• Alejandro Aguilar

Justicia fiscal. Una aproximación filosófica


En las siguientes entradas del blog voy a tocar con cierto detenimiento la cuestión de la justicia fiscal. La razón de dedicarle tanto espacio no me parece menor. En mi opinión y la de algunos colegas, sin una reforma fiscal cualquier esfuerzo por transformar el país y construir una sociedad más justa se verá seriamente constreñido. México es uno de los países que menos dinero destinan al gasto social en una multiplicidad de esferas. El caso flagrante de la salud revela la debilidad del Estado para enfrentar contingencias como la pandemia, como he argumentado antes.


La razón del atraso para tocar temas fiscales tiene raíces profundas. El siglo pasado, gracias a los generosos rendimientos del petróleo en el mercado mundial, la cuestión fiscal fue descuidada largamente. No era necesario revisar cuántos impuestos se cobraban ni a quiénes, si el gobierno tenía sus cuentas en negro. La realidad, actualmente, es diametralmente diferente. Pemex se ha convertido en una empresa con números rojos y el petróleo ya no es una apuesta segura para financiar el gasto público.


Recientemente, el papa Francisco ha hecho un llamado contundente para luchar por la justicia fiscal. Para él, políticas pro-capital caracterizadas por "repetidos recortes de impuestos para las personas más ricas, justificados muchas veces en nombre de la inversión y desarrollo" son verdaderas estructuras de pecado. En este contexto resulta apremiante volver a pensar en un arreglo fiscal que sirva a los intereses de todos los sectores de la sociedad.


En términos generales existen 3 tipos de arreglos fiscales. Los hay progresivos, que sugieren que quienes más recursos tienen deben pagar mayor porcentaje de sus ingresos en impuestos que quienes menos tienen. Los hay regresivos, que expresan justamente lo contrario, quienes menos tienen pagan más impuestos que quienes más. Los hay, por último, planos (flat tax) donde todos sin importar su ingreso pagan el mismo porcentaje de impuestos. Observado de forma simplificada, en una sociedad hipotética de 2 personas donde A gana 10$ y B gana 100$, los diferentes arreglos podrían observarse así:


Visto en estos términos, resulta de sentido común descartar un arreglo fiscal regresivo como la opción más justa. Situar el peso recaudatorio sobre quienes menos tienen no sólo es injusto sino inhumano, pues son ellos quienes tienen que dedicar la mayor parte de su ingreso para su subsistencia. Sin embargo, surge la duda sobre la idoneidad de un arreglo fiscal progresivo o plano. Quienes se decantan por el primero, argumentan que los que más tienen se encuentran en posibilidades de pagar más mientras que, quienes optan por el segundo, argumentan que es la mejor forma de tratar a todos como iguales.


Para discernir sobre el mejor arreglo nos resulta útil un experimento mental que el filósofo John Rawls denominaba “la posición original”. Éste, a grandes rasgos, puede ayudarnos a dirimir controversias. Empecemos, nos incita Rawls, a pensar en una convención para decidir el arreglo fiscal de la sociedad ficticia que utilizamos antes como ejemplo. Por razones aparentes, aunque el arreglo fiscal progresivo es el que permite recaudar más dinero para el gasto público, B tiene razones claras para oponerse. Por regla general todos quieren pagar lo menos posible en impuestos.


Para desbloquear la esperable oposición de quienes más tienen a pagar más impuestos y tratar de encontrar un arreglo que parezca justo y legítimo a todos ojos, Rawls ideó un mecanismo ingenioso. Imaginemos que en dicha convención acuden A y B a negociar el arreglo fiscal (donde B bloquearía cualquier propuesta que sintiera que le perjudicara) bajo un ligero ajuste que cambia todo y al que Rawls denominará “el velo de la ignorancia”. ¿En qué consiste? En que A y B ignoran la posición social a la que pertenecen, es decir, no saben si un arreglo fiscal progresivo les beneficiaría o perjudicaría. Al negociar sin tomar en cuenta las posiciones de origen de cada cual pueden eliminar los sesgos y los intereses e idear el arreglo que más justamente abone al bien común. Otra forma de entender dicho experimento mental es asumir que A y B son amnésicos y, en consecuencia, al negociar pueden dejar aparte los sesgos propios de su condición social. Idealmente, desde este mecanismo podría emanar una justificación para un arreglo fiscal progresivo.


Además de su clarificadora simplicidad, la propuesta de Rawls tiene una connotación sumamente relevante para la justicia fiscal. Al situarnos en la posición original puede ayudarnos a discernir que características de los individuos son loables moralmente (como el esfuerzo personal) y cuales no (como la riqueza heredada). Estos últimos deberían, según el filósofo, ser corregidos activamente por la sociedad para crear las condiciones más equitativas.


En próximas entradas presentaré argumentos más concretos a favor de desear una reforma fiscal progresiva. ¡Hasta entonces!


Alejandro Aguilar Nava

Dudas y sugerencias siempre bien recibidas en: alejandro.aguilar@imdosoc.org

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