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Francisco, ocho años de un pontificado desde las periferias


El cónclave que lo eligió papa inició el 11 de marzo de 2013, tras la inédita renuncia de su predecesor, dicha reunión de cardenales electores duró poco más de un día. Parece que el Espíritu tenía prisa. Pero si éste tenía prisa, el nuevo papa también.


Sucesor de Benedicto XVI, el nuevo papa tiene en su nombre su programa. Bergoglio recién electo parece tener prisa porque no tiene que esperar a publicar su primera encíclica para mostrar su programa, como sus antecesores. En su nombre, Francisco, ya muestra su idea de Iglesia y sus preocupaciones.


El nombre Francisco como programa, fija su atención en la hermana tierra, y en los despojados del mundo que se han construido en descartados. Son millones de personas que no sirven más al sistema y que quedan como desechos de una economía que mata y aniquila.


Pero, como el pobre de Asís, el papa venido del fin del mundo, pone de frente a la Iglesia por restaurar. Parte de ese proyecto encuentra en este año octavo de su pontificado un momento clave para su reforma en la Curia de Roma cuando publique la constitución en la que pondrá a la Curia más libre de ataduras burocráticas, y más transparente en sus procesos económicos, es decir más congruente con el evangelio.


Francisco asume la dirección de la iglesia sumergida en una profunda crisis, en el contexto de una crisis también del mundo.


El sistema económico y político hegemónico ha producido millones de excluidos en un sistema asimétrico, millones de pobres que siguen multiplicándose. En contraste, la riqueza se concentra en menos personas quienes determinan el destino del mundo. La propuesta de Francisco parte de las personas, las comunidades y el pueblo: la desigualdad no se resuelve desde arriba sino en la organización social, verdadera política. Entonces el papa reconoce a grupos organizados emergentes, los movimientos populares a quienes califica en plena pandemia como “poetas sociales” y de quienes, dice el papa, debemos aprender metodologías y formas de organización.

El mismo esquema desigual se reproduce en la Iglesia marcada por un profundo clericalismo que el nuevo papa no tarda en denunciar. Esta asimetría tiene su contrapeso en la sinodalidad y en la toma enserio del papel de laicado, promesa del Concilio Vaticano II, no cumplida a plenitud, así como del papel de la mujer en la Iglesia.


Para para avanzar en la construcción de la iglesia que sueña Francisco, propone en Evangelii gaudium cuatro principios: la superioridad del tiempo sobre el espacio, de la unidad sobre el conflicto, de la realidad sobre la idea y la superioridad del todo sobre la parte. Sin embargo hay un quinto principio, dicho entre líneas: el mundo se entiende desde la periferia. Y en esa periferia hay un centro, colectivo que siempre está presente en Francisco, los migrantes. Tras su primer viaje extra muros de Roma, el papa se reúne con náufragos africanos en Lampedusa. El papa presenta una revolucionaria homilía donde afirma lo que constatamos a diario, la indiferencia se ha globalizado. A partir de ahí el papa elabora una propuesta que expone con toda contundencia cinco años después. Hay cuatro verbos y una veintena de acciones que funcionarán en la atención samaritana en favor de los migrantes, pero que también son la base para la construcción de políticas públicas. Su influencia llega hasta los Pactos Globales de Migración y de Refugio de la ONU, algo semejante a la influencia de Laudato si' en la COP21 de Paris en lo referente al cambio climático.


Francisco también es un programa de ecumenismo y de diálogo interreligioso. Como il poverello, Francisco se acerca y dialoga con los musulmanes y firma del documento sobre la fraternidad con el Gran Imán de Al-Azhar en la conocida Declaración de Abu Dabi, una invitación a la reconciliación y a vivir la fraternidad. Pero antes, se estrecha en las propuestas de cuidado de la creación con Bartolomé I, y abrazó a Kiril, patriarca ruso, en la Habana tras un desencuentro entre las dos Iglesia desde 1054, para fortalecer la fraternidad.


Los montes y los bosques de Francisco de Asís son para Francisco de Roma, como le llama Boff, la Amazonia. En ella, a la que considera un lugar teológico, el papa se atreve a soñar. Sus sueños son sociales, culturales, ecológicos y eclesiales, todos atravesados por la interculturalidad.


El papa sueña, invita a soñar juntos, en ese sueño hay una iglesia para todos, donde tiene un lugar central los desechados y en la que todos y todas somos ciudadanos y protagonistas, donde los lazos son de fraternidad abierta a partir de la misericordia.


Gerardo Cruz González

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