La dignidad de la persona es lo primero que urge liberar

La dignidad de la persona es lo primero que urge liberar

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Figura de la adúltera frente a Cristo Allí tenemos el Evangelio. Yo no encuentro una figura más hermosa de salvaguarda de la dignidad humana que ésta de Jesús —quien no tiene pecado— frente a una mujer humillada porque ha sido sorprendida en adulterio, y por la que piden sentencia de lapidación. Jesús, quien después de echar en cara sin decir palabra el pecado de los propios jueces, le pregunta a la mujer: ¿Nadie te ha condenado?». «Nadie, Señor». «Pues yo tampoco te condeno, pero no peques más». Fortaleza, pero ternura. La dignidad humana, ante todo, era un problema legal en el tiempo de Jesús. En el Deuteronomio, toda mujer sorprendida en adulterio debía morir y cuando quedaba un espacio para decidir cómo debía ser, discutían los fariseos y los letrados: «¿Por lapidación, por estrangulación?». Y a esto se refiere la pregunta: Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio; nuestra ley dice que debe morir, ¿tú qué dices? Según la discusión actual, ¿cómo debemos matarla?». A Jesús no le importan estos detalles legalistas. Con un disimulo superior a esa mala voluntad de los que le ponían una trampa, se puso a escribir en la tierra, como cuando uno disimula con un lápiz manchando un papel. Ellos insisten y Jesús da la gran respuesta de su sabiduría: «El que de ustedes esté sin pecado, que tire la primera piedra». Ha tocado la conciencia. Eran los testigos, según las leyes antiguas, los primeros que debían tirar la primera piedra. Pero los testigos, al mirar su conciencia, sentían que eran testigos de su propio pecado. Y la dignidad de la mujer se salva. Dios no salva el pecado, pero sí la dignidad de una mujer sumergida en el pecado. Él ama, ha venido precisamente a salvar a los pecadores y aquí tiene un caso. Convertirla es mucho mejor que apedrearla. Perdonarla y salvarla es mucho mejor que condenarla. La ley tiene que ser servicio a la dignidad humana y no los falsos legalismos con los cuales se pisotea muchas veces la honradez de las personas. Y dice con un realismo espantoso el Evangelio: «comenzaron a irse, comenzando por los más viejos». La vida se ocupa para ofender a Dios y los años, que debían servirnos para ir creciendo en este compromiso con la humanidad, con la dignidad del hombre, con Dios, se van haciendo cada vez más hipócritas, escondiendo los propios pecados que crecen junto con la edad.

b.) El pecado personal es la base del gran pecado social Y esto hay que tenerlo muy en cuenta, queridos hermanos, porque hoy es muy fácil, como los testigos de la adúltera, señalar y pedir justicia; pero ¡qué pocos miran su propia conciencia! ¡Qué fácil es denunciar la injusticia estructural, la violencia institucionalizada, el pecado social! Y es cierto todo eso, pero ¿dónde están las fuentes de ese pecado social?: en el corazón de cada hombre. La sociedad actual es como una especie de sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa y los demás son responsables. Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra patria. Por eso, la salvación comienza desde el hombre, desde la dignidad del hombre, de arrancar del pecado a cada hombre. Y en la Cuaresma, éste es el llamamiento de Dios: «¡Convertíos!». No hay aquí, entre todos los que estamos, dos pecadores iguales. Cada uno ha cometido sus propias sinvergüenzadas y queremos echarle al otro la culpa y ocultar las nuestras. Es necesario desenmascararme, yo soy también uno de ellos y tengo que pedir perdón porque he ofendido a Dios y a la sociedad. Éste es el llamamiento de Cristo: «¡la persona ante todo!». Qué hermoso el gesto de aquella mujer sintiéndose perdonada y comprendida: «Nadie, Señor, nadie me ha condenado». «Pues yo tampoco, yo, que podía dar la palabra verdaderamente condenatoria, no te condeno; pero cuidado, no vuelvas a pecar». ¡No vuelvas a pecar! ¡Cuidémonos, hermanos, si Dios nos ha perdonado tantas veces! Aprovechemos esa amistad del Señor que hemos recuperado y vivámosla con agradecimiento.

Mons. Óscar Romero

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