más amplia, como seres integrales que también requerimos alimentar y fortalecer nuestras reservas.

Vivamos esta cuaresma como ese tiempo de encuentro y permitamos que la oración, la limosna y el ayuno sean elementos que nos lleven a una verdadera conversión, para así poder vivir el Misterio de Dios que se encarna, vive plenamente, muere y resucita.

Karen Castillo Mayagoitia. Teóloga, Coordinadora del área académica del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC)

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