Presentación de la Encíclica Laudato Si’ Mons. Rogelio Cabrera López,...

Presentación de la Encíclica Laudato Si’ Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey, Nuevo León.

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Buenos días a todos.

Quiero comenzar agradeciendo esta oportunidad que nos han dado a dos Obispos y a un presbítero de tomar la palabra en este foro.

Lo dije hace un rato, agradezco que nos permitan esta tierra sagrada del Senado, no la profanaremos. Queremos, con nuestra palabra, que el Senado también sea una voz profética para nuestro pueblo ante este tema tan importante y desafiante, como es el medio ambiente.

Agradezco a los senadores que nos han permitido asistir a este foro, a la Comisión Especial del Cambio Climático del Senado; al IMDOSOC, a la Fundación Konrad Adenauer para participar en este Foro “La pobreza y el cambio climático”.

Ya el título está proponiendo un ensamblaje que no vamos a poder separar: Cambio climático y pobreza.

Trataremos de, en una síntesis muy apretada, presentarles esta Encíclica.

Yo he dicho que el Papa es una especie de poeta porque ha expresado de muchas maneras lo que nosotros vemos, lo que nosotros sentimos y lo que quisiéramos decir.

Él ha hablado en nombre no sólo de los católicos y de los obispos, sino es una palabra de la humanidad.

Por ello, les invito a que pongamos atención al tema.

Un servidor, actualmente Arzobispo de Monterrey, el Señor me ha permitido admirar y conocer las bellezas de nuestra patria.

He sido Obispo en Michoacán; he sido Obispo en Chiapas por 11 años, y actualmente en Nuevo León.

Soy testigo de la belleza que Dios ha regalado a nuestra nación; pero también he visto con ojos propios el desastre ecológico por todos lados.

El cambio de uso de suelo de manera indiscriminada; los ríos llenos de toneladas de basura; las minas que se explotan a cielo abierto; la reconducción de las aguas de ríos caudalosos hacia las grandes ciudades; y luego también testigo de la pobreza de los pueblos de México, especialmente los pueblos indígenas.

Fui Obispo de una Diócesis que tiene más del 25 por ciento de pueblos indígenas.

Por ello acepté venir a decir mi palabra, que no es otra que la del papa Francisco. Quiero que su palabra no resuene como una palabra unipersonal, sino como la palabra de todos.

La Encíclica tiene una historia muy larga, es la expresión última del sentir y pensar de la Iglesia. Por ello quiero trazar brevemente los presupuestos de esta encíclica tan importante, para que luego monseñor Juan Armando señale los retos y los desafíos que nosotros consideramos más importantes de este documento.

Aunque en sus orígenes la ecología se concibió como una ciencia natural o exacta, hacia fines de los setentas del siglo pasado, incursionó en los terrenos de las ciencias sociales. Allá, en 1869 el biólogo alemán Erns Hekel introdujo el concepto Ecology para referirse a las relaciones de los organismos con el medio ambiente.

Jamás imaginó que esa palabra, convertida posteriormente en ciencia, llegaría a convertirse en un tema de interés para la economía, la política, la educación, la filosofía y en último término, de la ética.

No han sido pocos los movimientos, partidos políticos incluidos, que buscan llamar la atención sobre el progresivo atentado a la naturaleza, que todos los seres humanos perpetramos.

Muchas voces, en ocasiones tildadas de alarmistas, alzan la voz exigiendo de los gobiernos medidas urgentes para detener la contaminación que ha colaborado en el cambio climático reciente en lo que se llama el calentamiento global.

La teología reciente no ha quedado al margen de esta preocupación, siguiendo la línea de la responsabilidad que propone la ética, la teología nos recuerda que los seres humanos somos colaboradores de Dios en el cuidado de la creación, somos sus jardineros.

El sentido material de la salvación cristiana es resaltado por algunos teólogos como Eskilere. Él dice: “La salvación cristiana también tiene relaciones con la ecología, con los condicionamientos del hombre y con las cargas que se le imponen en su vida concreta aquí y ahora. Quienes califican todo esto de ajeno a la salvación cristiana sueñan tal vez con una salvación para ángeles pero no para hombres.

“La creación es un proceso inacabado, necesitamos colaborar con Dios en su cuidado, no como simples espectadores, sino involucrándonos en su correcto desarrollo.”

La Encíclica del Papa Francisco, Laudato Sí, se inscribe entonces en este movimiento teológico que busca recordarnos la responsabilidad que tenemos con el cuidado de la naturaleza.

El tema de la ecología forma ya parte y patrimonio de la enseñanza social de la Iglesia y varios pontífices han manifestado su preocupación por el cuidado de la naturaleza.

Especialmente a partir del Concilio Vaticano Segundo se ha profundizado sobre esta situación.

Ya de modo reciente, San Juan Pablo Segundo afirmó que el ser humano no debe olvidar que su capacidad para transformar la tierra no le permite disponer arbitrariamente de ella, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisionomía propia y un destino anterior dados por Dios y que el hombre puede desarrollar ciertamente pero no debe traicionar.

Ya antes el Papa Pablo Sexto había llamado también la atención sobre la crisis que el mundo moderno ha acentuado en la relación entre el ser humano y el medio ambiente.

La enseñanza social de la Iglesia ha sido enfática: el medio ambiente es un bien colectivo.

Por ello, la responsabilidad de su cuidado es de todos, personas y sujetos institucionales.

Además, ya desde Pablo Sexto, se afirmaba que esta responsabilidad se extiende no sólo a las exigencias del presente, sino también a las del futuro.

Dice él: Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán, aumentar todavía más el círculo de la familia humana.

Mención especial merecen los pueblos indígenas, cuando hablamos del cuidado del planeta. Y es que su relación con la tierra y sus recursos, es una expresión fundamental de su identidad.

En ese punto es donde la doctrina social de la Iglesia, previa al Papa Francisco, insiste en algo que él tocará de lleno en la Encíclica Laudato Sí.

Los bienes de la tierra han sido creados por Dios, para ser utilizados por todos y no sólo por algunos, por lo que la avidez individual o colectiva, es contraria al orden de la creación.

La justicia y la caridad, son los criterios que deben prevalecer a la hora de la distribución de los bienes, porque lo que es preciso deshacer la compleja y dramática relación que existe entre crisis ambiental y pobreza.

La conversión ecológica, término que él utilizó para proponer esta vuelta de la mirada de nosotros mismos hacia el mundo, ya se apuntaba desde que el Papa Juan Pablo Segundo invitaba a nuevos estilos de vida, presididos por la sobriedad, la templanza, la autodisciplina, tanto a nivel personal como social, todo ello con una actitud de agradecimiento a Dios, por el don de su creación.

La austeridad y la sobriedad, son un imperativo para todos.

Benedicto XVI no sólo mantiene la preocupación por el cuidado del medio ambiente que manifestó su predecesor, sino que se preocupa de manera constante sobre la ecología.

El Papa Emérito señaló, con especial énfasis, la vinculación existente entre la ecología natural, el respeto a la naturaleza y la ecología humana.

Dice él: La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente, conlleva daños a la convivencia humana y viceversa.

Si buscáramos establecer unas constantes en los pronunciamientos de la enseñanza social de la Iglesia sobre el cuidado del medio ambiente, señalaría las siguientes:

El respeto a la naturaleza, es el criterio que debe prevalecer en las investigaciones científicas.

Todos somos responsables del cuidado del medio ambiente.

La creación merece una actitud de contemplación hacia ella y de gratitud hacia Dios, por este gran regalo que nos ha hecho.

La afectación del medio ambiente, afecta a los más pobres, en especial a los pueblos indígenas. Existe una íntima relación entre la ecología natural y la ecología humana; los seres humanos necesitamos un estilo de vida más sobrio y austero.

Esas constantes tienen ya más de medio siglo en la enseñanza social de la Iglesia. La premisa antropológica fundamental es la intervención, la interconexión de todas las cosas, unas con otras, el hombre está en relación con el mundo natural, con los otros hombres en la historia, con Dios, de quien es imagen y semejanza.

Esta interrelación afecta a todos, los problemas tienen que entenderse y enfrentarse con la responsabilidad del ser humano dentro del mundo actual, no como un extraño fuera de ese mundo.

De esta interrelación se desprende la responsabilidad de unos para con otros dentro de la casa común, como llama el Papa a la creación. Esta interrelación permite comprender la interdependencia de unos con otros, la corresponsabilidad colectiva por el bien común, el cuidado de la humanidad y de la casa en que vivimos.

Este cuidado no es un cuidado cualquiera, es un cuidado responsable y amoroso, el cuidado de la humanidad y la casa común no pueden delegarse a la artificialidad; ahí el ser humano está llamado a descubrir la trascendencia, si no, será incapaz de cuidarla si no tiene amor trascendente.

El cuidado se refiere a una relación amorosa no dominadora, la técnica es un medio que ayuda a este cuidado, ha de ser relacionada con la ética, la política, la educación, la economía y la ciencia, para lograr la integralidad verdaderamente humana.

Cada una de estas dimensiones sociales son parciales, es necesaria la complementariedad. Si se absolutiza una dimensión, por ejemplo la económica, el ser humano pasa a segundo término y la humanidad es tratada como medio y es instrumentalizada a favor de visiones aberrantes como la esclavitud, la trata de personas, la marginación y el descarte de personas en la sociedad.

La solución a los grandes problemas de la humanidad pasa por un diálogo integral, tal vez frágil, pero dignamente humano. El cuidado amoroso es expresión de la reacción humana ante la maravilla del mundo natural, ante el descubrimiento de sus propiedades y sus leyes, de sus ciclos y sus frutos; una maravilla que todo ser humano sano pudiera reconocer y compartir.

El Papa reflexiona sobre la línea de la mística cósmica de San Francisco de Asís, el santo universal: el corazón humano culto experimenta sentimientos de belleza y expresiones de respeto y veneración, por todo lo que existe y vive; la ciencia de la fe quiere proponer la luz de la revelación hecha por Jesús, que nos revela la realidad de que en el origen más profundo de todo lo finito, más allá de donde la ciencia humana más aguda es capaz de intuir y deducir, en el principio de todo está el amor.

La fe en Cristo es una luz, esta luz que ilumina la relación entre el ser humano, la casa común y el creador. Jesús nos enseña la relación de solidaridad armoniosa en la creación entera.

Estos presupuestos teológicos e históricos permiten formular la propuesta de una ecología integral que surge de un diálogo entre las ciencias de la vida y de la tierra; entre la religión y la técnica; entre la ecología y la economía; entre la política, la vida y la ética.

Se trata de superar la ecología ambiental que consideraba al hombre fuera del ambiente como una razón proyectista que usa el ambiente.

Hoy, tenemos conciencia más clara de que el medio ambiente, no es un objeto fuera del hombre sino que el hombre está dentro. Es engendrado, nace, se desarrolla, vive y muere en él. El hombre es tierra.

La iglesia invita a un diálogo consciente de las preocupaciones que embargan los corazones cristianos, les presenta una síntesis de la teología sobre la creación.

A los no cristianos invita al diálogo sobre los problemas contemporáneos acerca de la casa común, invitando así a toda persona disponible a colaborar por el bien común.

Es por ello, un llamado al diálogo entre la ética cristiana, la investigación científica, la moralidad, la responsabilidad política acerca de la preocupación por el planeta y la solicitud por el cuidado de la casa común.

En tres palabras, el medio ambiente y la naturaleza es un don, una actitud que se toma frente a ella y una decisión que nos compete a todos.

Ahora Monseñor continuará con el tema.