Legalidad y justicia al servicio de la persona

Legalidad y justicia al servicio de la persona

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Uno de los resultados que más llama la atención y nos interpela de la Encuesta Nacional de Cultura y Práctica Religiosa (ENCPR) “Creer en México” (www.encuestacreerenmexico.mx), realizada por el IMDOSOC, es la altísima aceptación de la pena de muerte.

Ante la pregunta ¿Qué tan de acuerdo está con que se aplique o no la pena de muerte en las siguientes circunstancias? En una escala del 1 al 10, donde 1 es jamás se debe aplicar y 10 siempre se debe aplicar, los católicos promediaron 7.6 en el supuesto de un secuestrador que ha asesinado o mutilado a sus víctimas; alguien que ha abusado sexualmente de niños o niñas hasta un 7.4; un violador 7.3; un asesino 7.1; y baja a 6.4 a un narcotraficante.

El concepto ‘cultura de la vida’ forzosamente debe incluir todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. Ante la impunidad, que es fruto de la ilegalidad, estamos apostando a la venganza social que implica la aplicación de la pena de muerte, lo que genera un ambiente poco propicio para la paz; la violencia de cualquier tipo en contra de una persona, necesariamente genera más violencia.

El sistema de “justicia” de nuestro país, como muchos otros sectores, se encuentra secuestrado por la corrupción, el desorden, la falta de transparencia, inclusive algunas personas que deberían impartir justicia están más bien al servicio del crimen organizado. Más allá del problema sistémico, la falta de cultura de la legalidad y de respeto al Estado de Derecho se vive todos los días a nivel de la ciudadanía. Estamos acostumbrados a romper constantemente las reglas básicas de convivencia; en otro de los resultados de la ENCPR, por ejemplo, se preguntó a una muestra representativa y con un aceptable nivel de error: ¿Usted hace cosas que lo beneficien aunque afecten al país?, más del 80% estaría dispuesto a hacerlo o no lo ve tan mal y el 46% afirmó tajantemente que en México cada quien trabaja por su propio beneficio.

Ante esta realidad cotidiana, una respuesta posible es la vivencia de los valores del Evangelio que se expresan a través de principios ordenadores de la sociedad —principios de la doctrina social cristiana— como la solidaridad, la subsidiariedad, el bien común, la participación, el destino universal de los bienes y el cuidado de la creación.

Hacer vida estos ideales implica conocerlos, asimilarlos, esforzarnos en nuestra formación cívica y cristiana. Una mejor sociedad está conformada por mejores personas, para vivir mejor hay que ser mejor; no se nos va a dar como un regalo, cada uno tiene la posibilidad y responsabilidad de luchar por un mejor futuro, donde la justicia esté al servicio de la persona. Hace poco me invitaron a reflexionar sobre el significado de persignarse —cuando realizamos la señal de cruz en la frente, la boca, el pecho y todos a la vez—, si cambiamos las palabras que generalmente se repiten al hacerlo por: pensar como Jesús, hablar como Jesús, amar como Jesús y actuar como Jesús, tendremos un programa de cambio personal concreto y, por lo tanto, estaremos en camino de una mejor sociedad.

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