Los laicos de la ciudad

Los laicos de la ciudad

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Este breve discurso, dirigido a los miembros del Pontificio Consejo para los Lacios, retoma mucho de lo dicho en la exhortación Evangelii Gaudium, y es una invitación a seguir trabajando en la línea señalada por la tradición de la Iglesia, particularmente del C.V. II en su decreto Apostolicam Actuositatem. Invita a los presentes a seguir trabajando, a recuperar la conciencia de que toda vida vivida cristianamente ejerce siempre un fuerte impacto social, por tanto desde el ámbito específico que como laicos les toca vivir, sean factores de cambio para que en los ambientes citadinos, tan complicados y estresantes, se rompa el anonimato y la indiferencia que imperan y se recupere a la persona, objeto del mensaje liberador del Evangelio.

DISCURSO DEL PAPA FRANCISCO A LA PLENARIA DEL PONTIFICIO CONSEJO PARA

LOS LAICOS (7-2-2015)

Queridos hermanos y hermanas:

Recibo con alegría al Pontificio Consejo para los Laicos, reunido en Asamblea Plenaria. Doy las gracias al cardenal presidente por las palabras que me ha dirigido. El tiempo transcurrido desde vuestra última Plenaria ha sido para vosotros un período de actividad y de realización de iniciativas apostólicas, en las que habéis adoptado la Evangelii gaudium como texto programático y como brújula que orienta vuestra reflexión y vuestra acción. El año que hace poco se inició marcará una importante efeméride: el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Sé que, a este respecto, estáis preparando convenientemente un acto conmemorativo de la publicación del Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem. Aliento semejante iniciativa, que no mira tan solo al pasado, sino al presente y al futuro de la Iglesia. El tema que habéis escogido para esta Asamblea Plenaria, «Encontrar a Dios en el corazón de la ciudad», sigue la estela marcada por la invitación de la Evangelii gaudium a sumirse en los «desafíos de las culturas urbanas» (nn. 71-75: ecclesia 3.704-05 [2013/II], págs. 1828-1829). El fenómeno del urbanismo ha adquirido ya dimensiones mundiales: más de la mitad de los hombres del planeta viven en ciudades. Y el contexto urbano influye poderosamente en la mentalidad, en la cultura, en los estilos de vida, en las relaciones interpersonales, en la religiosidad de las personas. En este contexto, tan variado como complejo, la Iglesia no es ya la única «promotora de sentido», y los cristianos acaban recibiendo «lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio» (ibíd., n. 73: ecclesia, cit., pág. 1828). Las ciudades ofrecen grandes oportunidades y grandes peligros: pueden ser espacios magníficos de libertad y de realización humana, pero también espacios terribles de deshumanización y de desdicha. Se diría que toda ciudad, incluso la que parece más floreciente y ordenada, tiene la capacidad de engendrar en su propio seno una sombría «anticiudad». Se diría que, junto a las ciudadanos, existen también los

«no ciudadanos»: personas invisibles, pobres en medios y en calor humano, que habitan «no lugares», que viven «no relaciones». Se trata de personas a las que nadie dirige una mirada ni presta atención o interés. No son solo «anónimos»: son «antihombres». Y esto es terrible. Ante tan tristes escenarios, debemos, sin embargo, recordar que Dios no ha abandonado la ciudad: él vive en la ciudad. Esto es muy hermoso. Sí: ¡Dios sigue estando presente también en nuestras ciudades, tan frenéticas y distraídas! Por eso es preciso no abandonarse jamás al pesimismo y al derrotismo y poner una mirada de fe en la ciudad, una mirada contemplativa «que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas» (ibíd., n. 71: ecclesia, cit., ibíd.). ¡Y Dios nunca se ausenta de la ciudad, ya que nunca se ausenta del corazón del hombre! Y es que «la presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas» (ibíd.). La Iglesia quiere estar al servicio de esta búsqueda sincera que anida en tantos corazones y que los abre a Dios. Los fieles laicos, sobre todo, están llamados a salir sin temor para salir al encuentro de los hombres de las ciudades: en sus actividades diarias, en su trabajo, como individuos o como familias, junto con la parroquia o en los movimientos eclesiales a los que pertenecen, pueden derribar el muro de anonimato y de indiferencia que a menudo reina soberano en las ciudades. Se trata de atreverse a dar el primer paso de acercamiento a los demás, para ser apóstoles del propio barrio. Convirtiéndose así en anunciadores jubilosos del Evangelio a sus conciudadanos, los fieles laicos descubren que hay muchos corazones a los que el Espiritu Santo ya ha preparado para recibir su testimonio, su cercanía, su atención. En la ciudad existe a menudo un terreno de apostolado mucho más fértil de lo que tantos se imaginan. Importa, por lo tanto, cuidar la formación de los laicos: educarlos para que tengan esa mirada de fe, llena de esperanza, capaz de ver la ciudad con los ojos de Dios. Ver la ciudad con los ojos de Dios. Animarlos a vivir el Evangelio, conscientes de que toda vida vivida cristianamente ejerce siempre un fuerte impacto social. Al mismo tiempo, es necesario alimentar en ellos el deseo del testimonio, para que puedan dar a los demás con amor el don de la fe que han recibido, acompañando con afecto a aquellos hermanos suyos que dan sus primeros pasos en la vida de fe. En resumidas cuentas, los laicos están llamados a vivir un protagonismo humilde en la Iglesia y a convertirse en fermento de vida cristiana para toda la ciudad. Importa además que, en este impulso misionero renovado hacia la ciudad, los fieles laicos, en comunión con sus pastores, sepan proponer el corazón del Evangelio, no sus «apéndices». También el a la sazón arzobispo Montini, a las personas implicadas en la gran misión ciudadana de Milán, les hablaba de la «búsqueda de lo esencial», y nos invitaba a ser, ante todo, nosotros mismos «esenciales» —es decir auténticos, genuinos— y a vivir lo que realmente importa (cf. Discorsi e scritti milanesi 1954-1963, Istituto Paolo VI, Brescia-Roma 1997-1998, p. 1483). Solo así puede proponerse en toda su fuerza, en toda su belleza, en toda su sencillez, el anuncio libertador del amor de Dios y de la salvación que Cristo nos trae. Solo así se va con esa actitud de respeto hacia las personas y se les brinda lo esencial del Evangelio. Encomiendo vuestra labor y vuestros proyectos a la protección maternal de la Virgen María, peregrina junto con su Hijo en el anuncio del Evangelio de aldea en aldea, de ciudad en ciudad; e imparto de corazón a todos vosotros y a vuestros seres queridos mi bendición. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

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