Lectura desde la ciencia de la Encíclica Laudato Si’ Doctora...

Lectura desde la ciencia de la Encíclica Laudato Si’ Doctora María Amparo Martínez Arroyo, Directora General del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático.

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Muchas gracias. Buenas tardes.

Muchísimas gracias por la invitación al Senado; del sector ambiental, que en particular en la SEMARNAT estamos muy preocupados por estar realmente participando y compartiendo en todos los foros opiniones porque sabemos que finalmente lo que hay que llevar en todas las negociaciones internacionales es la opinión más amplia de todos los sectores.

Así que les agradezco mucho su invitación a estar con ustedes.

Quisiera empezar comentando que todas las formas de vida modifican su entorno, de una u otra forma. Sin embargo, son pocas las que lo hacen a costa de su destrucción.

En la evolución de las especies, la existencia de mecanismos biológicos internos que alerten o prevengan a las poblaciones sobre peligros a su sobrevivencia, han jugado un papel esencial en la selección natural.

Todos recordamos, por las hormigas, que sin tener en ese momento que comérselo, llevan y guardan alimento, los organismos que se surgen antes de que llegue la ola y los disperse.

En fin, todos estos mecanismos han jugado un papel importante.

En nuestra especie, que es una especie de larga vida que ha creado sociedades complejas, esos mecanismos llamados mecanismos de anticipación, parecen recaer en la cultura y la ciencia.

Aunque evidentemente y de manera antinatural, a los avisos que viene dando la ciencia y al aumento del conocimiento desde hace decenas de años, no se ha hecho un caso como se debiera.

Se han sobrepuesto intereses económicos y políticos de una minoría de la especie homo sapiens, que inexplicablemente domina sobre el bienestar común.

La Encíclica Laudato Sí, viene a significar un inesperado y significativo impulso a esta cultura de alerta sobre los males que aquejan a nuestra sociedad, describiendo con mucha precisión las acciones, actitudes irresponsables del daño a la casa común, que es nuestro planeta.

Pero sobre todo desde la fuerza que da el ser líder espiritual de más de mil millones de personas, el Papa Francisco hace un llamado fundamentado científica y éticamente, para un cambio radical en nuestro compartimiento hacia la naturaleza y entre nosotros mismos, como la única vía de superar la crisis planetaria.

A lo largo de todo el texto y muy especialmente en los capítulos Primero, Tercero y Cuarto, que se titulan “lo que está pasando en nuestra casa, “raíz humana de la crisis ecológica” y “una ecología integral”, respectivamente; presenta un diagnóstico sabio y preciso, una descripción objetiva y una argumentación impecable, que no puede dejar indiferente a ninguna persona de buena voluntad, sea o no creyente.

En los capítulos 5º y 6º, algunas líneas de orientación y acción y educación y espiritualidad ecológica, plantea en total concordancia y consecuencia con el análisis presentado, una línea de acción colectiva, nacional e internacional, que transforma los paradigmas existentes.

Repito, la enorme virtud de la Encíclica no es que diga cosas que no hubieran sido dichas por científicos, humanistas, movimientos sociales, corrientes progresistas; sino que lo dice de una manera articulada, coherente y con una profunda espiritualidad desde un sector que pese a su enorme influencia, había vuelto la cara hacia otro lado frente a grandes destrucciones ambientales e injusticia social.

Para valorar adecuadamente el gran significado de Laudato Sí, valdría la pena recordar brevemente algunos hechos de la historia; para lo cual recurriré a diferentes autores como Huxley, Edward Wilson, Blind White, Fernando Savater, Naomi Klein, Víctor Toledo, Ramón Margalef, entre otros.

Si bien muchas de las mitologías del mundo ofrecen historias de la creación, la mitología grecorromana era singularmente incoherente al respecto, todos recordamos la cantidad de dioses y que no se acababa de saber exactamente quién era padre de quién, quién estaba por dónde.

Como Aristóteles, los intelectuales del antiguo occidente negaban que el mundo visible hubiera tenido un principio, de hecho, la idea de un principio era imposible en el marco de su noción cíclica del tiempo.

En marcado contraste, el cristianismo heredado del judaísmo, no sólo tiene un concepto de tiempo no repetitivo y lineal; sino también una historia impactante de la creación. Dentro de ésta, aunque el cuerpo del hombre está hecho de arcilla, no es parte de la naturaleza, es hecho a la imagen de Dios.

El cristianismo, en contraste absoluto con el paganismo antiguo y las religiones de Asia, excepto quizá la de Zorastra, no sólo estableció una dualidad del hombre y la naturaleza; sino que también insistió en que es la voluntad de Dios que el hombre explote a la naturaleza para sus propios bienes.

En la antigüedad cada árbol, cada primavera, cada arroyo, cada colina, tenía su propio espíritu guardián; antes de que se cortara un árbol que se extrajera de una montaña o se hiciera alguna represa de algún arroyo, era importante hacer una ceremonia y aplacar al espíritu a cargo de esa situación particular.

El respeto y unión con la llamada madre tierra, que por cierto el concepto viene de Francisco de Asís, de los pueblos precolombinos, propició gran parte de su seguridad alimentaria.

Destruyendo el animismo pagano, el cristianismo hizo posible explotar la naturaleza en un ambiente de indiferencia hacia los sentimientos y el futuro de los diferentes seres vivos.

¿En qué momento perdimos como especie el camino?

Tal vez la religión lo explica desde la salida del Edén. Nuestros ancestros cometieron un terrible error y por eso nosotros vivimos en el pecado original. Estaríamos tal vez dispuestos a suponer que parte del Edén era el resto de la vida natural que existía antes de que existiera la humanidad. El libro del Génesis lo afirma, ya sea que se lea de manera literal o metafóricamente.

La conclusión de la ciencia también es que existía un mundo primordial, que sirvió como cuna para la humanidad, pero con ancestros diferentes y en contradicción con una lectura literal del Génesis, no aparece nuestra especie bruscamente, sino que va evolucionando en un mundo de gran riqueza biológica y en contacto con los ecosistemas en donde vive.

Tampoco parece ser que nos hayan corrido del Edén, en lugar de ello, hemos destruido la mayor parte de éste con el fin de mejorar nuestras vidas, generar más personas y generar una gran capacidad para destruir nuestros sistemas.

De acuerdo con la evidencia arqueológica, nos alejamos de la naturaleza con el inicio de la civilización, hace unos 10 mil años. Ese salto cuántico nos engañó con una ilusión de libertad respecto del mundo que nos había dado luz.

Tal vez cualquier observador externo vería a este planeta como una quimera en la que una nueva y muy extraña especie viene arrastrando los pies en el universo con una mezcla de la emoción de la edad de piedra, una imagen de sí misma propia de la época medieval y una tecnología que parece caída del cielo en relación con la propia evolución de esta especie.

Parece que no hay manera de explicar por qué tantas personas inteligentes permanecen pasivas mientras que los restos del mundo natural desaparecen.

Tal vez es una opción de permanecer ignorantes del principio histórico de que las civilizaciones se derrumban cuando se arruinan sus entornos.

Lo más preocupante de todo es que los líderes del mundo, incluidos los de las grandes religiones, han hecho poco para proteger al mundo viviente en medio de su fuerte caída.

Pocos negarán, sin embargo, que el impacto humano sobre el medio natural se acelera y toma una imagen aterradora.

Tendríamos por lo menos que armar una historia honesta, una en que las personas de todas las religiones pudieran estar de acuerdo en principio, si tal forma de recordar nuestra historia ayudara a formar un futuro más seguro. Eso es lo que propone la Encíclica al hacer este amplio reconocimiento y al plantear qué es lo que tenemos que hacer en adelante.

Edward Wilson señala que un descubrimiento clave para la historia ecológica y para la civilización es que esta fue adquirida de alguna manera con una intervención en la naturaleza.

La agricultura, que fue un salto adelante para la humanidad, alentó la falsa suposición de que una pequeña selección de plantas y animales domesticados puede apoyar la expansión humana indefinidamente.

El empobrecimiento de la fauna y la flora de la tierra era un precio aceptable hasta los últimos siglos en que la naturaleza parecía casi infinita.

Los desiertos y los habitantes que sobreviven en ellos estaban ahí para ser empujados y finalmente remplazados en nombre del progreso y en nombre de los dioses también, no lo olvidemos.

La historia ahora enseña una lección diferente, pero sólo a aquellos que la quieran escuchar.

Incluso si no se da ningún valor al resto de la vida en la tierra, más allá de la satisfacción de las necesidades corporales humanas, la destrucción de la naturaleza es una estrategia peligrosa.

Por un lado, nos hemos convertido en una especie especializada en comer semillas de cuatro tipos de hierba: el trigo, el arroz, el maíz, el migo, dando sabor a la soya.

Si eso falla, por enfermedad o por el cambio climático, también nosotros fracasaremos.

Unas 50 mil especies de plantas silvestres, muchas de las cuales se enfrentan a la extinción, ofrecen fuentes de alimentos alternativos.

Si uno insiste en ser práctico a fondo sobre la materia, las especies silvestres y sus ecosistemas deben ser considerados como parte de una cartera de inversión a largo plazo.

Incluso las personas más recalcitrantes deben ver la conservación como simple prudencia en el manejo de la economía natural de la tierra.

Finalmente, al entrar en el último tercio del Siglo XX, hay una mayor preocupación en toda la sociedad, en todos los sectores de la sociedad y en las ciencias naturales también, por concebir y por entender mejor la naturaleza, y por cómo relacionarse con ella.

Del mismo modo ha habido una etapa en que la acumulación de capacidades tecnológicas ha crecido a veces rápidamente y a veces lentamente.

Pero no fue sino hasta unas cuatro a seis generaciones que Europa Occidental y América del Norte organizaron un matrimonio entre la ciencia y la tecnología; una unión de lo teórico y los enfoques empíricos a nuestro entorno natural, sin considerar que la ética debería formar parte de ese binomio.

La convicción de que el conocimiento científico significa poder tecnológico sobre la naturaleza, difícilmente se puede fechar antes de 1950.

Su aceptación como un patrón normal de la acción, puede marcar el evento más grande en la historia humana desde la invención de la agricultura.

La palabra ecología apareció por primera vez en el inglés en 1873.

Hoy en día nuestro impacto en el medio ambiente ha aumentado en vigor y ha cambiado en esencia.

Si bien cuando se dispararon los primeros cañones a principios del siglo XIV, cuando se abrieron las primeras minas o se tiraron los primeros bosques y montañas se hizo un daño, un gran daño, las bombas de hidrógeno son de diferente orden. Una guerra luchada con ellas podría alterar la genética de toda la vida en este planeta.

Por 1285 Londres tenía problemas de contaminación derivados de la combustión de carbón, pero lo que hemos logrado hacer en los últimos siglos, en donde hemos alterado la química de la atmósfera del globo en su conjunto, tiene consecuencias que sólo empezamos a adivinar.

Con la explosión demográfica el urbanismo sin planeación, los depósitos ahora casi geológicos de aguas residuales y basura, sin duda ninguna criatura que no sea el hombre ha conseguido nunca ensuciar su hábitat en tan poco tiempo.

Por otra parte, las negociaciones sobre el clima llevan más de 20 años pronosticando soluciones estructurales. La convención intergubernamental creada para prevenir que se alcancen en el mundo niveles peligrosos de cambio climático, no sólo han tenido pobres progresos, sino que han enfrentado la realidad de que en el 2013 la emisiones globales de bióxido de carbono fueron 61 por ciento más altas que en 1990, al inicio de las negociaciones.

El acuerdo tácito, aunque no vinculante, por el que los grandes emisores se comprometen a impedir que las temperaturas aumenten más de dos grados, es claramente insuficiente si consideramos que hasta la fecha el incremento en promedio de .8 grados de la temperatura global ha empezado a mostrar numerosos y alarmantes efectos:

Derretimiento sin precedente en las capas de hielo en los últimos veranos, acidificación de los océanos más rápida de lo previsto, huracanes y tormentas severas, sequías, en fin, aunque no conocemos lo suficiente la sensibilidad del clima, a cambios específicos en sus diferentes componentes, sabemos que su respuesta no es lineal y que los escenarios que nos permiten proyectar los modelos existentes pueden detonar respuestas irreversibles no previstas.

Estamos pues ante una disyuntiva histórica. El cambio climático puede ser el catalizador de una gran transformación social. En el sentido positivo, revalorando la reconstrucción y reactivación de economías locales, invertir en transporte colectivo, vivienda asequible, cambio a uso de energía limpia y renovable, cuidado del agua y de la biodiversidad, restauración de ecosistemas, ciudades más habitables, reforma del sistema agrícola, poner fin a los grotescos niveles de desigualdad existentes.

Sin embargo, también puede ser excusa para imponer políticas que beneficien a una minoría: empresas y bancos, compañías de seguros, incluso es conocida la declaración de un gigante de la industria armamentista, Raytheon, de que es probable que crezcan las oportunidades de negocio a resulta de la modificación del comportamiento y las necesidades de los consumidores en respuesta al cambio climático, decía.

Entre 2008 y 2010 se registraron en el mundo más de 250 patentes relacionadas con el cultivo de variedades agrícolas preparadas para el clima, supuestamente capaces de resistir condiciones meteorológicas extremas. De estas patentes, alrededor del 80 por ciento pertenecen a tres transnacionales de la agricultura.

En estos de decisión, la encíclica viene a ponerse del lado de la vida., en defensa del planeta, en contra de las formas de producción y consumo insustentables e injustas.

Lo que plantea es el reconocimiento de que no hay dos crisis separadas, una social y otra ambiental, sino una sola y compleja crisis socioambiental que debemos atacar de manera integral.

En términos científicos, la encíclica plantea principios conocidos en el medio académico, pero le da una dimensión de vanguardia al ser sostenida por un liderazgo espiritual. Combinando un llamado a acabar con la pobreza y la injusticia, con el rescate y la defensa de la naturaleza, y en suma de nuestro planeta entero.

Con ese espíritu, esperemos que vayamos todos los mexicanos, la sociedad civil, del gobierno, del sector privado, público, a las negociaciones en París.

Muchas gracias.