Las reformas y sus rehenes

Las reformas y sus rehenes

Lo anterior viene al caso porque si tú, ciudadano, en conciencia votaste por el partido y por el candidato que iba con tu interés personal o de grupo, si la ley establece que el que obtuviera más votos representaría a todos en el Congreso; si en el Congreso están los que ganaron las elecciones, creo que todos estamos representados. Si creemos en la democracia, lo que acuerde el Congreso, por mayoría, es lo que estamos obligados a respetar y apoyar todos los mexicanos. En este sentido no nos queda decirle al Congreso, lo que señala el evangelio cuando ustedes digan “sí”, que sea sí, y cuando digan “no”, que sea no. “Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mateo 5).

Por otro lado, la mayoría de los congresistas y el gobierno están conscientes que la globalización obliga a nuestro país a ser competitivo en materia económica, social y tecnológica, para estar a la altura de los mejores países del mundo. Y nos preguntamos por qué tenemos que ser competitivos; bueno, la primera respuesta es para poder acceder a los mercados internacionales con productos de calidad, que nos generen más y mejores empleos bien remunerados. Recordemos a los 7.4 millones de mexicanos en pobreza extrema y 40 millones en los límites de la pobreza.

Y sólo podremos ser competitivos si partimos de una educación de calidad mundial, con maestros mejor preparados con las herramientas necesarias, como sistemas electrónicos que les permita formar en nuestros niños y jóvenes mejores técnicos y científicos que creen la tecnología, para producir, medicamentos baratos, medios de transporte público, automóviles, aviones, y más y mejores alimentos de calidad que tanta falta nos hace.

Para lograr lo anterior, necesitamos dinero que no tenemos y que prestado es costosísimo, por lo que debemos echar mano de los recursos naturales como el petróleo que, por falta de tecnología y dinero, no aprovechamos; pero primero tenemos que hacer eficaz la administración de lo que tenemos y buscar los recursos económicos a través de sociedades justas, lícitas y transparentes con los inversionistas, donde riesgos y utilidades sean compartidas en nuevas exploraciones en aguas profundas, en el aprovechamiento de nuestro gas y en la instalación de las refinerías, oleoductos y medios de distribución necesarios.

Podremos ser competitivos si capitalizamos la hacienda pública, obteniendo los recursos vía el pago de impuestos; si le garantizamos al ciudadano que todos contribuirán al gasto público pagando impuestos no nada más legales, sino justos de acuerdo a sus ingresos, teniendo al individuo como el fin y no como un medio, como lo dice el primer principio de la doctrina social de la Iglesia.

Por tanto, qué bueno que se pusieron de acuerdo y firmaron un pacto; ahora le toca a toda la población apoyar las decisiones que se tomen en el Congreso, ya que ahí está representada la voluntad popular. No podemos estarle escamoteando con plebiscitos el mandato que se le dio al Congreso, porque como ahora, cuando a un grupo se le afecta sus privilegios, salen a hacer desmanes y a confundir a la población; hacerles caso es hacerles el juego a esos ociosos que son culpables de muchos de los retrocesos históricos de nuestra nación.

Recordemos qué caro pagamos, usted y yo, cuando la leyes se hacen para remediar situaciones coyunturales. Ahí están las reformas que realizó la Asamblea del Distrito Federal para poner en libertad a los vándalos del 1 de diciembre de 2012; ¿se actuó en favor del bien común?, yo creo que no, porque estos vándalos disfrazados de estudiantes —ahora de maestros— siguen saliendo a la calle y sembrando el terror entre la población trabajadora, ajena a sus resentimientos sociales.

De ninguna manera estamos en contra del libre cruce de las ideas en la Ciudad de México, como lo declaró el Jefe de Gobierno, pero cuando vemos que éste es rehén de una asamblea, que como lo demostró el primero de diciembre, no lo apoya en su actuación al detener a los vándalos y castigarlos, antes bien aprueba leyes para liberarlos.

Tenemos la amarga experiencia de las Policías Federal y Estatales, que en la mayoría de las veces han sido destituidos sus mandos y condenados al ostracismo por haber tenido el valor de actuar. Ahí tenemos Atenco, Guerrero y Michoacán, lo que han hecho es vulnerar las instituciones en ánimo de una supuesta prudencia. Recuerden las negociaciones con “El Mosh” en Ciudad Universitaria, las negociaciones con los zapatistas, con el Sindicato de Luz y Fuerza, los Appos en Oaxaca. Ellos son una minoría que tienen una visión distinta del país, contraria a la inmensa mayoría de los mexicanos; ellos no quieren ningún arreglo, ellos van por el poder.

No debemos retroceder para darles satisfacción a un grupo de ociosos, como ha quedado demostrado que son, los líderes de los grupos que hoy de manera irresponsable paralizan la Ciudad. Hay un proverbio en la Biblia que dice: “El que labra su tierra se saciará de pan; mas el que sigue a los ociosos se llenará del pobreza”.

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