La Sagrada Familia

La Sagrada Familia

La familia de Jesús

María, como todas las madres judías, obedece fielmente a la prescripción de la ley de Moisés, que imponía un rito de purificación después de los cuarenta días del parto, y lleva a Jesús al templo. En esta circunstancia, lo que sobresale es la fidelidad de María y José a la ley del Antiguo Testamento. Tal vez no era estrictamente necesario llevar al niño al templo, sin embargo, el evangelista Lucas lo que quiere es mostrarnos a un Jesús consagrado al Señor desde el inicio de su vida y ponerlo en relación con el templo, centro de la vida religiosa del pueblo y de la concepción teológica de Israel. Es en este contexto que debemos reinterpretar toda la experiencia humana de Jesús.

Jesús opta por pertenecer a una familia.

El hijo de Dios, como vemos en el texto de hoy, ha querido nacer en el seno de una familia humana. Esta opción de Jesús nos favorece para poder considerar a la familia como el espacio humano más idóneo para el crecimiento de los hijos y la realización plena de todos sus integrantes. La familia es la facilitadora básica de identificación humana y cristiana, a pesar de todas las dificultades que ha encontrado a lo largo de la historia; es, también, la alternativa única frente a la deshumanización de la sociedad actual por desarrollar el sentido de la vida, de los valores morales y de la persona.

Lo atípico de la familia de Jesús —en cuanto compuesta por un hijo divino, una madre virgen y un padre legal— no merma, absolutamente, su función social y el  papel educador de los padres. Fueron José y María quienes forjaron, a lo largo de los años, el temple de Jesús; quienes marcaron su espíritu con la piedad tradicional de los que ‘esperaban la liberación de Israel’; quienes lo llevaron a escuchar, desde temprana edad, a los escribas en las sinagogas; quienes fueron para aquellos que los miraban signo y sacramento de cómo Dios nos ama. Lo mejor que le pasó a Jesús en su vida fueron José y María: le dieron protección, acompañamiento, seguridad, dignidad, confianza y valor para enfrentar su trascendente misión.

La revelación de Simeón

Que se tratara de una familia ‘extraña’ nos lo ratifica el presentimiento profético que tenía de ella el inspirado y anciano Simeón: “Vivía en Jerusalén —nos sigue diciendo Lucas— un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor”. Hombre de otros tiempos, Simeón finalmente pudo admirar a su Señor y aspirar a una muerte feliz: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Simeón es el creyente sencillo y piadoso; el anciano que ha vivido siempre con su confianza puesta en Dios y, al final de su vida, proclama agradecido que sus esperanzas, y las de Israel entero, se han cumplido. Este ver a Jesús como salvador debe ser nuestra aspiración y meta de nuestra vida, para poder morir a la manera del anciano Simeón: sin miedos y serenos.

Es en este contexto familiar, sereno e intenso, donde Jesús crecerá hasta aprender a valerse por sí mismo: “El niño —nos dice el evangelista— iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él”.

Conclusión

La mayoría de la gente considera la Navidad como fiesta de la familia, y tiene razón. En efecto, el niño Dios no podría haber nacido sino en el seno de una familia hermosa como la de Nazaret. Cualquier otro camino hubiera comportado no encarnarse del todo en la realidad humana y Dios no se hubiera hecho ‘hermano’ nuestro en Cristo Jesús. Es en el contexto familiar donde Jesús recibe todo aquello que necesita para poder vivir en la normalidad de vida de toda la gente: educación, lengua, cultura, religión, costumbres y oficios. Es bueno, por tanto, que el tiempo de Navidad nos abra al espacio familiar; al de la propia familia, sea la que sea, y nos ayude a amarla, valorarla y potenciarla como Jesús hizo con su Sagrada Familia.

Grande es la oportunidad que tenemos para rescatar la belleza de ser parte de nuestras familias y santificarlas con nuestro amor y dedicación. Luego, dilataremos sus confines para insertarnos también en la otra gran y maravillosa familia: la comunidad cristiana de pertenencia. Con ella compartiremos el deseo de lograr formar una gran familia con la humanidad entera, en la que todo mundo tenga cabida y en la que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad, justicia y paz. Sin dejar de ser familia para aquellos que no la tienen.

Umberto Marsich

 

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