La ternura cultiva la flor de la Paz

La ternura cultiva la flor de la Paz

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El Papa Francisco, en su encíclica Evangelii Gaudium, nos invita a construir “la revolución de la ternura”. La frase no es nada exagerada, pues solamente se puede dar vida desde la ternura. Realmente es, si no la única, sí la manera más excelsa como se puede combatir la violencia y construir la paz. Antes de dar una descripción de la ternura como cultivadora de la paz, necesitamos liberarnos de algunos prejuicios sobre el concepto que tenemos precisamente de la ternura: a) La feminización de la ternura se da cuando se piensa que ésta es solamente expresión de las mujeres y, en los hombres, es síntoma de debilidad y, por tanto, va en contra de la masculinidad. Esta concepción machista y patriarcal responde a la idea de que al hombre le corresponde por naturaleza ser violento. Hay una confusión de ideas, pues ternura no es sinónimo de debilidad, sino que es una de las expresiones más profundas y vigorosas del amor, es la savia misma del amor, sin la cual éste se apaga. b) La infantilización de la ternura se da cuando a los niños se les ve como personitas que son “todo ternura” por su delicadeza y su inocencia. Por tanto, la ternura sólo es para ellos. Imposible hablar en esta concepción de la ternura social y política, pues se confunde sin más la ternura con lo tierno, lo inmaduro, lo banal y la simple caricia de autosatisfacción. c) La emotividad o sentimentalismo de la ternura cuando se piensa que ésta solamente es una mera excitación sentimental, una sensación momentánea y pasajera que nos suscita la presencia del otro. Es obvio que en esta concepción de la ternura se le tiene como un repliegue sobre uno mismo y no como un encuentro y valoración del otro.

La ternura, contrario a todos estos prejuicios, es la expresión profunda y gratificante del amor que siente al otro como otro, que se demora en él por el profundo aprecio a su persona, lo valora en todo lo que él es, lo admira con intuición y fina sensibilidad. Ésta es la ternura esencial, como la llama Leonardo Boff, y no mero sentimentalismo. Desde el aspecto social, podemos decir que la ternura es una fuerza capaz de transformar los más pesados ambientes porque en el detalle del abrazo, del apretón de manos, de la frase conciliadora, de ofrecer el asiento incluso al enemigo… se insinúa aceptación, tolerancia, respeto, dignidad y una gran calidad humana. Con razón se dice que la montaña nos sobrecoge y lo grandioso nos intimida, pero el detalle, la delicadeza y la insignificancia nos doblega. Así pues, la ternura en lo político y en lo social nos ayuda a construir colectivamente y a cosechar el fruto de la paz. Con razón decía Tomás Borge que la solidaridad es la ternura de los pueblos. Lo contrario de la ternura es precisamente la violencia, la crueldad, el ensañamiento que sólo pueden brotar del odio, del deseo de venganza y, en todo caso, del resentimiento hacia la sociedad embriagado por el alcohol y embrutecido por la droga. Más de uno podrá pensar que la ternura es una utopía en ambientes tan crueles y embrutecidos como se han vivido en estos últimos años en México. Tal vez haya algo de razón en ello, pero «el ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer» (Ernesto Sábato, La resistencia,
2001). De esto es capaz la revolución de la ternura, como lo ha expresado el Papa Francisco.

*Vicario General de la diócesis de Cuauhtémoc-Madera, biblista y especialista en Pastoral Social.

Pbro. Camilo Daniel Pérez**

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