Ser misericordiosos en el siglo XXI

Ser misericordiosos en el siglo XXI

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Ser misericordiosos en el siglo XXI

Tomás de Híjar Ornelas*

La iniciativa del Papa Francisco de convocar a un Año Jubilar Extraordinario con el tema de la misericordia —en el marco del 50 aniversario de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II— bajo el lema “Misericordiosos como el Padre”, es otro sillar con el que el Pontífice apuntala a la Iglesia romana. Es también una síntesis de lo que ha conseguido al cabo de no muchos meses en su maratónico y deslumbrante gestión.

El Papa Francisco nació para serlo. Ciertamente, ni lo quería ni lo deseaba. Tampoco le ayudaba ser un Cardenal periférico, distante y distinto a sus congéneres curiales, ajeno a grupos, metido en lo suyo y con demasiados años a cuestas. Al elegirlo, se vaticinó que sería un Papa de transición. Pero, ¿tener bastantes años acumulados significa eso? No. Ha impreso a su mandato un ritmo jovial y de vértigo que ahora remacha con este suceso, con el cual quiere afianzar su reforma eclesial.

Iglesia en salida

Francisco es realista y comienza desde dentro, con los obispos del mundo en comunión con él. Les pide una actitud absolutamente evangélica, distante del burocratismo, del confort y de las pasarelas; al clero le exige coherencia; a las y los religiosos ser luz y sal en medio de una sociedad vacía y desencantada. La presencia de Francisco ha sido para la Iglesia una ráfaga de aire fresco, un chorro de agua limpia, una mañana radiante.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. Dos bastiones, hasta hoy inexpugnables (la Curia Romana y el clericalismo de los laicos), intentan por todos los medios, aun los de la deslealtad, atajar las reformas del primer Papa americano. De la primera, él mismo ha pintado una raya decidiendo vivir en la Casa Santa Marta; de lo segundo, no ha ahorrado palabras para desenmascarar la conducta postiza de quienes bajo el manto de la religión soslayan un compromiso de fe maduro, comprometido y responsable.

Ser misericordiosos, en clave del Papa Francisco —desde la lectura de su luminosa bula de convocación al Año Jubilar Misericordiae Vultus y desde la carta dirigida al arzobispo Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización—, viene a ser una apremiante llamada a la cristiandad para emprender una cruzada, la última y definitiva de la historia según parece, en contra de la deshumanización despiadada que cada día gana más terreno en la vida social, en pos de la sórdida ganancia, de la avaricia sin límite y de la libertad desbocada convertida en libertinaje.

Ser misericordioso luego de la caída de los totalitarismos, del colapso capitalista y de la hipocresía y perversidad de los lobos vestidos con piel de oveja en el seno de la Iglesia, es para el cristiano del siglo XXI no sólo un camino… es su único camino, consistente en reemplazar la retórica del hijo mayor de la parábola que se cree bueno porque no ha hecho cosas malas, con la compasión del padre, al tiempo que cubre la desnudez del pródigo que ha malversado su herencia.

 

* Abogado. Presbítero. Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara. Forma parte de la Comisión de Organización del Año de la Misericordia en esa Iglesia particular.

Artículo publicado en la revista Signo de los Tiempos Enero 2016