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El síndrome Bukele I

Por Alejandro Aguilar


En un pequeño espacio de América Central se está ensayando un experimento social en toda su amplitud. La República de El Salvador cuenta con apenas 21,000 kilómetros cuadrados y poco más de 6.3 millones de habitantes, pero lo que viene sucediendo, junto con su desenlace, tendrá repercusiones planetarias. Nayib Bukele es el rostro de esta contrarrevolución: joven para ser un jefe de Estado (41 años), blanco, con apellidos extranjeros, de familia acaudalada y una trayectoria empresarial. Los grandes cambios que está operando en su país podrían bien inspirar a futuras generaciones de líderes políticos.


Al escribir estas líneas sospecho que con la indignación llegarán unas espontaneas quejas, justificando el proceder de Bukele y argumentando que la delincuencia que azota el país requiere mano dura. Así se ha presentado el discurso oficialista. El 14 de febrero pasado, se regodeó de sus resultados en su cuenta de twitter: “¡Hemos llegado a 300 días sin homicidios! Para ponerlo en contexto, el gobierno anterior no tuvo un solo día sin homicidios, y el anterior a ese, solo tuvo 1. Un día sin homicidios en 10 años. Pero gracias a Dios, ahora vivimos en un país diferente.”




El superhombre y el supervillano


Frente a dicha retórica, uno puede verse fácilmente obnubilado. ¿Quién no quisiera que el crimen, la inseguridad y el narcotráfico se resolviera fácilmente? Hemos degustado esa narrativa muchas veces. En un contexto de crisis extrema, un líder fuerte reclama poderes extraordinarios para solventar la situación. La narrativa hollywoodense es sintomática, como toda simplificación ideológica de un problema complejo. Ya sea Iron Man o Batman, nuestro superhéroe entiende la violencia como el camino redentor. No importa que en la persecución de un sospechoso se destruya media ciudad, lo que resulta relevante es el triunfo heroico sobre el villano. Vencerle en combate tiene un potencial liberador, tranquiliza, pues en ese enfrentamiento toda amenaza se desvanece.

El supervillano cumple una función esencial en la narrativa que se teje alrededor del enfrentamiento. Mientras que el superhombre representa la encarnación de todo bien, el supervillano es la apoteosis de las felonías. Mediante esta identificación total, maniquea, la trama se resuelve con la violencia. Se nos hace creer que el malo es tan malo que ninguna medida para combatirlo nunca será extrema, por un lado, y que terminando con él todos los problemas sociales se verán resueltos, por el otro.


Definitivamente es una receta atractiva para una película de acción en la que, después de devastar una ciudad, todos pueden sonreír felices. En cambio, como política de gobierno es totalmente desaconsejable. Durante su mandato, el flamante superhéroe centroamericano ha utilizado su carisma para impulsar un paquete de medidas que castigan fuertemente a las personas empobrecidas, aunque pretenda todo lo contrario.

En siguientes entradas estaré argumentando estas posiciones, pues este texto forma parte de una serie más amplia que estaré publicando por este medio.

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