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El salario mínimo cada día lo es más, el precio de los alimentos aumenta por diferentes razones y pone en peligro la nutrición de miles o millones. Especialistas coinciden en afirmar que el problema no es de falta de producción, sino más grave aún, una mala distribución.

Nuestras autoridades se alegran de que algunas inversiones lleguen a nuestro país, porque nuestra “mano de obra” es más barata que en China, donde los trabajadores tienen ahora un mejor nivel de ingreso, sin tomar en cuenta que cada día es más difícil para esos trabajadores y sus familias sobrevivir.

El destino universal de los bienes es uno de los principios del pensamiento social cristiano, somos administradores de la riqueza que debe compartirse. La concentración de muchos recursos en pocas manos, el desperdicio y el consumismo, avalar sistemas de contratación y remuneración laboral injustos no son compatibles con el estilo de vida cristiano.

Es urgente replantearnos como sociedad si hemos sido capaces de distribuir de manera equitativa los abundantes recursos —que se agotan rápidamente por el abuso, los fraudes alimenticios y la corrupción— con los que contamos, ya que no es ético que algunos tengan acceso a lo superfluo, cuando la mayoría no puede responder a las necesidades básicas.

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Las nuevas generaciones de “nativos digitales” viven el auge de las TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación), sobre todo las redes sociales que, sin duda, son signos de los tiempos que sin negar sus beneficios, propician una despersonalización acelerada; la virtualidad nos atrapa y nos enajena de una realidad que muchas veces se complica cada vez más por no enfrentarla.

Jóvenes satisfechos pero vacíos, con quienes compartimos el desafío de no caer en el consumismo que no considera la dignidad humana, convirtiéndonos en objetos de uso o de consumo. Muchas empresas que antes fabricaban productos o daban algún servicio, ahora crean necesidades.

Una de las características de la cultura líquida es, como decía Ortega y Gaset respecto de las masas, su completa renuncia al esfuerzo y la glorificación de la mediocridad.

Otros niños y jóvenes son violentados por la pobreza, la falta de oportunidades, la necesidad de dejar su lugar de origen y no les queda otra “salida” más que la violencia misma.

La pregunta es: ¿Qué futuro estamos construyendo? ¿Qué tipo de sociedad y relaciones proponemos a las nuevas generaciones? ¿Qué modelos de vida tienen a su alcance —políticos corruptos, injusticias a todos los niveles, maestros disidentes—? ¿Qué sistema educativo ofrecemos para contrarrestar esta sociedad líquida?

La propuesta es “recomenzar en Cristo” (Ap 41), crear juntos las condiciones necesarias para que todos los jóvenes y niños cumplan los deseos más profundos de todos los seres humanos: tener un hogar, sentirse amados y pertenecer a una sociedad que los enriquece y acompaña para recuperar la solidez y por lo tanto la confianza que nos son indispensables para encontrar la plenitud.

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Desde hace treinta años, la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A.C., que auspicia al Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, está al servicio de la Iglesia encendiendo fuego para iluminar la realidad social de México y toda América, con la mirada puesta en el porvenir y con la alegría de “llevar el Evangelio”.

Nuestra tarea la realizamos mediante la investigación, la enseñanza y difusión de un instrumento esencial para la Nueva Evangelización: la doctrina social cristiana.

Encender el fuego de la Buena Nueva de la unidad, la paz, el bien comunitario, de reconocer la dignidad de todas las personas. Encender el fuego de la esperanza que amplía nuestro horizonte hacia la trascendencia. Encender el fuego del amor que nos permite entender que “el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS 31).

La promoción y defensa de la dignidad de las personas y de sus derechos, la promoción humana, el cambio de las estructuras sociales hacia la justicia y la solidaridad, así como el diálogo con la cultura, son retos de ayer y siempre. Para proponer soluciones a estos desafíos, un grupo de laicos en plena comunión con sus pastores —hace ya tres décadas— puso los cimientos de lo que hoy se realiza todos los días en el IMDOSOC.

Son muchas las personas que han participado de una u otra manera en la creación, consolidación y crecimiento de esta obra que alcanza ya otras latitudes en nuestro continente y otras partes del mundo. A todos y todas: ¡muchas gracias! A quienes apenas nos conocen, la invitación a ser parte activa y constante del esfuerzo emprendido. Juntos podemos demostrar que vale la pena empeñar la vida en encender este fuego que enciende otros fuegos.

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Jorge Mario Bergoglio, argentino de ascendencia italiana, jesuita fraguado en el trato personal con Dios y con los hermanos, es producto de la suigéneris relación entre la Iglesia y el Estado en su país. El primer obispo de Roma latinoamericano, considerado por algunos como conservador en lo moral y de avanzada en lo social.

En pocas semanas ha captado la atención de la humanidad entera con mensajes tan claros como: “pido oraciones por quienes son responsables del bien común, para que Dios les ilumine sobre cómo erradicar la pobreza en el mundo de modo que cese el sufrimiento de tantas personas que pasan necesidad” o “acuérdense de Jesús quien reina desde la cruz como respuesta a la idolatría que nos propone el mundo de hoy, ya sea en forma de consumismo o narcisismo, y que nos impide adorar al único Dios”.

Con una visión muy clara de la misión evangelizadora de la Iglesia que sale de sí, también nos advierte sobre la autorreferencialidad, que provoca que pensemos que brillamos con luz propia, lo que nos acerca a la mundanidad espiritual donde vivimos para darnos gloria los unos a los otros.

El Papa Francisco nos invita a estar pendientes para no dejarnos llevar por la cultura que se propone como conducta social caracterizada por el relativismo y en cambio vivir intensamente nuestro caminar cristiano hacia el Señor.

En el año de la fe con la esperanza puesta en Cristo, su ejemplo nos interpela a vivir más intensamente el amor que se expresa en la atención y ayuda a nuestro prójimo.

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Caminar hacia la posibilidad de mejores horizontes desafortunadamente implica grandes peligros, por ejemplo los migrantes centroamericanos y nacionales a su paso por nuestro territorio se enfrentan a las redes de trata de personas, el secuestro por parte de grupos del crimen organizado —especialmente del narcotráfico—, el maltrato, discriminación y persecución de las autoridades, tanto federales como locales, de polleros o traficantes y población en general. Siendo los niños y niñas, las mujeres y los jóvenes, los más vulnerables.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), entre 2006 y 2012 se reportaron cerca de 20 mil secuestros a migrantes. Muchos de ellos fueron asesinados, muchos otros fueron torturados y puestos a trabajar dentro del crimen organizado, muchos más están desaparecidos. En Tamaulipas, Veracruz, Oaxaca o Tabasco, todos los días por todas las rutas posibles, bajan migrantes de los autobuses. Se los llevan quién sabe a dónde. Las autoridades omisas y cómplices se hacen de la vista gorda. La sociedad poco camina con ellos. Cada uno de nosotros tiene su carga de responsabilidad y también tenemos la oportunidad de hacernos solidarios con ellos.

Un Estado moderno y democrático debe dar muestra clara de respeto de los derechos humanos de todas las personas, incluidas las que van de paso. Una sociedad madura y participativa se preocupa por los más débiles y desprotegidos. Por lo que sin duda el trato que demos a los migrantes y desplazados será un parámetro de nuestro nivel de humanidad.

Al final de cuentas todos vamos en el mismo camino, las fronteras físicas, virtuales y mentales las creamos nosotros mismos. Cuándo entenderemos que no importa dónde hayamos nacido, en qué condiciones, hace cuánto tiempo, somos parte de una misma familia —la humana—, de un mismo hogar —la tierra— y que compartimos la dignidad de ser hijos de Dios y que tan sólo contamos con un pedacito de eternidad para caminar juntos.

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En su desarrollo como teólogo y Cardenal, preocupado por la fe y la vida cristiana, Joseph Ratzinger nos hace ver la importancia de la participación de los creyentes en la vida pública, aportando ideas claras y compromisos firmes para procurar un mundo donde la justicia se traduzca también en el respeto a la vida, la dignidad del ser humano y la vigencia de los derechos humanos.

La teología y la vida cristiana deben estar profundamente inmersas en la sociedad para construir una cultura donde convivan la justicia y la verdad. La teología no puede convertirse en la justificación de un ideario político, sino en la reflexión amplia y profunda para iluminar con la propuesta del Evangelio de Jesucristo todas las realidades humanas.

Todos los esfuerzos de la sociedad deben estar orientados para mejorar las estructuras, para superar la corrupción y proponer un verdadero desarrollo social de los pueblos y las personas, respetando la libertad y la dignidad de todos.

Benedicto XVI se ha pronunciado valientemente a favor de la apertura de la sociedad y los Estados en el reconocimiento de la libertad religiosa en la vida pública. En efecto, el Papa nos ha recordado que la relación del ser humano con Dios es parte constitutiva del propio ser humano. La pluralidad implica el reconocimiento de los valores religiosos. Es decir, que la laicidad positiva debe orientarse a una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual. Para asegurar los derechos fundamentales es necesaria la laicidad positiva y la libertad religiosa. “No es suficiente una proclamación abstracta de la libertad religiosa”, ha dicho el Papa.

El pensamiento de Benedicto XVI sin duda nos acerca al mejor conocimiento del hombre contemporáneo, sus miedos y expectativas, sus formas de organización y convivencia, sus carencias y limitaciones, pero sobre todo nos compromete a ir más allá de la necesaria justicia para hacer más humano nuestro mundo con el amor.

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La dignidad del trabajo humano radica en que éste es realizado por una persona, que está llamada a realizarse en él. Ya que además de ser el medio legítimo de su manutención y la de su familia, debe ser el medio de desarrollo integral de la persona. No se llega al recto concepto del trabajo si no se tiene un recto concepto del hombre. Las personas no son cosas que se pueden simplemente utilizar y tirar.

Los bienes del mundo pertenecen a toda la familia humana. Normalmente una persona necesita trabajar en orden a tener una necesaria participación de los bienes. De aquí que cada persona puede comprender el trabajo, su propio trabajo, como una aportación al bien común.

El trabajo es fuente de derechos y obligaciones. Los derechos deben ser respetados y promovidos. Las obligaciones deben ser cumplidas con espíritu de responsabilidad y autoexigencia. Trabajar responsablemente no es un castigo, es la oportunidad de mejorar, de contribuir a la comunidad a la que pertenecemos y de cumplir con nuestra vocación.

Los pobres son, en muchos casos, el resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano, ya sea por la falta o por el abuso en las condiciones del mismo. Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son graves. Las repercusiones para la familia y la persona son incalculables. La tasa de desempleo en el sector juvenil es tres veces mayor a la de los adultos y cada vez más jóvenes se ocupan en la informalidad o se vinculan al crimen organizado, situación que no puede dejarse de lado si pretendemos ser un país más competitivo.

Más allá de análisis económicos y técnicos debemos reconocer en cada persona y familia que sufren por la falta de empleo digno a un prójimo que sufre una de las calamidades más grandes: no poder llevar a casa lo necesario para vivir dignamente.

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Ya en funciones el nuevo gobierno enfrenta una serie de retos: económicos, políticos y sociales. De entrada, un presidente que no cuenta con el respaldo de más del cuarenta por ciento de los votos necesita consolidar su legitimidad y logar una gobernabilidad democrática, es decir, necesita diálogo efectivo que genere acuerdos con otras fuerzas políticas.

Este momento nos presenta nuevas realidades. El presidencialismo que vivimos durante un largo periodo se encuentra hoy acotado, y los poderes fácticos han tomado un protagonismo para muchos peligroso. Por otro lado, la sociedad civil organizada tiene una mayor participación, aunque no suficiente. Nuevos horizontes se perfilan en la política educativa del país.

Sin duda la inseguridad, el narcotráfico y la estrategia para enfrentarlos son temas que durante los primeros meses de este año tendrá que definir la nueva administración federal. En principio parece que habrá continuidad hasta que se genere e implemente un nuevo plan de acción.

En lo económico muchos especialistas coinciden en que hay estabilidad, sin embargo existen focos rojos como la excesiva deuda contraída por los gobiernos estatales o el aumento en el número de personas pobres. El desempleo y la reforma a la ley laboral también caracterizan este singular periodo de cambio en nuestro país.

El cambio de batuta ―en la administración federal― no garantiza en sí mismo que toquemos una melodía mejor; también cuentan, y mucho, los músicos ―los ciudadanos―, que con nuestra labor cotidiana empujamos o evitamos el avance de nuestra nación. No importa el trabajo que desempeñemos, todos somos importantes para lograr el crecimiento sustentable que permita la mejoría de las condiciones de los más desprotegidos y marginados.

Comienza un nuevo año y con él siempre llegan nuevas oportunidades. Cultivemos la esperanza activa, actuemos, organicémonos, aprendamos a tocar juntos una nueva y hermosa melodía de compromiso, solidaridad y construcción del bien común.

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Socio fundador del IMDOSOC, Consejero, miembro de la Comisión Académica del Instituto, escritor y maestro del pensamiento social cristiano, don Efraín fue un pilar fundamental, sobre todo en los primeros años de existencia del Instituto que está acercándose a su XXX aniversario. Apreciado y reconocido por todos, no sólo por su inteligencia, sino también por otras virtudes como su humildad, su permanente actitud de servicio y su sentido del humor, don Efraín fue un discípulo del Señor y un misionero destacado del apostolado de la inteligencia, cuyo propósito es: ayudar a buscar la verdad y a dejarse encontrar por la verdad.

Quienes lo conocieron en la militancia política reconocen su incorruptible afán de servicio por el bien común, por los derechos humanos y por la defensa de la dignidad inviolable de las personas. Quienes lo conocieron en plena actividad política como oposición, dan testimonio de su agudeza para la crítica fundamentada y certera, sin marrullerías ni tergiversación de las cosas a su favor. Quienes lo conocieron en el servicio público, dan fe de su profesionalismo, generosidad y entrega sin servirse de lo público en beneficio personal. Pero mejores alabanzas se escuchan de quienes fueron sus alumnos en tantas décadas de docencia universitaria. ¡Ni qué decir del hombre de familia y del mexicano ejemplar que fue Don Efra!

“Pecador estándar” como todos —expresión que acuñó y que muchos adoptamos—, hombre de su tiempo abierto al diálogo, se recordará a don Efraín como ese cristiano de poderosa inteligencia que lograba discernir y clarificar, con elocuencia y contundencia, los “disparates” que suelen siempre tener clientela, las falacias y los sofismas, los errores lógicos en la argumentación, y evidenciar la pereza mental de nuestro tiempo, a fin de abrir caminos para no sofocar la aspiración humana por la verdad, dentro de un contexto social y cultural plagado de relativismo gnoseológico, antropológico, ético y jurídico.

Pensar bien, comer bien, beber bien, reír bien, querer y amar bien, trabajar bien y servir a Dios y al prójimo con tanta diligencia como naturalidad, pareciera que fueron sus propósitos en la vida. Vida lograda y enriquecida que hace pocas semanas dejó esta tierra para partir a la Patria de todos. Su esposa, sus hijos, sus familiares y amigos, tanto como sus discípulos, colegas y ex alumnos, nos enriquecimos y lo seguiremos haciendo con su obra y testimonio. Para los creyentes en la “comunión de los santos”, Don Efraín sigue entre nosotros.

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