Orígenes del sueño

Orígenes del sueño

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Juan XXIII con una visión de futuro, pero sobre todo con una conciencia del presente de la Iglesia en su momento, convocó al Concilio Vaticano II (1962-1965), evento que sin duda cambió a la Iglesia, y de manera muy significativa, el papel de los laicos como parte medular, indispensable y actuante dentro de esta gran institución.

Los documentos producidos por el Concilio, tanto los de contenido dogmático como Lumen Gentium (LG), así como los de índole pastoral como Gaudium et Spes (GS), enfatizaban la autocomprensión de la Iglesia como “pueblo de Dios”, antes que como sólo “jerarquía”; asimismo enfatizaba la participación activa de los laicos en el crecimiento de la Iglesia y en su misión, su testimonio profético en el mundo, la apertura a la problemática social contemporánea y la justa autonomía de la realidad terrena.

De esta manera la Iglesia se deslindaba del poder temporal e indicaba que su misión no era de orden político, económico o social, sino religioso; no obstante, de tal misión derivaran funciones, luces y energías para consolidar a la comunidad humana.1

A este modelo conciliar correspondía un tipo de laicado cuyas nuevas características se fundamentarían en una cosmovisión integral, involucrado en propuestas autónomas donde privarían el diálogo y la crítica, sin perder su fidelidad a la Jerarquía y al Magisterio de la Iglesia.

En el caso mexicano las condiciones que se vivían tanto a raíz del Concilio, como la misma situación nacional enmarcada en una lucha por la apertura democrática, la emergencia de los jóvenes como actores sociales, los cuestionamientos ante un autoritarismo a ultranza y condiciones económicas de gran inequidad, movilizaron a la Iglesia (entendida como pueblo de Dios) hacia una nueva forma de modernidad. Ésta implicaba ante todo el desarrollo de un espíritu crítico, impensable hasta entonces, así como la aspiración de una libertad e igualdad que se manifestaron precisamente en la exigencia democrática, la aceptación de la subjetividad individual, el análisis sobre los actos ilegítimos de la autoridad, e incluso la aceptación de la separación de las esferas pública y privada, donde quedaría integrada la vida religiosa.

La función de los laicos tenía una tradición histórica emanada de la encíclica Rerum Novarum de León XIII (sobre la condición de los obreros) a principios del siglo XX, que propició que organizaciones como los Caballeros de Colón, de origen norteamericano, llegaran a México en 1905;2 otras tuvieron su fundamento como resultado del anticlericalismo del Estado emanado de la Revolución después de los años veinte, como el Secretariado Social Mexicano, fundado por el jesuita Alfredo Méndez Medina en 1922 que incluía la organización de laicos, específicamente de obreros, aunque su acción se orientó más hacia la formación de la clerecía para “conseguir la unidad de pensamiento entre los católicos para poder hacer frente a la llamada cuestión social desde la perspectiva jerárquica”.3

Manuel Ceballos, en su texto fundamental El catolicismo social: un tercero en discordia,4 proporciona los elementos para entender el desarrollo de la doctrina social en México, y da cuenta de la existencia de grupos de católicos militantes desde los primeros años del siglo XX en forma de partidos, sindicatos, grupos mutualistas, sociedades espirituales, que tuvieron como misión la publicación y difusión del pensamiento social católico, antecedentes fundamentales de la doctrina social cristiana; también señala la importancia de la antigua Sociedad Católica (1891) que hizo posible la recepción, pocos años después, de la encíclica Rerum Novarum como antecedente de la democracia cristiana de ardua vida a lo largo del siglo XX, así como de los movimientos de tipo social cristiano que surgen a raíz de la Revolución. Años más tarde, todas estas organizaciones tendrían que ser acotadas por la Acción Católica Mexicana (1929), movimiento promotor de la Jerarquía para encauzar la participación del laicado en el apostolado de la Iglesia y proyectarlo hacia los ambientes sociales, con la finalidad de controlar la beligerancia que muchas de ellas tomaron frente a la sangrienta y complicada Guerra cristera (1926-1929).

El fin implícito de esta organización era limitar la radicalización de grupos como la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) o de las Damas Católicas y la participación combativa de otros grupos laicos frente a los embates del Estado en materia religiosa después de la Guerra, orientándolos hacia la espiritualidad, evangelización y la catequesis.

Otro grupo de organismos nació en razón de las nuevas directrices emanadas del Concilio Vaticano II, como “Familia educadora en la fe” (1963), la “Renovación cristiana en el Espíritu Santo”, de 1966, entre otras varias.5

Cabe mencionar que a lo largo del siglo XX en México existirán, además, multitud de grupos laicales, unos organizados por la Jerarquía, otros de impronta más autónoma, cuyo fin será defender a la Iglesia de los embates del Estado o mantener ideas e ideales propios vinculados a la religión.

Fruto de esta etapa preconciliar fue la formación de católicos que adquirieron una recia madurez apostólica.6 Rodolfo Soriano considera que tanto el Secretariado Social Mexicano (SSM) como la Acción Católica Mexicana “funcionaron como los engranes clave de las estructuras de la Iglesia en México y se desempeñaron como escuelas de formación cívica y política”, pues dentro de ellas se formaron líderes de distintos partidos políticos, funcionarios públicos, comunicadores, dirigentes y animadores de distintas organizaciones no gubernamentales, incluidos tanto los de sindicatos obreros, como los de organizaciones empresariales.7

Rodolfo Blancarte señala que ya para los años cincuenta, el laicado empezaba a cuestionar el monopolio religioso de los sacerdotes y prelados. Pero no sólo eso; a medida que pasaba el tiempo era evidente que muchas de estas organizaciones “tenían algo que decir” acerca de la dirección que estaba tomando el conjunto de la Iglesia.8

En el I Congreso de Desarrollo Integral, organizado por la Conferencia de Organizaciones Nacionales (CON) en 1964, bajo el tema “Presencia de los cristianos”, los seglares reiteraron su tesis de que “sólo el desarrollo integral podía lograr resultados satisfactorios para la nación”. Señalaron que “el desarrollo integral de México no es privativo de ninguna organización, sino tarea de todos”.9

Tanto la Acción Católica Mexicana, como el Secretariado Social Mexicano, de alguna manera habían cumplido su misión al crear laicos comprometidos, pensantes y actuantes, que se convirtieron motores dentro de la estructura jerárquica, autoritaria y centralista como lo era la Iglesia de los años sesenta, para cambiar el rostro de la Iglesia en México.

Fue en la Populorum Progressio (1967) cuando el llamado de Pablo VI no dejó duda del papel que debían tomar los laicos al apremiar: “A los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven”.10

De esta manera quedaba clara la legitimidad que el laico adquiría dentro de la Iglesia para actuar en conciencia y con el compromiso de trasformar las condiciones humanas a un estado de mayor dignidad.

Para los años setenta, la Iglesia mexicana presentaba una situación realmente compleja: una disidencia interna entre grupos progresistas e integristas, formas diversas de interpretar la doctrina social, formación de grupos que tenían visiones distintas en cuanto al futuro de la Iglesia, relaciones críticas con el Estado donde la Iglesia se aceptaba ya dentro de un Estado laico, aunque algunos consideraban que esta institución debía tener las condiciones necesarias para llevar a cabo su misión evangélica, entre otras de las fragmentaciones existentes.

Sin embargo, existía la visión generalizada y consciente de que los laicos eran parte importante y actuante de la Iglesia, de que también “eran Iglesia”. Los seglares estaban dispuestos a anunciar el Reino de Dios “en el contexto real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos”.11

De todos ellos un grupo pensaba en la difusión de lo que consideraban esencial para modificar las estructuras en la década de los ochenta: la doctrina social cristiana.

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