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Los católicos obedecemos al magisterio eclesiástico porque es la auténtica interpretación de la Palabra de Dios encomendada por Jesucristo al Papa y a los obispos en comunión con él. Jesús dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye” (Lc 10,16).  Cabe mencionar que todas las enseñanzas de la Iglesia están ordenadas en una jerarquía que nos ayuda a entender mejor el significado de cada una.

Los grados de las enseñanzas del magisterio de la Iglesia están recogidos en los cánones 750–754 del Código de derecho canónico: doctrina de fe divina y católica, doctrinas definitivas y magisterio ordinario y universal.

  • Primer nivel: Una doctrina es de fe divina y católica si pertenece al depósito de la fe, y por ello es propuesta como revelada por Dios. La declaración de que una doctrina es de fe divina y católica la hace la Iglesia, ya sea mediante el Magisterio solemne, ya sea mediante el Magisterio ordinario y universal: estas doctrinas “son definidas como verdades divinamente reveladas por medio de un juicio solemne del Romano Pontífice cuando éste habla ex cathedra, o por el Colegio de los obispos reunido en concilio, o bien son propuestas infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal”.
  • Segundo nivel: Una doctrina es definitiva si es necesaria para custodiar y exponer fielmente el depósito de la fe, aunque no haya sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia como formalmente revelada. Igual que en el caso anterior, estas doctrinas pueden ser declaradas solemnemente por el Magisterio de la Iglesia, mediante una enseñanza ex cathedra del Papa o en un concilio universal, o pueden ser enseñadas por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia.
  • Tercer nivel: El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y predicación, con la ayuda de las obras de los teólogos y autores espirituales. Así se ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores, el “depósito” de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, mandamientos y virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres. El Romano Pontífice y los obispos como “maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo […] predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica” (LG, 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

Los documentos en que se difunde y queda plasmado el magisterio eclesiástico pueden ser de diferentes tipos: bulas, breves, constituciones apostólicas, cartas encíclicas, cartas apostólicas, cartas decretales, motu proprios, exhortaciones apostólicas.

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El mundo necesita paz

¿La paz es un sentimiento o un estado? ¿Se puede tener paz en un entorno violento? ¿Es posible alcanzar la paz? Primero, hay que identificar los diferentes tipos de paz: se puede tener paz interior (cuando dentro de mí hay calma y tranquilidad), positiva (ausencia de violencia en el entorno), negativa (la simple ausencia de guerra), social (entre comunidades), etc.

Los tipos de paz y la forma en que se manifiesta en nuestras vidas es tan amplia que difícilmente llegaremos a un estado pleno de paz en todas las esferas, ya que somos seres imperfectos y en constante cambio; pero sí es algo a lo que debemos aspirar como familia humana.

San Juan Pablo II definió a la perfección lo que es un verdadero proceso de paz: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. En Evangelii gaudium, el Papa Francisco hace hincapié en que una paz silenciada por los poderosos tampoco es viable: “Una paz que no surja como futo del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia”.

Justo hoy es necesario construir una cultura de la paz; vivimos en constante tensión por las amenazas a la seguridad mundial, actos terroristas que remueven los sentimientos más profundos de la familia humana, el flujo migratorio que huye de la miseria y la violencia estructural, el abandono de los más vulnerables y la indiferencia de los más afortunados.

La paz no es algo que nos llegará sólo por desearlo, es algo que como sociedad debemos construir. Debemos hacer vida las palabras de san Juan Pablo II y luchar por una justicia que hoy en día sólo sonríe a unos cuantos; únicamente con nuestra entrega por una realidad más justa podremos tener verdadera paz interior que tendrá un impacto exterior.

¡Que la paz esté con ustedes este 2019!

 

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  • El principio del bien común. Consiste en el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección y realización humana. Es un bien de todo el hombre y de todos los hombres. No consiste, por tanto, en la simple suma de bienes particulares; tampoco se compone únicamente de bienes materiales y económicos. Su contenido no es establecido de una vez para siempre, sino, más precisamente, depende de las condiciones sociales de cada época. El bien común es el fin de la política y es la tarea de toda autoridad y gobierno. Los elementos irrenunciables del bien común son: el compromiso por la paz, un sólido ordenamiento jurídico, la salvaguardia del ambiente y la prestación de los servicios necesarios de alimentación, habitación, trabajo, educación, cultura, transporte, salud y libertades esenciales.
  • El principio del destino universal de los bienes. Este principio tiene su origen en el principio del bien común y en el proyecto de Dios que ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. Éste es el primer principio de todo el ordenamiento ético social; es un principio peculiar de la doctrina social cristiana y del derecho natural. Así, la Iglesia tiene la misión de luchar para que todos los hombres puedan ser reintegrados en la posesión de lo necesario para vivir dignamente optando preferencialmente por los que no lo tienen.
  • El principio de subsidiariedad. Consiste en regular las relaciones entre personas y sociedad, más precisamente, entre grupos sociales desiguales. Su finalidad es proteger a las personas de los abusos del poder, o sea, de una presencia injustificada y excesiva del Estado asistencial o instituciones internacionales o monopólicas, cuando no respetan el primado de la persona y de la familia. Conforme a este principio, todas las sociedades y/o instituciones de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (“subsidium”) —apoyo, promoción y desarrollo— respecto a las menores.
  • El principio de participación. Este principio se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida política, económica, cultural y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. Es también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos y una de las mejores garantías de permanencia de la democracia.
  • Principio de solidaridad. La solidaridad es la firme y perseverante determinación por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que seamos verdaderamente responsables de todos. Deriva, principalmente, de la misma naturaleza sociable del ser humano y de la necesidad de establecer vínculos con los demás. Sin la solidaridad, el otro se vuelve enemigo u objeto de indiferencia, o cuando mucho objeto de nuestra tolerancia. Este principio es contrario a todo conformismo indiferente e individualismo egoísta. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia cita a Jesús como hombre solidario con la humanidad hasta dar su propia vida en la cruz.

Lo más importante, trascendente y eficaz de la doctrina social de la Iglesia son sus principios permanentes e inmutables, los cuales representan un patrimonio de reflexión, parte esencial del mensaje cristiano. Estos principios indican las vías posibles para edificar una vida social buena.

  • El principio fundamental de la doctrina social de la Iglesia es la dignidad de la persona humana y sus derechos. Se funda de manera radical en el hecho de que cada hombre, cada mujer, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y es por esto que la dignidad del hombre proviene de su componente espiritual, que se expresa a través de aquellas potencias o facultades, como la inteligencia y la voluntad. Estas facultades humanas entran en relación profunda una con la otra y permiten así la aparición de la libertad.

Cabe mencionar que la dignidad humana es una categoría que no cambia ni aumenta ni disminuye y es igual para todo ser humano en tanto que existe y es.

La dignidad absoluta de la persona humana constituye un tema que es especialmente subrayado y tratado en nuestra época, y por esto se ha podido llegar a declaraciones jurídicas a nivel universal, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada por la III Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948 en París, Francia.

Para que dichos documentos sobre derechos humanos no sean letra muerta, la Iglesia no ceja en su esfuerzo por que la comunidad internacional no viole la dignidad de ningún ser humano bajo ningún pretexto; por eso, al evangelizar propone su doctrina social.

El objetivo principal de la doctrina social de la Iglesia es “interpretar las realidades temporales, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei sociales, 41).

La doctrina social, por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino que es de naturaleza teológica y específicamente teológico-moral, ya que se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas (CDSI, 73).

 

¿Qué  aporta la doctrina social de la Iglesia?

 

La Iglesia, con su palabra y testimonio, desea aportar lo mejor de sus valores para el desarrollo social y cultural acorde con la dignidad de las personas. En consecuencia, la doctrina social de la Iglesia que se ha ido formando como un corpus doctrinal aporta: principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción (Octogesima adveniens, 4) para que los cristianos y todos los hombres transformemos las realidades temporales desde nuestro particular estado de vida y actividad cotidiana; teniendo siempre como ‘norte’ el verdadero bien del hombre, y el bien común de la sociedad.

Porque como lo menciona Pablo VI en su carta apostólica Octogesima Adveniens 4:

“Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país… A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideran de urgente necesidad en cada caso”.

 

¿De qué trata, pues, la doctrina social de la Iglesia?

 

De la acción pastoral de toda la Iglesia que quiere liberar al ser humano de aquello que le impide ser plenamente libre: el pecado y las condiciones sociales injustas; y es por esto que “la enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (SRS, 41).

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A 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Hablar de derechos humanos es velar por la protección de las necesidades básicas de la persona. El 10 de diciembre celebramos la Declaración Universal de los Derechos Humanos que cumple 70 años.

Los aportes de este documento han sido vitales para la creación de pactos internacionales legalmente vinculantes y nos recuerdan hacia dónde debemos dirigirnos como sociedad y lo que no debemos repetir como humanidad.

La dignidad de la persona humana es el tema central de la doctrina social de la Iglesia, y todo lo vertido en la Declaración debe ser importante para los cristianos, debido a que abarca diversos aspectos de la persona que son fundamentales para su desarrollo y para la misma subsistencia.

No pocas veces, el magisterio de la Iglesia ha estado en concordancia con la concepción de los derechos humanos, asimismo con su promoción. Basta recordar las palabras de Juan Pablo II al referirse a la Declaración como “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”.

Lo cierto es que la simple Declaración no basta; sabemos que alrededor del mundo son vejados los derechos humanos de millones de personas constante e impunemente. Es el deber de todos pugnar por la justicia y levantar la voz ante hechos como la persecución religiosa, la violencia, la migración forzada, la falta de educación básica y una lista interminable.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos nos recuerda que todos somos parte de la familia humana. Actuemos conforme este precepto que nos dará libertad verdadera.

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Porque el gran reto de nosotros los cristianos es dar testimonio de lo que creemos: que Jesús ha resucitado y tiene consecuencias trascendentales para la humanidad. Lo que se anuncia no es sólo un hecho del pasado (la muerte en cruz y resurrección de Jesús), sino un mensaje de vida para todos los que se unan a su camino (una forma diferente de entender la vida y situarse ante ella).

Hay que precisar los términos ‘pensamiento social cristiano’ y ‘doctrina social de la Iglesia’ para evitar ambigüedades:

  • El pensamiento social cristiano es la reflexión que se ha hecho en la Iglesia desde sus orígenes sobre los problemas de la sociedad. Incluye desde el Antiguo y Nuevo Testamentos, los escritos de los Santos Padres de los primeros siglos del cristianismo, las reflexiones de teólogos a lo largo de la Edad Media hasta llegar a los documentos oficiales de la Iglesia, concretamente de los papas y a partir del Concilio Vaticano II, de otras instancias del magisterio ordinario como concilios, sínodos, conferencias episcopales, obispos.

Pero debe mencionarse que en el transcurso del siglo XIX, surge una problemática inédita: la que surge con la consolidación del Estado moderno y del capitalismo industrial.

  • Así, con base en estos dos sucesos, la doctrina social de la Iglesia, en el sentido estricto del término, nace en el siglo XIX como un intento de respuesta de la fe a los grandes problemas sobrevenidos con la modernidad: las nuevas ideologías que le dan cuerpo (liberalismo y socialismo-marxismo) y los sistemas políticos y socioeconómicos que derivan de éstas.

Rerum novarum (del latín: De las cosas nuevas) es la primera encíclica social de la Iglesia católica promulgada por el papa León XIII en 1891. En ella, critica y advierte sobre las condiciones de trabajo y salario de las primeras fases de la Revolución Industrial, que definió como una violación de los derechos y dignidad de la persona, entre otras cosas. Esta encíclica es considerada la Carta Magna de los derechos sociales.

Concluyendo, la doctrina social de la Iglesia sería una parte del pensamiento social cristiano. Y esto en un doble sentido: porque surge en una época muy concreta —relacionada con la modernidad y las nuevas situaciones que ésta genera—, y porque en ella tienen una relevancia especial los documentos oficiales de la Iglesia.

El magisterio eclesiástico usa la expresión ‘doctrina social de la Iglesia’ sin dar una definición puntual de la misma, ya que son características de esta doctrina la permanencia y la renovación. Esta doctrina se mantiene perenne en la inspiración de fondo (Sagrada Escritura) y cambiante en la expresión, comprensión y respuestas a las nuevas situaciones y circunstancias; al mismo tiempo, la doctrina social de la Iglesia aprende del dinamismo de la historia y del avance del conocimiento humano todo aquello que le permite profundizar, relacionar y ampliar el mensaje de la Revelación.

A continuación presentamos algunas de las definiciones que dan algunos estudiosos de la doctrina social de la Iglesia y que nos permitirán conformar nuestra definición personal:

 

“Es un proceso abierto de reflexión hecho desde la sensibilidad cristiana cuando ésta se implica, mediante la acción y el compromiso, en una realidad social siempre cambiante”.
(Ildefonso Camacho Laraña, S.J.)

“Es la ética social que expresa las exigencias del Evangelio en los distintos momentos históricos y se encuentra con las ciencias y los quehaceres humanos en fecundo diálogo”.
(Manuel Gómez Granados)

“Es un instrumento de interpretación cristiana de la realidad. En ella encontramos el verdadero sentido de la persona humana, de los bienes creados, de las relaciones sociales, de la política, del progreso, del trabajo y de la técnica”.
(Sergio Bernal Restrepo, S.J.)

“Es la expresión autorizada de una conciencia que se forma y se desarrolla colectivamente en el seno de la Iglesia frente a las realidades sociales”.
(P. Pierre Bigó)

“Es la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial”.
(Juan Pablo II)

De las definiciones anteriores podemos inferir que el objetivo principal de la doctrina social de la Iglesia es interpretar las realidades temporales, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por lo tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.

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