«No los dejaré desamparados»

«No los dejaré desamparados»

Sexto Domingo de Pascua

Evangelio según San Juan ‪14,15-21.

«No los dejaré desamparados»

En el trasfondo de este texto del evangelista Juan, profundamente teológico y no de fácil comprensión, permanece la idea de la partida de Jesús. Se trata de otro fragmento de su discurso de despedida, auténtico testamento espiritual. En esta ocasión, Jesús da a entender a sus discípulos que la mejor forma de demostrar que lo aman consiste en el cumplimiento de su enseñanza, de sus mandamientos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”.

La novedad es que no se trata de un sentimiento genérico e indefinido de amor, sino de una vivencia concreta que se realiza en cumplir fielmente lo que el Señor nos ha revelado, o sea, la totalidad de su enseñanza evangélica, complemento y no abolición de los diez mandamientos. “Guardar mis mandamientos” en el pensamiento de Jesús, es equivalente a observar sus palabras, cumplir su voluntad.

El cumplimiento de sus mandamientos de amor, solidaridad, justicia, misericordia, perdón, humildad etc., nos permitirá permanecer en él, en su amor, y sentirnos en comunión con Él. ¿El premio? Será el don del “Paráclito”, o sea, del Espíritu Santo. Por ser éste de naturaleza opuesta al mundo no podrá coexistir con él: “El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”. El mundo —aquellos que no se abren al espíritu— no lo ve ni lo conoce porque permanece ciego a lo divino y trascendente.  Hoy, la incompatibilidad entre el espíritu y la materia, lo temporal y lo eterno, lo trascendente e inmanente, lo divino y lo natural parece haberse amplificado con todas sus nefastas consecuencias sociales de descomposición.

El Espíritu Santo es la mística y real novedad que el Hijo y el Padre envían a la comunidad discipular y a nosotros para ayudarnos a comprender lo que Jesús nos ha revelado. Se trata de un ‘suplemento de inteligencia’ que favorece, en quien lo acepta, la comprensión de la verdad divina: “Yo le rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito”. Es una presencia estable,  ofrecida a la Iglesia, que la acompañará hasta el fin de los tiempos, y que la defenderá contra toda insidia del mal.

Por cierto, es gracias a la promesa de Jesús que nos enteramos de la presencia e identidad del Espíritu Santo. No se trata de una fuerza divina impersonal e ineficaz, sino de una persona trinitaria, activa y dinámica, diferente del Padre y del Hijo, pero actuante en comunión con ellos. Padre, Hijo y Espíritu Santo constituyen una unidad, de tal manera indivisible, que no es posible tener a una de las tres personas sin las otras. La misteriosa promesa de Jesús de enviarnos y dispensarnos al Espíritu Santo, con motivo de su partida terrena y llegada al Padre, finalmente se cumple.

La misión del Paráclito está incluida en el mismo nombre: “estar de lado”  y acompañar a la comunidad creyente de los discípulos, y a cada uno de sus integrantes, exactamente como hizo Jesús en su etapa terrenal y como, de otra forma, lo sigue haciendo. Ahora, entendemos mejor las palabras de Jesús: “No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes”. De hecho, Jesús no nos ha dejado solos. Permanece entre nosotros con su presencia espiritual y con la del Paráclito. A cada uno de nosotros le corresponderá la tarea y el reto de hacerla realidad palpitante y experiencia vital.

Umberto Marsich

 

Artículos similares