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Caminar hacia la posibilidad de mejores horizontes desafortunadamente implica grandes peligros, por ejemplo los migrantes centroamericanos y nacionales a su paso por nuestro territorio se enfrentan a las redes de trata de personas, el secuestro por parte de grupos del crimen organizado —especialmente del narcotráfico—, el maltrato, discriminación y persecución de las autoridades, tanto federales como locales, de polleros o traficantes y población en general. Siendo los niños y niñas, las mujeres y los jóvenes, los más vulnerables.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), entre 2006 y 2012 se reportaron cerca de 20 mil secuestros a migrantes. Muchos de ellos fueron asesinados, muchos otros fueron torturados y puestos a trabajar dentro del crimen organizado, muchos más están desaparecidos. En Tamaulipas, Veracruz, Oaxaca o Tabasco, todos los días por todas las rutas posibles, bajan migrantes de los autobuses. Se los llevan quién sabe a dónde. Las autoridades omisas y cómplices se hacen de la vista gorda. La sociedad poco camina con ellos. Cada uno de nosotros tiene su carga de responsabilidad y también tenemos la oportunidad de hacernos solidarios con ellos.

Un Estado moderno y democrático debe dar muestra clara de respeto de los derechos humanos de todas las personas, incluidas las que van de paso. Una sociedad madura y participativa se preocupa por los más débiles y desprotegidos. Por lo que sin duda el trato que demos a los migrantes y desplazados será un parámetro de nuestro nivel de humanidad.

Al final de cuentas todos vamos en el mismo camino, las fronteras físicas, virtuales y mentales las creamos nosotros mismos. Cuándo entenderemos que no importa dónde hayamos nacido, en qué condiciones, hace cuánto tiempo, somos parte de una misma familia —la humana—, de un mismo hogar —la tierra— y que compartimos la dignidad de ser hijos de Dios y que tan sólo contamos con un pedacito de eternidad para caminar juntos.

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En su desarrollo como teólogo y Cardenal, preocupado por la fe y la vida cristiana, Joseph Ratzinger nos hace ver la importancia de la participación de los creyentes en la vida pública, aportando ideas claras y compromisos firmes para procurar un mundo donde la justicia se traduzca también en el respeto a la vida, la dignidad del ser humano y la vigencia de los derechos humanos.

La teología y la vida cristiana deben estar profundamente inmersas en la sociedad para construir una cultura donde convivan la justicia y la verdad. La teología no puede convertirse en la justificación de un ideario político, sino en la reflexión amplia y profunda para iluminar con la propuesta del Evangelio de Jesucristo todas las realidades humanas.

Todos los esfuerzos de la sociedad deben estar orientados para mejorar las estructuras, para superar la corrupción y proponer un verdadero desarrollo social de los pueblos y las personas, respetando la libertad y la dignidad de todos.

Benedicto XVI se ha pronunciado valientemente a favor de la apertura de la sociedad y los Estados en el reconocimiento de la libertad religiosa en la vida pública. En efecto, el Papa nos ha recordado que la relación del ser humano con Dios es parte constitutiva del propio ser humano. La pluralidad implica el reconocimiento de los valores religiosos. Es decir, que la laicidad positiva debe orientarse a una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual. Para asegurar los derechos fundamentales es necesaria la laicidad positiva y la libertad religiosa. “No es suficiente una proclamación abstracta de la libertad religiosa”, ha dicho el Papa.

El pensamiento de Benedicto XVI sin duda nos acerca al mejor conocimiento del hombre contemporáneo, sus miedos y expectativas, sus formas de organización y convivencia, sus carencias y limitaciones, pero sobre todo nos compromete a ir más allá de la necesaria justicia para hacer más humano nuestro mundo con el amor.

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La dignidad del trabajo humano radica en que éste es realizado por una persona, que está llamada a realizarse en él. Ya que además de ser el medio legítimo de su manutención y la de su familia, debe ser el medio de desarrollo integral de la persona. No se llega al recto concepto del trabajo si no se tiene un recto concepto del hombre. Las personas no son cosas que se pueden simplemente utilizar y tirar.

Los bienes del mundo pertenecen a toda la familia humana. Normalmente una persona necesita trabajar en orden a tener una necesaria participación de los bienes. De aquí que cada persona puede comprender el trabajo, su propio trabajo, como una aportación al bien común.

El trabajo es fuente de derechos y obligaciones. Los derechos deben ser respetados y promovidos. Las obligaciones deben ser cumplidas con espíritu de responsabilidad y autoexigencia. Trabajar responsablemente no es un castigo, es la oportunidad de mejorar, de contribuir a la comunidad a la que pertenecemos y de cumplir con nuestra vocación.

Los pobres son, en muchos casos, el resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano, ya sea por la falta o por el abuso en las condiciones del mismo. Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son graves. Las repercusiones para la familia y la persona son incalculables. La tasa de desempleo en el sector juvenil es tres veces mayor a la de los adultos y cada vez más jóvenes se ocupan en la informalidad o se vinculan al crimen organizado, situación que no puede dejarse de lado si pretendemos ser un país más competitivo.

Más allá de análisis económicos y técnicos debemos reconocer en cada persona y familia que sufren por la falta de empleo digno a un prójimo que sufre una de las calamidades más grandes: no poder llevar a casa lo necesario para vivir dignamente.

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Ya en funciones el nuevo gobierno enfrenta una serie de retos: económicos, políticos y sociales. De entrada, un presidente que no cuenta con el respaldo de más del cuarenta por ciento de los votos necesita consolidar su legitimidad y logar una gobernabilidad democrática, es decir, necesita diálogo efectivo que genere acuerdos con otras fuerzas políticas.

Este momento nos presenta nuevas realidades. El presidencialismo que vivimos durante un largo periodo se encuentra hoy acotado, y los poderes fácticos han tomado un protagonismo para muchos peligroso. Por otro lado, la sociedad civil organizada tiene una mayor participación, aunque no suficiente. Nuevos horizontes se perfilan en la política educativa del país.

Sin duda la inseguridad, el narcotráfico y la estrategia para enfrentarlos son temas que durante los primeros meses de este año tendrá que definir la nueva administración federal. En principio parece que habrá continuidad hasta que se genere e implemente un nuevo plan de acción.

En lo económico muchos especialistas coinciden en que hay estabilidad, sin embargo existen focos rojos como la excesiva deuda contraída por los gobiernos estatales o el aumento en el número de personas pobres. El desempleo y la reforma a la ley laboral también caracterizan este singular periodo de cambio en nuestro país.

El cambio de batuta ―en la administración federal― no garantiza en sí mismo que toquemos una melodía mejor; también cuentan, y mucho, los músicos ―los ciudadanos―, que con nuestra labor cotidiana empujamos o evitamos el avance de nuestra nación. No importa el trabajo que desempeñemos, todos somos importantes para lograr el crecimiento sustentable que permita la mejoría de las condiciones de los más desprotegidos y marginados.

Comienza un nuevo año y con él siempre llegan nuevas oportunidades. Cultivemos la esperanza activa, actuemos, organicémonos, aprendamos a tocar juntos una nueva y hermosa melodía de compromiso, solidaridad y construcción del bien común.

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Socio fundador del IMDOSOC, Consejero, miembro de la Comisión Académica del Instituto, escritor y maestro del pensamiento social cristiano, don Efraín fue un pilar fundamental, sobre todo en los primeros años de existencia del Instituto que está acercándose a su XXX aniversario. Apreciado y reconocido por todos, no sólo por su inteligencia, sino también por otras virtudes como su humildad, su permanente actitud de servicio y su sentido del humor, don Efraín fue un discípulo del Señor y un misionero destacado del apostolado de la inteligencia, cuyo propósito es: ayudar a buscar la verdad y a dejarse encontrar por la verdad.

Quienes lo conocieron en la militancia política reconocen su incorruptible afán de servicio por el bien común, por los derechos humanos y por la defensa de la dignidad inviolable de las personas. Quienes lo conocieron en plena actividad política como oposición, dan testimonio de su agudeza para la crítica fundamentada y certera, sin marrullerías ni tergiversación de las cosas a su favor. Quienes lo conocieron en el servicio público, dan fe de su profesionalismo, generosidad y entrega sin servirse de lo público en beneficio personal. Pero mejores alabanzas se escuchan de quienes fueron sus alumnos en tantas décadas de docencia universitaria. ¡Ni qué decir del hombre de familia y del mexicano ejemplar que fue Don Efra!

“Pecador estándar” como todos —expresión que acuñó y que muchos adoptamos—, hombre de su tiempo abierto al diálogo, se recordará a don Efraín como ese cristiano de poderosa inteligencia que lograba discernir y clarificar, con elocuencia y contundencia, los “disparates” que suelen siempre tener clientela, las falacias y los sofismas, los errores lógicos en la argumentación, y evidenciar la pereza mental de nuestro tiempo, a fin de abrir caminos para no sofocar la aspiración humana por la verdad, dentro de un contexto social y cultural plagado de relativismo gnoseológico, antropológico, ético y jurídico.

Pensar bien, comer bien, beber bien, reír bien, querer y amar bien, trabajar bien y servir a Dios y al prójimo con tanta diligencia como naturalidad, pareciera que fueron sus propósitos en la vida. Vida lograda y enriquecida que hace pocas semanas dejó esta tierra para partir a la Patria de todos. Su esposa, sus hijos, sus familiares y amigos, tanto como sus discípulos, colegas y ex alumnos, nos enriquecimos y lo seguiremos haciendo con su obra y testimonio. Para los creyentes en la “comunión de los santos”, Don Efraín sigue entre nosotros.

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