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Mensaje de la Mtra. Lucila Servitje, ante la XXXV Asamblea del IMDOSOC

Actualizado: 1 de nov de 2019


Muchas gracias, Monseñor, por sus amables palabras.

Sepa que, como las de hace un año, las hemos escuchado, las recordaremos y las honraremos con nuestra práctica. Muchas gracias, queridos socios, consejeros y amigos aquí reunidos. Muchas gracias, en especial, a todo el equipo de trabajo de IMDOSOC, quienes todo este año nos han brindado lo mejor de su esfuerzo. Asumo hoy la presidencia del IMDOSOC para un tercer período al haber sido ratificada en el cargo por la Comisión de Vigilancia del Instituto. Agradezco su voto de confianza, cuenten ustedes con todo mi compromiso, renovadas fuerzas y toda la creatividad de la que pueda hacer acopio.


Es con gran esperanza que renuevo hoy esta tarea de avanzar, cada vez con mayor claridad, la misión que nos hemos mutuamente encomendado: “contribuir a formar la conciencia personal y social, para construir una realidad social justa a la luz del Evangelio a través de la investigación, la enseñanza y la difusión del pensamiento social cristiano”.


Puedo apreciar, como decía san Pablo, que esta misión es también un don, un privilegio. El privilegio de vivir y convivir en un espacio donde el tema, la conversación, la preocupación y ocupación del día a día, es la fe que hace justicia. Esa ha sido mi experiencia en estos años y, en particular, en estos últimos meses. IMDOSOC es un lugar de búsqueda y encuentro.

Por eso, quiero aprovechar la ocasión de este mensaje para comunicarles cómo intentamos vivir y compartir los compromisos de nuestra misión.


El más difícil, es la formación de la conciencia social. Muchas veces nos hemos preguntado si ésta es realmente fruto de alguna labor nuestra. ¿No será, más bien, que quienes se acercan a IMDOSOC ya tienen conciencia de lo social? Pensamos que sí. Lo que ellas buscan, entonces, es precisamente formarse en esta conciencia; encontrar criterios; desde los principios más prácticos y de sentido común hasta sus fundamentos éticos, filosóficos y teológicos; conocer sus procesos, tanto los del desarrollo personal como los comunitarios y sociales. Y, de esta manera, podemos ser un referente para quienes aún no despiertan su responsabilidad y compromiso social.


Pero necesitamos darnos cuenta de que, en realidad, se trata de algo complejo. Reconocer las injusticias de nuestro entorno y otras partes del mundo puede ser una simple declaración de buenas intenciones, y éstas una forma de autoengaño. La conciencia social, en su dimensión individual o colectiva, tiene una serie de enemigos poderosos: el individualismo, la supremacía cultural, el consumo irresponsable, los intereses particulares de individuos y grupos. En las personas hay estructuras internalizadas que oprime y deshumaniza, esto se refleja en el corazón mismo de las normas y costumbres; por ello, son más resistentes al cambio que las estructuras económicas o sociales por sí mismas.


Éste es uno de nuestros retos fundamentales y sabemos que para ello se requiere, sí, una sólida fundamentación teórica; pero sobre todo experiencias, diálogos, discusiones, procesos de discernimiento compartido. Pero también algo de juego y humor, pues como dicen por allí: la mayor victoria del demonio de la injusticia es convencernos de que no existe. Muchas veces son las historias, el arte, las que nos pueden enseñar nuestros demonios y las maneras de expulsarlos.

Esta conciencia debe llevar inevitablemente a la búsqueda de una sociedad más justa.


Ésta es una aspiración universal: la falta de oportunidades para las y los jóvenes, las dificultades de las familias para sostenerse y ofrecer educación adecuada a sus hijos, la lacerante e indignante necesidad de migrar para poder vivir, la creciente desigualdad, el vertiginoso deterioro de los bienes de la tierra, la corrupción de la política y de la organización económica y social, las conductas delictivas y criminales... son aspectos de una problemática global que deben ser atendidos y estudiados con precisión y profundidad.

Pero sabemos que no pueden ser considerados de forma aislada, sino en su continua interacción y dependencia directa de un sistema que, si no se atiende, seguirá rigiendo, anulando todo esfuerzo de solución concreta.


Esto nos pide, en primer lugar, un abierto esfuerzo de autocrítica, como claramente hizo ver el Papa Francisco a los congregados en el Foro Mundial de Davos: “Llorar por la miseria de los demás no significa sólo compartir sus sufrimientos, sino también y, sobre todo, tomar conciencia de que nuestras propias acciones son una de las causas de la injusticia y la desigualdad” (2016). Aquí nos tropezamos de nuevo con nuestras limitaciones humanas: nuestra conciencia de lo que pasa en la historia, capta con relativa rapidez lo que debería ser, pero la posibilidad de progreso real es mucho más lenta. Por ello, sensatamente la Populorum progressio nos animó a ver con humildad la tarea: pasar de situaciones injustas a menos injustas.


Pero ¿hacia dónde dirigir los pasos, cuáles caminos tomar? El compromiso, el servicio, la disponibilidad, la generosidad son imprescindibles, pero no son suficientes y, a veces, pueden no ser efectivos. Desde el primer día de su pontificado, sin apartarse de la muy concreta y omnipresente interpelación de las diversas realidades de pobreza, el Papa Francisco ha insistido en señalar su carácter sistémico e interrelacionado.

Esto nos lleva a la convicción de que no es posible vivir, traducir a la práctica la doctrina social sin la aportación de las ciencias sociales.

Por eso, aunado al discernimiento de conciencia personal, buscamos en nuestros estudios e investigaciones, cursos y talleres, un discernimiento interdisciplinario de las cuestiones sociales.

Pero la justicia nos pide algo más. La doctrina social es, a su vez, una instancia crítica de las ciencias.

Como dice el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’: “Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso” (LS, 94). Las ciencias humanas vienen a nuestro auxilio en esta tarea.

Es especialmente por esto que nuestra misión pide que iluminemos toda idea de justicia con la luz del Evangelio.


Este discernimiento nos lleva, antes que, a ninguna otra disciplina, a la Escritura como fuente primordial, central de nuestra fe. El estudio y meditación de la palabra de Dios escrita en la Biblia —como nos ha escrito Monseñor Aguiar en la presentación de los 35 signos de los tiempos de nuestra revista— debe ser nuestro constante referente para iluminar nuestro análisis de la realidad. Aprovecho para darle las gracias también por ello, Monseñor.


La enseñanza social de la Iglesia es el ejemplo más claro de esa exigencia atribuida a Karl Barth: “hacer teología con la Biblia en una mano y en la otra el periódico”. Esto es también lo que hacemos al estudiar las primeras comunidades cristianas para descubrir su potencial de resistencia y sanación; al analizar el texto de Lucas desde su concepción del dinero; al invitar a familiares de desaparecidos a leer desde el Éxodo su propia historia. Cuando el hecho social se deja interpelar por los valores bíblicos, la acción social descubre su sentido y hondura.


Así llegamos, por último —pero no por ello, menos— a la motivación y razón de este instituto: el pensamiento social cristiano. Este pensamiento está sólidamente anclado y parte de la doctrina social de la Iglesia, nos pide tener claro su objetivo, entender para qué se estudia y a qué responde, pues los valores y principios que ella nos propone no son sólo para aprenderlos y repetirlos; nos han sido dados para dejarnos interpelar.

El pensamiento social cristiano es el fruto de la doctrina social cuando mira hacia el futuro buscando cómo transformar las grandes carencias sociales. Nos lo dijo el Papa Francisco hace dos años en Catedral: “Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas...


¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles!”. El pensamiento social cristiano no es una respuesta pre formulada, sino la atención a los desafíos de la realidad de cada lugar, de cada tiempo para transformar la realidad, propiciar cambios en la inspiración y dirección

de las organizaciones, en los fines que persiguen las estructuras sociales.

Esta mirada de futuro es aún más importante hoy que, como nos dijeron los obispos en el Proyecto Global de Pastoral —que nos presentaron el año pasado— y también Mons. Aguiar, estamos ante un cambio de época, y cito a Monseñor: “En un cambio de época, se transforma la manera en que el ser humano ve el mundo y se sitúa en él, con un conjunto determinado de ideas, valores, lenguajes y símbolos que configuran el pensamiento común en un lapso histórico (...) nuestra actitud debe moverse continuamente, según los signos de los tiempos” (2 de agosto de 2018).

Es a este cambio de época que hoy quiere responder IMDOSOC con una reflexión crítica sobre las estructuras sociales existentes y acciones colectivas encaminadas a su transformación.

Es a lo que hemos querido motivar en los 35 signos de los tiempos que conmemoran el inicio del año 35 de su primera publicación.


Es con la mirada puesta en este cambio que quiero iniciar este nuevo período para dar respuesta, desde la fe cristiana, a los acuciantes problemas de nuestro tiempo. Y que IMDOSOC sea esa voz profética que aporte criterios éticos y líneas de acción a este país tan necesitado

de esperanza.


Mtra. Lucila Servitje , Lic. Román Uribe, Eminentísimo Sr. Cardenal Carlos Aguiar y Lic. Manuel Gómez y Lic. Jesús Antonio Damian

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