Misericordia: antídoto contra la Indiferencia

Misericordia: antídoto contra la Indiferencia

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No es sorprendente el anuncio hecho por el Papa Francisco, hace algunas semanas, sobre la convocatoria de un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios»,1 ya que ha sido un tema clave en las homilías y mensajes a lo largo de su pontificado. Tampoco es mera casualidad esta disposición, pues en el mensaje cuaresmal de este año ha centrado sus palabras en el problema de la indiferencia, aquel antagónico de la misericordia descrito como una actitud egoísta, que ocurre «cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás… no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen».2 Por lo cual, para hacer frente a la «globalización de la indiferencia», es imprescindible la misericordia. ¿Qué es la misericordia? Santo Tomás de Aquino hizo suyas las palabras de san Agustín, quien la define como la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos compele, en realidad a socorrer, si podemos».3 Sin embargo, el Aquinate no se limita a esta simple noción, sino que se refiere a ella como la más excelente «entre todas las virtudes que hacen referencia al prójimo».4 La virtud, disposición habitual y firme a hacer el bien, guía nuestra conducta según la razón y la fe, así que la misericordia misma es un don que viene de Dios, que nos hace actuar con los mismos sentimientos de Jesús. Todos recordamos los remedios caseros, extraídos de la botica familiar y elaborados empíricamente; pues bien, la misericordia no es ningún ungüento barato, sino un poderoso antídoto con el efecto suficiente para destruir el cáncer de la apatía, inmune a toda tribulación externa. Respecto a la indiferencia, según la Real Academia Española, es el «estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado». No obstante, las palabras salen sobrando, pues la realidad es desoladora: no resulta extraño transitar por las calles de la ciudad e ignorar la problemática del discapacitado que aborda el transporte público, o responder con exabruptos a la mujer que conduce lentamente su automóvil, sin imaginarnos el infierno que vive en su interior; peor aún, llegamos a la casa y vemos a la familia como enemiga, portadora de problemas, gastos, etc., por lo que es mejor ignorarla. Lo mismo ocurre al ver y escuchar los tratos vejatorios en nuestros empleos e instituciones, pues «es mejor no entrometerse en lo que no nos incumbe». Para el hombre del tercer milenio, parece que lo más valioso es el bienestar propio, vivir en la total ataraxia. Una vivencia nada evangélica, con ausencia de los gestos del Señor, claro está, pero sí muy cómoda. Sólo importa la armonía individual y, en el mejor de los casos, con el universo…

El Evangelio es contundente frente a esta situación. Jesús intenta sacudirnos de nuestro bienestar carente de misericordia con una lapidaria frase: no pueden estar al servicio de Dios y del dinero».5 Es inconcebible optar por los pobres, enfermos o comunidades remotas únicamente detrás de un cristal, o pretender sosegar la conciencia realizando cuantiosos donativos. La misericordia implica tiempo y esfuerzo, requiere que estemos ahí junto a los afligidos, de manera que seamos como otro Cristo para el hermano. Un Cristo que se destacó por sus gestos para con los débiles: que estremecía con su voz, que sanaba con sus manos, que levantaba del polvo al pecador. El mundo necesita un sí a la vida, a la justicia, a la paz, y los cristianos debemos estar a la altura, no únicamente con plegarias piadosas o penitencias a modo de desintoxicación, sino realizando un apostolado permanente, según los dones que nos ha otorgado Dios. Como bien dijo monseñor Óscar Romero: una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas no gusta al Señor. A menudo se dice que la misericordia no es exclusiva del cristianismo, que hay muchas maneras de servir y amar a los demás sin estar atados a un credo religioso. Desde luego, el altruismo, la fraternidad y la conciencia social son permeables a todo grupo o cultura, pero la misericordia que brota del Señor Jesús es la única que da esperanza a los hombres, una esperanza que es más fuerte que la vida y la muerte.

En Cristo, Dios desborda su misericordia perdonando las debilidades humanas, pero a la vez inflama el corazón de la persona para que sea capaz de empezar de nuevo y obrar rectamente en adelante. Sobre esto, Francisco ha subrayado que «la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio»;6 en ella, tenemos a la mano todos los recursos para comenzar a vivir radicalmente la misericordia, pasando por los Sacramentos, la Palabra, la comunidad, e incluso el llanto y la fatiga que habremos de sufrir para dar y recibir misericordia. Muchas veces, el camino del servicio desinteresado conduce a la persecución de quienes se apasionan por la causa del Evangelio, pero ¿cómo es posible que el verdadero amor no sea apasionado? Sólo la misericordia, ese ardor divino que Cristo suscita en sus seguidores, puede enjugar toda lágrima y propiciar un nuevo comienzo. Ésta es nuestra sociedad, éstos son nuestros hermanos y hermanas. Llegó el momento de la batalla, de sacar la casta, no de dar la espalda a quien desfallece en medio del quebranto. La misericordia no es negociable, antes bien, es la
escalera hacia la salvación y presencia palpable, en nuestro entorno, del Reino de los Cielos.

Licenciado en Filosofía por el Instituto de la Arquidiócesis de Monterrey.
Actualmente cursa estudios teológicos.

…de la lámpara

Y les decía: ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un almud o debajo de la cama? ¿No
es para ponerla en el candelero? Porque nada hay oculto, si no es para que sea manifestado; ni nada ha
estado en secreto, sino para que salga a la luz. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.

José Noé Cárdenas Zamarripa

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