Reseña de una entrevista al Papa Francisco

Reseña de una entrevista al Papa Francisco

En la entrevista del 19 de agosto de 2013 que el Papa Francisco concede al Padre Antonio Spadaro, director de la Civilita Católica, hace sentir que nuevos aires soplan en el Vaticano, Francisco dice “soy un pecador en quien Dios ha puesto sus ojos” al referirse a su elección como Papa; esta respuesta proviene de un auténtico pastor forjado a la sombra del Evangelio con la humildad de reconocerse humano y con errores.

Y vea usted si no, cuando un Papa toda santidad desnuda su personalidad ante el entrevistador cuando le responde a la pregunta de por qué quiso entrar la Orden de los Jesuitas, y dice sin rodeos “por tres razones: la primera, por la disciplina de la Orden —ya que dice— soy un indisciplinado nato, nato…” y agrega: “segunda, porque siempre había buscado vivir en comunidad y ésta es una característica de la Compañía; y tercera, por su carácter misionero”.

Sin embargo, el Papa nos deja ver en la entrevista parte de lo que será su código de conducta, al referirse que su modelo inspirador es el beato Pedro Fabro (1506-1542), fundador de la Compañía de Jesús, quien predicaba: el diálogo con los lejanos y con los adversarios, la piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, ser un hombre de grandes decisiones que compartía con ser dulce, tener atento discernimiento interior y la disponibilidad inmediata.

Y al paso de la entrevista abre una ventana ruinosa, opaca, que impedía el paso de la luz natural al responder que “esta Iglesia con la que debemos sentir es la casa de todos, no una capillita en la que cabe sólo un grupito de personas selectas”, y las respuestas se van sucediendo como una catarata refrescante ante un calor que sofocaba el pensamiento de nuestro tiempo, cuando dice “yo no creo en un dios católico, no existe un dios católico. Existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación”.

¿Así o más claro? A la Iglesia anquilosada la mueve y le dice que despierte de tu letargo, “las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Tenemos que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia, corre el peligro de caer como un castillo de naipes y corre el riesgo de perder la frescura y el perfume del Evangelio”.

Y fustiga a sus antecesores, y que lo entienda el más recóndito obispado, al decir, “los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisos adulados y mal excitados por los cortesanos. La corte es la lepra del papado”. Y agrega que “la Curia es vaticano-céntrica que ve y atiende el interés del Vaticano, que son todavía en gran parte intereses temporales, esta visión descuida el mundo que nos rodea.

No comparto esta visión y haré lo posible por cambiarla”. Al clericalismo, que es una doctrina que instrumenta una religión para obtener un fin político, el Papa le responde “Cuando tengo delante un clerical me vuelvo anticlerical de golpe. El clericalismo debería tener que ver nada con el cristianismo, San Pablo que fue el primero al hablarles a los gentiles, a los paganos y a los creyentes de otras religiones, nos lo enseñó”.

El Papa habla de una santidad común existente que no nos percatamos de ella, pero que está pasando pacientemente como el agua de un arroyo cristalina, limpia, transparente, cotidiana: “Veo la santidad en el pueblo de Dios, una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes heridos siempre, con una sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida”.

La mujer, marginada como género, les anuncia: “la Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y el papel que ésta desempeña. Hay que trabajar más hasta elaborar una teología profunda de la mujer. En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino”.

A aquellos que hacen de su ministerio una amenaza constante, forman tribunales inquisitoriales caducos y prenden hogueras de distanciamiento y rompimiento social en los confesionarios, les dice: “En esta vida, Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición con misericordia” y les advierte: “Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto.

Después de aquello, esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con 5 hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida, le encantaría retomar la vida cristiana, ¿qué hace el confesor?”.