Un concilio renovado

Un concilio renovado

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El Concilio Vaticano II representa un modo de ser Iglesia y ser cristianos en un esfuerzo de actualización constante. Hoy en un aniversario más de su clausura. Es, como propuso Pablo VI, “más que un punto de llegada, un punto de partida”. Pero podemos decir que es también un punto de inflexión para podernos entender como Iglesia y saber nuestra misión en el mundo.

No podemos negar que el concilio tiene todavía algunas cuestiones pendientes. Tenemos que cambiar de acentos y de actitudes como Iglesia, como consagrados, como jerarquía y como laicos. Recientemente, el Papa Francisco actualiza la idea del Concilio y nos comparte algunos rasgos que deben caracterizar a nuestra Iglesia: humildad, desinterés, bienaventuranza, encuentro y diálogo; “Acordaos, además de que el mejor modo para dialogar no es el de hablar y discutir, sino hacer algo juntos, construir juntos, hacer proyectos: no sólo entre católicos, sino justamente con todos los que tienen buena voluntad”.

También nos advierte sobre dos tentaciones: la primera es la pelagiana, ella empuja a la Iglesia a no ser humilde, desinteresada y bienaventurada; y lo hace con la apariencia de un bien. El pelagianismo nos conduce a poner la confianza en las estructuras, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas, siendo todas ellas abstractas. A menudo también nos lleva a asumir un estilo de control, de dureza, de normatividad. La norma da al pelagiano la seguridad de sentirse superior, de tener una orientación precisa; allí encuentra su fuerza, y no en la suavidad del soplo del Espíritu.

La segunda tentación es la del gnosticismo: que conduce a confiar en el razonamiento lógico y claro, que pierde la ternura de la carne del hermano. La fascinación del gnosticismo es la de <<una fe encerada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos>> (Evangelii Gaudium. 94), el gnosticismo no puede transcender.

La Iglesia del Concilio nos queda muy lejos aún, ser samaritanos, ser puentes, puntos de encuentro, servidores y servidoras  —como propone Aparecida—, es hacer eco del Espíritu que sopló en el Concilio hace apenas 51 años.