Mons. Romero: entre la violencia y el Reino

Mons. Romero: entre la violencia y el Reino

Precisamente en días pasados se conmemoró un aniversario de su martirio. Mons. Romero es muy popular en su país y en toda América Latina. Es llamado “la voz de los sin voces” por su consagración a los más desfavorecidos de El Salvador. Su vida Nació en Ciudad Barrios en 1917, fue el segundo de ocho hermanos de una familia humilde y modesta. Su padre fue Santos Romero, empleado de correos y telegrafista; su madre Guadalupe de Jesús Galdámez, quien atendió a la familia en las labores domésticas.

A la edad de 14, Óscar Arnulfo entró al Seminario Menor de San Miguel, en 1937 ingresó al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Siete meses más tarde fue enviado a Roma para proseguir sus estudios de teología. En Roma le sufrió las penurias y sufrimientos causados por la Segunda Guerra Mundial. Finalmente fue ordenado sacerdote en Roma, el 4 de abril de 1942 a la edad de 24 años.

En 1943, de regreso en su país, inició su actividad pastora. Fue designado párroco y después director del seminario interdiocesano de San Salvador.

Fue nombrado obispo en 1967. Tres años después, en 1970, fue nombrado obispo “auxiliar” del Arzobispo de San Salvador. En junio de 1975 sucedió un hecho trágico que marcaría la ruta de la denuncia profética de Mons. Romero. La Guardia Nacional asesinó a 5 campesinos en el capítulo conocido como “Tres Calles”. Ante el atroz dolor del pueblo, Monseñor Romero fue a consolar a los familiares de las víctimas y a celebrar la Misa. Los sacerdotes de la comunidad le pidieron que hiciera una denuncia pública, pero Mons. Romero optó por hacerla privada y envió una “dura” carta al Presidente Molina, que era amigo suyo.

En ese período de violencia y crisis social, Mons. Romero abría las puertas del Obispado para que pudieran dormir bajo techo. Fue un tiempo de mucha injusticia, represión e incertidumbre. Contrastaba la miseria e injusticia social de muchos, con la vida ostentosa de unos cuantos. Una parte de la Iglesia, formada bajo la teología de la liberación, defendía el derecho del pueblo a organizarse y clamaba por una paz con justicia.

El gobierno militar miraba con sospecha a la Iglesia, por lo que expulsó a varios sacerdotes y religiosos. En ese ambiente, Mons. Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador, el 3 de febrero de 1977 y el 22 de febrero de 1977 asumía el “poseso” de la Arquidiócesis.

Entre la violencia Mons. Romero propone la luz del Evangelio, la paz y la justicia Apenas iniciado su ministerio arzobispal, tenía apenas un mes como titular de San Salvador, cuando fue asesinado el Padre Rutilio Grande, amigo suyo y luchador social.

Este hecho impactó mucho en Mons. Romero. Su ministerio en la Arquidiócesis de la capital salvadoreña tuvo un marcado carácter profético. Su lema fue “Sentir con la Iglesia”. Prueba de ello es que Mons. Romero puso la Arquidiócesis al servicio de la justicia y la reconciliación en el país. Su labor social, absolutamente evangélica, le llevó cada vez más a comprometerse con los pobres, quienes reconocieron en él a un pastor y un padre.

Fundó una oficina de defensa de derechos humanos, abrió las puertas de la Iglesia para dar refugio a los campesinos que venían huyendo de la persecución en el campo, fue mediador de diversos conflictos laborales, entre otras cosas. Son interesantes en este punto sus homilías, discursos, mensajes y escritos. En sus palabras siempre había un sesgo de esperanza y de reconciliación.

Todas esas intervenciones de Mons. Romero, cargadas de humanidad y cristianismo, fueron un llamado a la conversión y al diálogo para solucionar los problemas del país.

A pesar de ello fue calumniado y acusado de comunista, marxista, revolucionario, de incitar a la violencia y de ser el causante de todos los males de El Salvador. La vida de Mons. Romero corría peligro, y él lo sabía.

Habiendo sido amenazado, no cesó en su pastoral comprometida con los pobres, aunque la situación política del país empeoraba y las sospechas contra la Iglesia crecían. Monseñor sabía muy bien el que corría su vida.

A pesar de ello dijo que nunca abandonaría al pueblo. En la homilía del “domingo de palmas” de 1980, en catedral, Mons. Romero pronunció una homilía muy crítica, en ella hizo un llamado a los soldados a que rehusasen obedecer la orden de asesinar a sus hermanos campesinos indefensos.

Al día siguiente, el 24 de marzo de 1980, a las 18:30, fue asesinado por un francotirador mientras celebraba misa en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, en San Salvador. Entre sus participaciones relevantes se recuerda el llamado que hizo al entonces Presidente de los Estados Unidos mediante una carta en la cual le pedía “severamente” suspender las ayudas militares hacia su país, ya que eran la fuente de la represión del pueblo y la muerte de muchos salvadoreños.

En 1978, en pleno ejercicio pastoral de Mons. Romero, el Parlamento Inglés lo proponía como candidato al Premio Nobel de la Paz 1979, cosa que no llegó a buen fin por cuestiones políticas. La Universidad de Lovania, también reconció a Mons. Romero y en 1980 le otorgó el Doctorado “Honoris Causa“.

Películas, libros, no han bastado para hablar del testimonio de Mons. Romero. Mons. Romero hacia los altares Desde 1996 la causa para canonizar a Romero se encuentra en Roma, postulada por la Arquidiócesis de San Salvador. En el año 2006 la Congregación de la Doctrina de la Fe acordó iniciar el proceso de beatificación.

El expediente se encuentra en la actualidad en manos de la Congregación para la Causa de los Santos y según Mons. Vincenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, “la causa de la beatificación de monseñor Romero ha sido desbloqueada“, lo que deja abierta la esperanza de contar a Mons. Romero entre el martirologio de la Iglesia Universal.

Con este anuncio, el Papa Francisco se hace más pobre con los pobres, se hace presente en la Iglesia que camina con los marginados y nos alienta a todos a buscar un mundo mejor, a insistir en el Reino que Jesús nos ha traído. Vale la pena recordar algunas palaras de Mons.

Romero que no pierden actualidad: “La Palabra de Dios, pues, según San Pablo en la lectura de hoy, tiene que ser una palabra que arranque de la eterna antigua palabra de Dios pero que toque la llaga presente, las injusticias de hoy, los atropellos de hoy y esto es lo que crea problemas. Esto es ya decir: ‘la Iglesia se está metiendo en política, la Iglesia se está metiendo a comunista’.

Ya aburren con esa acusación. Ténganlo en cuenta de una vez: no se mete en política, sino que es, la palabra, como el rayo de sol que viene desde las alturas e ilumina. ¿Qué culpa tiene el sol de encontrar su luz purísima charcos, estiércol, basura en esta tierra? Tiene que iluminarlo, si no, no sería sol, no sería luz, no descubriría lo feo, lo horrible que existe en la tierra, así como también ilumina la belleza de las flores y le da el encanto a la naturaleza.

La palabra de Dios, también, hermanos, por una parte ilumina lo horrible, lo feo, lo injusto de la tierra y alienta el corazón bueno, los corazones que gracias a Dios abundan”. (Homilía 4 de diciembre de 1977).