Óscar Arnulfo Romero: a 35 años del martirio de un santo ecuménico

Óscar Arnulfo Romero: a 35 años del martirio de un santo ecuménico

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Jesús volvió a decirles:
— Yo me voy. Ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado; y a donde yo voy, ustedes no pueden ir.
Los judíos comentaban entre sí:
— ¿Pensará suicidarse, y por eso dice: “A donde yo voy ustedes no pueden ir”?
Jesús aclaró:
— Ustedes pertenecen a este mundo de abajo; yo pertenezco al de arriba. Ustedes son de este mundo; yo no. Por eso
les he dicho que morirán en sus pecados. Porque si no creen que “yo soy”, morirán en sus pecados.
Los judíos le preguntaron entonces:
— Pero ¿quién eres tú?
Jesús les respondió:
— ¿No es eso lo que les vengo diciendo desde el principio? Tengo muchas cosas que decir de ustedes, y muchas
que condenar. Pero lo que digo al mundo es lo que oí al que me envió, y él dice la verdad.
Ellos no cayeron en la cuenta de que les estaba hablando del Padre; así que Jesús añadió:
— Cuando ustedes levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que “yo soy” y que no hago
nada por mi propia cuenta; lo que aprendí del Padre, eso enseño. El que me envió está conmigo y no me ha
dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Al oírlo hablar así, muchos creyeron en él.

Para la tradición protestante, reconocer la obra de los santos y las santas del cristianismo es “moneda corriente”. En ese sentido, no necesitamos de altares, ni beatificaciones, ni canonizaciones para darnos cuenta y aceptar el paso de una persona que, en razón de su fe cristiana, es modelo de vida que camina a la luz del Reino de Dios y que tiene como modelo la persona de Jesús. El Dr. Martín Lutero decía: «Es necesario saber que no hay buenas obras sino las ordenadas por Dios […] De ello se desprende, asimismo, que un cristiano que vive en esa fe no ha menester de un maestro de buenas obras, sino que lo que le viene a la mano lo hace».1 «Sean imitadores de mí como yo lo soy de Cristo» dijo san Pablo en 1Corintios 11:1, ahí radica la importancia de hacer memoria de quienes nos antecedieron en la fe. Les miramos a ellos y ellas, les seguimos, porque esas personas miraron y siguieron a Cristo. Por ello, Juan Calvino dice en su obra teológica más influyente:

En cuanto a que los santos muchas veces se confirman trayendo a la memoria su inocencia e integridad, […] Cuando la conciencia queda así fundada, levantada y confirmada, puede también fortalecerse con la consideración de las obras, en cuanto son testimonios de que Dios habita y reina en nosotros. Porque si todos los beneficios que Dios nos ha hecho, cuando los repasamos en la memoria, son a modo de destellos que proceden del rostro de Dios, con los que somos alumbrados para contemplar la inmensa luz de su bondad, con mayor razón las buenas obras de que nos ha dotado deben servirnos para esto, ya que ellas muestran que el Espíritu de adopción nos ha sido otorgado (IRC III, XIV, 18).2 El 24 de marzo recordamos el martirio de un santo contemporáneo en 1980: Mons. Óscar Arnulfo Romero, obispo de El Salvador, pero “San Romero de América”. Más allá del largo proceso que para la Iglesia católica romana ha significado la canonización de este tremendo hombre de Dios, la fuerza de su testimonio lo ha llevado a ser reconocido por propios y extraños.

San Romero ya no le puede pertenecer sólo a la institución eclesiástica que sirvió con profundo compromiso:
su persona, memoria y legado nos pertenecen a todas las personas que intentamos seguir los pasos de Jesús, a todos los cristianos y cristianas en América Latina, a la cristiandad entera. El obispo Romero hace parte del santoral de la Iglesia anglicana desde hace muchísimo tiempo. Bien decía el Dr. Lutero: «Las efigies de conmemoración o de testimonio, como las crucecitas y los cuadros de los santos, se deben tolerar también por la ley, […] No hay que ser sólo indulgentes con ellas, sino las mismas son también laudables y decorosas, porque servirán de memoria y de testimonio como la piedra erigida por Josué y Samuel en 1 Reyes 7».3 Así, la Abadía de Westminster, lugar donde en 1646 se dio origen a la elaboración teológica más influyente del calvinismo instituido a través de una confesión de fe y dos catecismos (mayor y menor), es también el espacio donde se colocó por primera vez una imagen de san Romero (flanqueado por Martin Luther King Jr. y Dietrich Bonhoeffer), al lado de otros 9 mártires cristianos del siglo XX.

En el texto de Cuaresma del 24 de marzo de 2015, Jesús hace una afirmación contundente: «Cuando ustedes
levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que ‘yo soy’ y que no hago nada por mi propia cuenta ». El maestro de Nazareth habla y obra como lo hace, y así lo atestiguaban sus interlocutores, porque sus dichos y hechos dan evidencia de lo que significa para el cuarto evangelio la vida eterna, el proyecto del Dios de Jesús. En este sentido, el texto rescata un concepto frecuente en todo el Evangelio: la verdad (aletheia), que no significa, como en la filosofía griega, el sentido de las cosas que se encuentra oculto en ellas, la verdad tampoco es una idea habitada en un mundo diferente al que conocemos. Para este escrito bíblico, la verdad es histórica, evoca el concepto hebreo emeth: firmeza, veracidad, lo que se puede comprobar. Jesús es la prueba contundente de la verdad de su Padre.

Se acercó Dios (“YVHV”: Yo Soy) al mundo en forma verdadera a través del Jesús que está tan comprometido con la vida eterna que es capaz de entregar su propia vida para ser coherente con este proyecto. En la perspectiva del cuarto evangelio, Jesús sabe que aún a pesar de la posibilidad de ser levantado (martirizado),
su Padre lo glorificará al través de la resurrección. Romero sigue a Jesús en esa perspectiva profético-apocalíptica. El Obispo de El Salvador dio un testimonio de esa misma verdad descansada en la esperanza pascual: «Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás».4

Vivir en México, después de 35 años del martirio de Óscar Arnulfo Romero, es un desafío para las personas creyentes que decimos seguir el camino hacia la santidad. Entiéndase esto adecuadamente: ser santo o santa no es estar dispuesto a inmortalizar el rostro en una imagen. No tenemos, ni queremos, a Romero como santo de estampita. Andamos el camino de la santidad buscando fortalecer nuestro testimonio propio en la fuerza de ejemplo de los cristianos y cristianas que nos precedieron, como Romero, y les imitamos a ellos porque ellos imitaron a Cristo y porque Jesús tuvo su mirada en Dios, por tanto, caminó en la verdad de la justicia y la misericordia que se hace historia concreta. México vive violencia, pero nuestra esperanza es verdadera; tal vez aspirar a ser “buenos cristianos” y llegar al martirio es demasiado. Sin embargo, bien podemos aspirar a ser “buenas personas”, a ser mexicanos y mexicanas comprometidos/as con la paz justa y digna. Y en esa dignidad, tal vez podamos decir como san Romero de América: «En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuoso, les suplico, les ruego, les ordeno, que cese la represión».

Rector de la Comunidad Teológica de México, Secretario Ejecutivo de la Comunidad de Educación Teológica Ecuménica Latinoamericana y Caribeña.

Dan González Ortega

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