Malala, la niña valiente: Premio Nobel de la Paz

Malala, la niña valiente: Premio Nobel de la Paz

Con el Premio Nobel de la Paz a Malala Yousafzai, se ha premiado a los defensores de derechos humanos de niñas y niños, especialmente a la educación. Cuando la pequeña pakistaní, de todavía 16 años, recibió el Premio Sajarov afirmó en el Parlamento Europeo: “Es alarmante que haya 57 millones de niños privados de educación. Y esos niños no quieren un iPhone, una Xbox, una PlayStation o chocolates. Ellos sencillamente quieren un libro y un lápiz. Muchas gracias”. Que lo anterior lo afirme una menor de edad es doblemente significativo. En primer lugar porque lo dice precisamente una menor y, en segundo, porque lo dice una niña.

Ser niña, es decir ser menor y mujer, en muchos países es una doble carga de discriminación y de nulidad de oportunidades en la vida. Otros factores pueden abonar a que esa carga sea más grave aún: pobreza, raza, religión, etc. Pero Malala nos ha recordado con su tenacidad, que millones y millones de niñas y niños no tienen acceso a la educación y con ello tienen un panorama a futuro más cerrado y menos humano. Nos ha recordado que no podemos ser sólo observadores ante esta realidad tan lacerante.

En una entrevista con la BBC, Malala reveló una pesadilla que tuvo y que en muchos casos, por desgracia, es realidad: «He tenido un sueño terrible ayer con helicópteros militares y los talibanes. He tenido esos sueños desde el lanzamiento de la operación militar en Swat”. Malala tenía miedo de ir a la escuela porque el régimen talibán emitió un edicto, Fatua, prohibiendo a todas las niñas que asistan a las escuelas.

La niña pakistaní que queriendo estudiar da clases de valentía, sufrió a los 12 años un atentado contra su vida. Fue baleada por talibanes por el solo hecho de querer asistir a la escuela. La vida amenazada constantemente es común en sociedades donde no se respeta la libertad y donde el Estado ha metido el miedo como una herramienta de control. Malala vive en un régimen autoritario gobernado por talibanes. En 2009, los talibanes controlaban gran parte del valle de Swat, la shari´ah es de observancia general en ese lugar. «Cuando los talibanes llegaron a Swat prohibieron a las mujeres ir al mercado y se prohibieron las compras», dijo Malala a la BBC el año pasado. Cuenta la pequeña una anécdota que refleja su miedo de un Estado totalmente controlador: “En mi camino de la escuela a casa oí a un hombre decir ‘te voy a matar ‘.  Apresuré mis pasos (…) para mi gran alivio (me di cuenta) que estaba hablando por el celular y debe haber estado amenazando a alguien por teléfono».

Fernando Savater describió a Malala  como la “niña valiente” en ocasión del premio Sajarov. Pero creo que es más que valiente. Es una pequeña que sabe de la importancia de la educación y de que ese derecho es universal, para niñas y niños.

Pienso que en mi país también hay muchos menores como Malala. Niñas y niños que no pueden acceder a la educación, derecho humano de todas y todos. No pueden acceder porque viven en lugares muy alejados, incomunicados o donde no hay interés político para construir una escuela y buenos caminos para llegar a ella. Hay muchas niñas y niños que por limitaciones económicas no pueden acceder a una educación de calidad. La pobreza es un virus que afecta a millones de personas en mi país y que les acompaña siempre haciendo más difícil la vida misma. Todavía en mi país hay niñas que no podrán estudiar porque “deben ser amas de casa”. Muchas niñas y mujeres trabajan en mi país y reciben menos salario que los varones porque son mujeres.

La niña paquistaní, cuando recibió el premio del Parlamento Europeo en Estrasburgo, dijo que «Un país con gente con talento y educada es el verdadero superpoder. No es el país con decenas de miles de armas. Cambiemos nuestro concepto». Por ello, al recibir el Premio Nobel, la niña valiente, de apenas 17 años, reclama nuestra atención para hacer de éste un mundo mejor. Leyendo Yo soy Malala, su autobiografía publicada por Alianza Editorial, en Malala se puede ver ese espíritu de los grandes de la humanidad que han marcado camino para que este mundo sea cada vez más humano y con su vida se recobra la esperanza de que los derechos de las niñas y los niños sean plenos y respetados.

Gerardo Cruz González