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La dimensión social de la fe en Lorenzo Servitje Sendra por Lucila Servitje Montull*


La dimensión social de la fe en Lorenzo Servitje Sendra

Lucila Servitje Montull*


Hablar de la fe de mi padre es hablar de la génesis de mi propia fe, hablar de lo social en mi padre es tocar las fibras más sensibles —quizás más vitales— de mi propia búsqueda y sentido de vida. Quiero poder, de esta manera, incluir a cada uno, cada una de ustedes en el regalo que fue esa relación, con la esperanza de que sea ésta la mejor manera de compartirles lo que yo pude comprender que fue para él vivir su vida creyendo en el Evangelio. Quisiera que pudiera seguir interpelándonos y que podamos así continuar el camino y las tareas que él vislumbró.


Para mi padre era apasionante todo lo que tenía que ver con su fe cristiana, con Dios, con Jesús del Evangelio, con el Espíritu Santo, a quien con gran alegría aprendió a disfrutar leyendo a Carlos Vallés. Siempre estaba dispuesto a hablar de esa fe, a estudiar todo lo que pudiera sobre ella, entenderla. Pero cuando no la entendía, también la amaba, se dejaba llevar, la seguía en silencio y en esperanza de que algo se le revelaría.


Con ese mismo interés, y sí, con la misma pasión, se encontraba con las personas. Desde luego que había a quienes conocía mejor que a otros, tenía amistades especiales; pero mi memoria me hace hoy decir que con todas buscaba una ocasión de verdadero encuentro, empezando con una mirada, una sonrisa, unas palabras. Quizás sean sólo los recuerdos de los últimos años, pero sin duda fue el reflejo de lo que siempre vivió o quiso vivir.

Todos en la familia nos sorprendemos por el número de personas que se nos acercan para narrarnos la relación tan especial que habían tenido con él. Quiero señalarlo, porque sé que hay tantos ‘don Lorenzo’, como personas que lo conocieron. Yo soy feliz de poder compartir lo que él dejó en mí. Mi relación de hija no fue de predilección. Tuve el privilegio de pasar mucho tiempo con él, en especial los últimos años. También agradezco que tuvimos una manera —la nuestra— de encontrarnos.


Nuestro encuentro era a través de las ideas, de las explicaciones de las personas y las cosas. Compartimos pensamientos, oraciones, lecturas, noticias, acontecimientos. Complementábamos opiniones y cuando esto no se podía, discutíamos. Con él casi siempre se podía dar un paso más allá, subir uno o dos niveles hasta encontrar el sitio en el que podíamos sentirnos bien sin traicionarnos en nuestro pensar. Como él decía: “no se trata de que me convenzas, ni de que yo te convenza, sino de poder encontrarnos en una verdad más alta”, citando al pensador francés Alfred Loisy.


Una de esas personas amigas, la doctora Aspe, expresó algo semejante de manera muy ilustrativa: dijo que ‘tenía reversa’. Por ello, me atrevo a pensar que este mismo estilo de conversación era el que mantenía con sus amigos —y algunas, no tantas, amigas—, con las personas de su trabajo, con sus compañeros de causas y proyectos; también consigo mismo y, seguramente, con Dios. Aunque también creo, como tan bellamente lo describió fray Gonzalo Balderas, que su oración debe haber sido más bien la de un místico. En Navidad del 20006, escribió: “Jesús es el sueño de Dios, es Dios con nosotros. ¡Enséñanos, Señor, a soñar juntos!”.


Un breve recorrido. Primeros años


¿De dónde vino este estilo de ser de mi padre? ¿Cómo fue que encontró en la dimensión social su más clara expresión? Quizás un breve recorrido por su vida pueda ayudar a entenderlo:

Un día como hoy, hace 100 años —a ocho años de haber estallado la Revolución Mexicana—, nació mi padre en la Ciudad de México. Sus padres eran campesinos catalanes que tenían pocos años de residencia en México. Le bautizaron en la Iglesia católica y le comunicaron la fe y piedad de su región y tiempo. Una fe sencilla, decía don Lorenzo. Sospechamos que algo muy especial debe haber habido en esa fe y en esas personas, pues cada hijo e hija de ese matrimonio han sido personas excepcionalmente buenas.


Me parece importante añadir que mi padre siempre mencionó, con cariño y añoranza, las oraciones y prácticas religiosas que aprendió de las mujeres que ayudaban a su madre en el trabajo de la casa. A los 6 años fue una de ellas quien lo llevó a confesarse “por sus muchos pecados”. También nos contaba cómo en 1926 fue con ellas y su madre a la Basílica a “despedir a María”, pues se había decretado la suspensión del culto. Por ello, tuvo que esperar tres años más para recibir la primera comunión. Fue así como la cultura y fe mexicana, la fe del pueblo, dejó su sello indeleble. Él decía de broma que estaba hecho con materiales importados, pero muy bien armado en México. Junto con esa fe, y muy ligado a ella, Lorenzo recibió de su familia el hábito del trabajo, el valor del esfuerzo, el espíritu emprendedor y la tenacidad.


En los religiosos del Colegio Alfonso XIII, los padres paúles, encontró la formación necesaria para su espíritu inquieto. Descubrió maestros admirables: el padre Bravo y el padre Mendoza. Deseaba ser como ellos: “idealistas y de vida ejemplar”, cuenta en sus memorias. Se entusiasmó con las lecturas y el modelo de vida misional. Pensó en optar por la vida sacerdotal. También se inscribió en la universidad. Pero la muerte inesperada de su padre cuando él tenía apenas 18 años, le obligó a optar por la atención al negocio familiar (la panadería El Molino) y el cuidado de su madre y hermanos, que aún eran pequeños.


Federico Ozanam, la inspiración de su vida


La necesidad de vivir una fe comprometida, de nutrirla con el estudio y la lectura le llevó a buscar otros caminos. En esa época de cambios vertiginosos y decisiones importantes, Lorenzo participaba en un grupo de Conferencias de San Vicente. Fue su secretario general. Estas conferencias habían sido fundadas casi un siglo atrás, en Francia, por Federico Ozanam, un joven estudiante de París —más tarde profesor de La Sorbona—, doctor en Letras y Derecho, precursor del catolicismo social en Francia, hace unos años beatificado por Juan Pablo II.

Quizás el hecho de saber que había existido un laico casado, activo en su profesión y en la política animó e inspiró a mi padre en la esperanza de que se podía vivir como cristiano comprometido con sus tareas profesionales y con la realidad social de su lugar y tiempo. Para él fue “el personaje de su vida”: tradujo su biografía y hablaba de él con tal entusiasmo que nos invitaba a querer saber más, a poderlo conocer también. Al menos ese fue mi caso: cuando, ya muy mayor, tuve oportunidad de ir a estudiar Teología a Francia, me di cuenta que yo también quería andar tras los pasos de Ozanam.


La vida de Federico Ozanam, a diferencia de la de don Lorenzo, fue muy corta: murió a los 40 años; pero fue muy intensa y fructífera. Mi padre lo describe como “un sabio en el pleno sentido de la palabra. En él la avidez del saber era indisociable a la voluntad de ponerlo al servicio de la verdad cristiana y de mostrar por sus trabajos y en su enseñanza universitaria la alianza natural entre la fe y la ciencia”.[1]


Para Ozanam, las Conferencias de San Vicente de Paul fueron la obra más importante de su vida. Tenía 20 años cuando decidió organizar con unos amigos unas conferencias de historia para defender en el mundo universitario la influencia de la Iglesia católica en la cultura europea. Pero un joven socialista le hizo ver cómo la Iglesia había descuidado a los pobres de aquel tiempo. Es así como Ozanam y sus amigos dan el paso, de una posición defensiva de la fe a la acción social. Años después escribió: Sentíamos la necesidad de mantener nuestra fe en medio de los asedios que procedían de diversas teorías de profetas falsos. Y nos dijimos: trabajemos; hagamos algo que dé fortaleza a nuestra fe. (…) Socorramos, pues, a nuestro prójimo como lo hacía Jesucristo. (…) La bendición de los pobres es la bendición de Dios.[2]

Se dirigía a ellos, como en oración:

Ustedes son la imagen sagrada de Dios a quien no vemos (…) le amaremos en sus personas, no podemos amarle de otra manera, ustedes son nuestros amos, nosotros sus servidores (…) porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice.[3]

Tuvo muy claro que ese servicio no podía quedarse en socorro inmediato: “La caridad es el samaritano que derramó aceite en las heridas del viajero que ha sido atacado. Es el papel de la justicia prevenir el ataque”.[4]


Ozanam pudo ver que se trataba de lo que hoy llamamos ‘causas estructurales de la pobreza’: no se encandiló con los discursos oficiales ni por los medios de opinión que, al igual que hoy, estaban cooptados por las clases pudientes. Así lo explicó en uno de sus escritos —anteriores, por cierto, a los de Marx y Engels—: “la cuestión que hoy agita al mundo no es una cuestión de personas ni de formas políticas, es una cuestión social; es lucha de quienes no tienen nada y de quienes tienen demasiado, es el choque violento de la pobreza y de la opulencia que hace temblar el suelo bajo nuestros pies. El deber de nosotros, los cristianos, es el de interponernos entre esos enemigos irreconciliables y conseguir que reine la igualdad en cuanto sea posible, entre humanos”.[5]


A fines de 1948, Ozanam tomó la opción política, consideró que la democracia, fruto de la revolución del 48, era anuncio de tiempos mejores y debía reconocerse como señal de la providencia de Dios en la historia. Vio que había que dejar atrás estilos tradicionales y acercarse a extraños y alejados. Así sus célebres palabras:

Pasemos a los bárbaros… hagamos como él (Pío IX) que, en lugar de esposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene demasiadas necesidades e insuficientes derechos, que reclama con razón una participación más completa en asuntos públicos.

Vayamos hacia ese pueblo y ayudémosle, no sólo con la limosna que ata al hombre, sino también ayudándoles a crear sus propias instituciones, instituciones que los hagan mejores personas al hacerlas autónomas. Pido que en lugar de desposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo. Es en el pueblo donde veo suficientes restos de fe y de moralidad para salvar una sociedad que las clases altas ya han perdido.[6]


A Federico no le hubieran parecido novedad las ideas del Concilio Vaticano II. Insistió en asegurar la naturaleza plenamente laica, y a la vez plenamente eclesial, de las Conferencias: “Queremos que esta Sociedad (de San Vicente de Paúl) sea plenamente laica sin dejar de ser católica”.


“Fue un católico a favor de la libertad”, escribió sobre él mi padre, “pero amante y fiel a la Iglesia. Consideraba los principios de la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad) como la traducción moderna del espíritu evangélico”.[7] Vivía la fe en las exigencias de la vida cotidiana.


Al igual que Federico Ozanam, Lorenzo Servitje consideró siempre inseparables la verdad y la libertad. Quizás desde entonces fueron gestándose dos de las convicciones de vida que proclamó y atestiguó de muchas maneras: la fidelidad crítica y la conciliación de los opuestos.


Años de trabajo, consolidación empresarial y cuestionamientos


Los años que siguieron a la muerte de su padre fueron difíciles, añoraba la vida religiosa, los estudios. Le asaltaron dudas y crisis de fe. Le apasionaba la filosofía, la historia; buscó la manera de poder seguir aprendiendo. Se inscribió en el Instituto Antonio Caso y siguió cursos de Griego, Francés, Metafísica y Filosofía Crítica. Más tarde, asistió un año de oyente a la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional. Leía con voracidad ensayos de temas diversos: sociales, históricos, políticos, religiosos, novelas, ciencias.


Sin embargo, por algunos años su inteligencia, su sentido del deber y también su amor al trabajo y a las soluciones prácticas, le hicieron dedicarse a la consolidación de la pastelería que era el sostén de su mamá y hermanos y, más tarde —por la época en que se casó—, a crear, junto con un primo y un amigo, el negocio del pan. A diferencia de otros emprendimientos que no les habían dado buenos resultados, éste creció rápido y bien. Pero Lorenzo no sentía estar cumpliendo su misión.


Pocos años después, en 1950, escribió esto en su diario: “tengo la obligación y siento la necesidad de dar mi esfuerzo y compartir mis recursos. No es posible seguir así, el campo de acción es muy vasto. Hemos decidido cooperar en la educación de los niños, ayudar a formar generaciones de mejores hombres. Ése será nuestro campo de acción. Tengo que lanzarme a ello con el ardor de una causa, con los mismos recursos y el mismo entusiasmo mostrado en nuestras empresas”.[8]


Él y sus socios pusieron una primaria y una secundaria cerca de la fábrica —aún están allí— atendiendo a las familias de la colonia. Mi padre estuvo pendiente de ellas casi hasta el fin de su vida.


El encuentro de la doctrina social


En 1954, un empresario italiano le habló de la doctrina social de la Iglesia y del papel que los empresarios debían tomar en la sociedad. Lorenzo ya había leído la encíclica Rerum novarum y algunos otros textos sobre doctrina social; por ello, las palabras del italiano cayeron en terreno fértil. Quedó tan impactado que desde el primer momento buscó la manera de aplicar todo lo que aprendía a su propia empresa. Primero, se incorporó a la Asociación Patronal Guadalupana, después a la Unión de Empresarios Católicos (UDEC).


Cuando esta unión dejó de funcionar, él y algunos de los ex integrantes se unieron a la Unión Social de Empresarios Mexicanos (USEM), dedicada a motivar a empresarios para que, a la luz del pensamiento social cristiano, se comprometieron a generar condiciones justas de trabajo y contribuir así a la sociedad. A los 2 años fue nombrado presidente nacional de la asociación. Siempre dijo que allí encontró a sus mejores amigos. Fue para él una escuela intensiva de aprendizaje que le ayudó a sistematizar sus intuiciones y aplicarlas gracias al respaldo de lo que el grupo sabía o confiaba posible.


En los principios y reflexiones de la doctrina social sus inquietudes y habilidades intelectuales encontraron, al fin, el cauce que esperaban: estudió y escribió un sinfín de artículos, impartió clases y conferencias. El método propio de esta doctrina es expresado como ‘ver, juzgar y actuar’; Lorenzo lo adaptó ligeramente: ver, analizar, juzgar y poner en práctica soluciones concretas.

Los planteamientos del Concilio Vaticano II le entusiasmaron.


A los hijos nos hablaba de la buena noticia que significaba aggiornamiento para la Iglesia: “una revitalización bien fundamentada y sólida que le permitiría implementar las reformas necesarias para ser verdadera misionera de Cristo en los tiempos actuales”.[9] Estos planteamientos acentuaron su preocupación social: la opción preferencial por las personas en pobreza. Se sintió llevado a buscar cambios relevantes, tanto en su vida personal, como en la empresa.


Enseñanzas del padre Pedro Velázquez


En esta época, se encontraba el padre Pedro Velázquez, el alma del Secretariado Social Mexicano, asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC) y de varias agrupaciones cristianas, fundador de las cajas populares, subsecretario de Acción Social del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y presidente de la Conferencia Interamericana de Acción Social Católica. Fue quien inspiró, y en gran parte redactó, los documentos de Justicia y Paz de la II Conferencia, efectuada en Medellín en 1968.


Mi padre regalaba “a quien se dejara” su libro de mayor aliento: Dimensión social de la caridad, una visión de conjunto respecto a la justicia que describe el alcance de la pastoral social y su sentido de la realidad. Si Ozanam fue su modelo de fe y esperanza, el padre Velázquez fue su maestro en las formas como podía realizarse la caridad. También considero esencial hablar sobre él, pues fue muy significativo en la comprensión que Lorenzo llegó a tener de la dimensión social de la fe.


Fue ordenado sacerdote a los veinticinco años de edad, a los veintisiete recibió el doctorado en Teología, magna cum laude, en la Universidad Gregoriana. Pero lo que él más deseaba, era “capacitarse para un apostolado en plena masa trabajadora”. Lo hizo con el “cardenal de los obreros”, Joseph Cardijn, colaboró toda su vida con su obra, la JOC. Con fray Louis-Joseph Lebret, OP, eminente sociólogo y economista, inspirador de la encíclica Populorum progressio, estudió disciplinas sociales en el centro Economía y Humanismo de Lyon, Francia.


La fuerza de sus convicciones le habían ganado antipatías con algunos superiores, fue perseguido e incluso obligado a desterrarse. Estuvo a punto de no poder asistir a la Conferencia de Medellín, pues el delegado apostólico, Guido del Mestri, por malos informes había vetado su asistencia. Pero los dirigentes del CELAM, al ver que los obispos mexicanos llegaban a la Conferencia sin la compañía del padre Pedro, hablaron por teléfono para reclamar su presencia.


Como sociólogo y pensador, su especialidad fue la doctrina social de la Iglesia; decía que la Iglesia faltaría a su misión si pasara por alto el problema social: “Un cristiano no puede dejar de pensar en el problema social de nuestra época, que es el subdesarrollo que afecta a las dos terceras partes de la humanidad”. Y lo más lacerante era contemplarla “frente al mundo del despilfarro”. Afirmaba que para acabar con la miseria se requería una decidida acción política orientada a la justicia: “porque hay algo más y mejor que curar el mal: prevenirlo; mejor que ayudar a levantarse al que ha caído es impedir su caída”.[10]


Era autocrítico consigo y los demás miembros del clero: “… hemos dado demasiado poco. El verdadero discípulo de Cristo, el verdadero servidor de Dios no es aquel que se gloria de su fidelidad a los ritos del culto, sino aquel que está dispuesto a servir y ayudar a sus hermanos que sufren y yerran (...). Por encima del culto litúrgico, de nuestras peregrinaciones, del esplendor del adorno artístico, está la caridad”.[11]


Al igual que Lorenzo Servitje y Federico Ozanam, recelaba de las soluciones políticas simples y totalizantes:

La división entre los hombres no es sólo aquella que brota de dos concepciones sobre los medios de producción, de los métodos del imperialismo, ni de las clases sociales, más o menos en estado de conflicto, ni la de los países ‘desarrollados’ o ‘subdesarrollados’ o ‘no desarrollados’. El mal profundo, el principio de disensión, es la falta de amor, que no puede darse porque falta la Verdad y la Justicia.[12]


Su gran preocupación era convencerse y convencer de la posibilidad real de esa fraternidad. Interpelaba a los empresarios: “¿Qué importa pagar poco y vender caro?, ¿qué importa que, con el grande infortunio, se construyan las grandes fortunas? Esa manera de proceder, aunque lleve cruces y medallas en el pecho y comuniones por dentro, se llama paganismo puro y los que así proceden no deberían llamarse cristianos”. [13]


Mas no les cerraba la puerta: “Pero se puede dar, a Dios gracias, la manera cristiana de trabajar, la del hombre que piensa también en los demás. En la manera de llevar sus negocios no pierde de vista que forma parte de una gran familia donde todos somos hermanos. Trata de mantenerse dentro de los límites de lo justo, no olvida que, como productor, comerciante o profesionista es un servidor de la sociedad. Lejos de utilizar su situación egoístamente en su provecho, se preocupa por ser útil y en todas sus empresas no pierde de vista el bien general. ¡El que así procede, aunque se diga incrédulo, aunque no lleve medallas ni comulgue, está penetrado del verdadero espíritu del Evangelio!”.[14]


Fue la insistencia de Pedro Velázquez en señalar la situación del campo como el problema más grave que sufría nuestro país, la que llevó a Lorenzo Servitje a organizar, de nuevo con un grupo de amigos, diversas iniciativas de apoyos, especialmente en alternativas de ahorro y crédito para el campo. De allí surgió la Fundación Mexicana para el Desarrollo Rural —que también sigue funcionando hoy— apoyando proyectos productivos con crédito y capacitación.


Búsquedas, cuestionamientos y acciones


Así avanzaba la visión y las convicciones de mi padre. La poco frecuente combinación de una inteligencia clara para el estudio con la habilidad y el hábito de buscar siempre alternativas prácticas, le hacía ir y venir del mundo de las ideas al mundo del trabajo. De la fe que ora y siente, al amor que se expresa y ayuda. Su inclinación natural a las relaciones personales y sus habilidades de líder, le facilitaban formar equipos. Nada, o casi nada, emprendía él solo.

Pero sí vivía cierta soledad al expresar algunas de las convicciones a las que llegaba después de sus lecturas y reflexiones. Algunos de los temas más difíciles fueron: la situación del trabajador y la conveniencia de su participación como socio de su empresa; el cumplimiento cabal de la fiscalidad justa, la moderación en las utilidades. Intentaba hacerse entender en sus artículos:

Sobre la condición obrera


De la situación del trabajador, en un texto que data de 1974, nos presenta la experiencia de Jean Girette, ex director de empresa francés que decidió trabajar como obrero siete años para compartir plenamente el modo de vivir de los hombres que había conocido solamente como patrón y describe las quejas de los trabajadores:

  • Por el trabajo en serie, rutinario y exigente.

  • Por no ver sus ingresos aumentados en relación con su productividad.

  • Por no poder usar su iniciativa inteligente.

  • Por la falta de respeto y visibilidad.

  • Por iniciativas teñidas de paternalismo.

  • Y relata el escándalo de los trabajadores:

  • Por encubrimiento, entre patrones, de abusos conocidos que dejan subsistir.

  • Por patrones que prefieren pagar multas que cumplir los requisitos de la ley.

  • Por trabajos que minan la salud y no se interviene para mejorarlos.

  • Por la existencia de tantas miserias al lado de tanto lujo.

Subraya que los trabajadores estaban convencidos que quienes hacen marchar la maquinaria socioeconómica, saben y pueden hacerla marchar en el sentido que les conviene y que “si quisieran, podrían manejarla de otra manera, en beneficio de todos”.[15]


En otro escrito de 1976, habla sobre la remuneración del trabajo y del capital:

El cómo deben distribuirse los frutos de la producción entre los factores que han contribuido a ella es una cuestión fundamental. En un régimen de libertad económica, la remuneración del trabajo y del capital se rige por la ley de la oferta y la demanda, pero muchas veces esto se ve distorsionado por presiones de poder tanto de empresas como de sindicatos. La remuneración del trabajo y del capital no se puede regir solamente por la justicia conmutativa: debe intervenir la justicia social y todo ello implica no sólo un cambio de mentalidad de empresarios y trabajadores, sino también en la estructura social y económica.[16]


Y en varios textos, como en éste de 1972, plantea el accionariado obrero: “la difusión de la propiedad entre los trabajadores es, sin duda alguna, un camino de solución y, a mi juicio, hay que seguirlo empeñosamente”.[17]


Sobre la cuestión fiscal

En el mismo, aborda el tema del impuesto: “Llevar a cabo una política tributaria que, por una parte, tenga más en cuenta su finalidad redistributiva y que, por la otra, asegure un mayor cumplimiento de los causantes, evitando la evasión fiscal”.[18]


Sobre el destino social de las utilidades

En mayo del ‘88 escribió: “Es indispensable que nosotros, los empresarios, reflexionemos sobre la empresa y sobre nuestra empresa. Necesitamos comprender que nuestra necesidad de obtener utilidad está indisolublemente ligada a la prestación de un servicio a la sociedad, de tal modo que no podamos decir qué es lo primero. Necesitamos comprender que en la empresa no estamos solos, que no es un medio para nuestro particular enriquecimiento, sino que es todo un grupo humano al que cada uno puede contribuir con lo mejor de sí mismo, si se le dirige apropiadamente. Necesitamos comprender que la empresa nace, crece y se desarrolla en sociedad y que por eso tiene una irrenunciable responsabilidad social. Crear conciencia entre el empresariado de este punto fundamental”.[19]


Decía que, por esto, algunos colegas le tachaban, con cierta irritación, de ‘socializante’, otros de optimista. Él decía que se trataba, simplemente, de reconocer y valorar la función social de la empresa. Por otro lado, algunos periodistas y académicos críticos le acusaban de querer defender a la empresa y al empresariado. Transcribo la respuesta que, a los 90 años, dio a su entrevistadora:

Me opuse y me opongo a quienes sostienen que la única responsabilidad de la empresa es producir y generar utilidades. Igualmente, a aquellos socialistas o marxistas que, él en otro polo, sostienen, con un discurso basado en la lucha de clases, que la empresa privada debe desaparecer.


Tengo medio siglo insistiendo en una visión más responsable. Defiendo la empresa y afirmo que tiene una responsabilidad social mucho más amplia que proporcionar bienes y servicios. Su finalidad no puede ser sólo la creación de riqueza para dueños y trabajadores, sino el pleno desarrollo de sus integrantes y promover los valores fundamentales de la sociedad.[20]


Todo esto le hacía ver que había una responsabilidad de conocer y una necesidad de participar en las decisiones políticas. Después de los eventos del ’68, Lorenzo, de nuevo con algunos amigos y algunos intelectuales, fundaron el Instituto Mexicano de Estudios Políticos (IMEP) para estudiar la política mexicana y tener un foro de discusión que les permitiera entender los acontecimientos y sucesos cotidianos. Publicaron un boletín semanal y varios libros.


De la experiencia de IMEP empezó a germinar en mi padre y algunos amigos la inquietud de poderse enfocar más precisamente en la investigación, enseñanza y difusión, tanto de la doctrina, como del pensamiento social cristiano. Las crisis políticas y la desilusión que estaban dejando los sucesivos gobiernos, ponían de manifiesto la necesidad de conciencias más solidarias. Inspirados por el pasaje del libro de los Proverbio que dice “sin visión, el pueblo muere”, quisieron facilitar un espacio de encuentro y formación donde las personas pudieran, no sólo encontrar información, sino encontrarse y formarse mutuamente en las enseñanzas sociales de la Iglesia.


Así nació el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC). Este instituto acaba de cumplir 35 años y está siempre en constante movimiento, poniendo lo mejor de su esfuerzo para ofrecer y recibir todo aquello que, a la luz de la fe, contribuya a generar una sociedad más justa, por medio de una conciencia cada vez más lúcida.

Hasta aquí el recorrido de una persona que quiso llevar la fe a las situaciones concretas que la vida le presentaba.


Su sabiduría en dos máximas


Quisiera sólo mencionar dos ideas, intuiciones o actitudes que acompañaron y fueron creciendo con mi padre a lo largo de su historia. Una la expresó en claros términos intelectuales, la otra fue más bien una intuición, una actitud. Ambas le guiaron y ayudaron a vivir cada momento, cada decisión, cada espera, también las desilusiones y el dolor —el más duro de todos, la muerte inesperada de Carmen, nuestra mamá, su querida esposa.


Como autodidacta que fue y por el ritmo vertiginoso de las decisiones y responsabilidades asumidas, Lorenzo no llevó un registro sistemático de sus lecturas, ni de lo que aprendía. Reflexionaba sobre lo que le hacía sentido y lo iba asimilando a su innata sabiduría y, al ponerlo en juego en la práctica, le iba dando forma y consistencia en sus propios términos.


Así consolidó convicciones de sentido que lo acompañaron el resto de su vida y comunicaba con pasión. Cuando encontraba algo que corroboraba sus intuiciones expresaba una gran alegría y buscaba la manera seguirlo. Cuando manifestaba una idea o principio que pudiera contradecirlo, se detenía, preguntaba, dialogaba. Como mencioné al inicio, las conversaciones con él eran siempre intensas, de auténtica búsqueda de claridad y significado.


La idea que mejor formuló y más compartió fue la de la conciliación de los opuestos. Coleccionó una larga lista de autores que se aproximaron a lo que él quería expresar. Escribió uno o dos artículos al respecto y estaba, como digo, más que dispuesto a hablar de ello con quienes se lo solicitaran. Consideraba que sus implicaciones en la vida económica, social, cultural y política eran de gran importancia.


“Examinando las ideas —dice él en uno de sus artículos— se llega a observar que existen conceptos que son aparentemente opuestos, o polos de una misma realidad. Pensemos en libertad-orden, persona-sociedad, reflexión-acción, unidad-diversidad, razón-emoción, sencillez-complejidad, igualdad-desigualdad”.[21] Estos problemas, decía, son los que constituyen el material real de la vida. La solución no corresponde siempre a una síntesis que implique la negación de una de las tesis. Este tipo de opuestos no se niegan, más bien conviven en una realidad vital difícil de definir. Se caracteriza por una tensión permanente y gran variedad de grados de equilibrio o integración.


Su colección abarca desde los griegos, con Heráclito, hasta autores recientes. Algunos lo expresaron en términos de “trascendencia de la dicotomía por medio de la sinergia”, otros como “unión en una síntesis más alta que no destruye a ninguno de los dos”,[22] pues las dos fases de antinomia son aspectos de una misma realidad. Quizás el más claro pueda ser el que se presenta como la diferencia entre problemas convergentes —que tienen una solución lógica— y problemas divergentes —que no pueden resolverse mediante el razonamiento lógico, sino que deben ‘vivirse’, pues no son cuestión de ‘resolución’—. Frente a esas situaciones, lo único que se puede hacer es centrarse en lo más humano de sí mismo, sumergirse en la propia humanidad y actuar con la intuición iluminada de la conciencia amorosa. Lo divergente obliga a la persona a entrar en una tensión que le hace buscar fuerzas en otros niveles. Piden el compromiso de toda su personalidad. Algo similar he encontrado, recientemente, en la teología del pueblo, una de las fuentes de formación del Papa Francisco. Sé que a mi padre le hubiera gustado saberlo.


Este compromiso de la persona nos lleva a la otra convicción sentida, vivida en actitudes, mas no cabalmente expresada: la fidelidad crítica o creadora, como la veía Gabriel Marcel, de quien hablábamos con frecuencia. Este filósofo planteaba claramente la diferencia de situarse ante un problema o ante un misterio. Al primero se le buscan soluciones, al misterio sólo se le puede responder con la presencia porque es como una invitación, una llamada a acceder a un plano que nos solicita y trasciende.


Yo encuentro que es justamente en este punto donde se juega, de manera crucial, el tema que nos ocupa: la dimensión social de la fe en Lorenzo Servitje. Mi padre vivió su fe como un misterio, entregando la vida en su presencia. Su vida y su fe le llevaron siempre a las personas y a sus sufrimientos, a la sociedad y sus grandes desgarros. Él con su gran determinación y voluntad quiso atenderlo como problema, pero cada encuentro le fue descubriendo su propio misterio y él le regaló su presencia.


Para terminar, sólo quiero pedirles en este cumpleaños 100 de don Lorenzo, un regalo para él de parte de todas y todos ustedes: a medida que envejecía, mi padre fue soltando gradualmente cada una de sus tareas y responsabilidades. Sin lamentarse comprendía y aceptaba que las dejaba truncas, imperfectas. En la paz de este desasimiento yo leí su confianza, confianza en la desconocida presencia de Dios que le esperaba, confianza en nosotras y nosotros, las generaciones que le seguíamos, confianza que algo haríamos con todo eso que iba dejando. El vio, y así lo vivió claramente, que nunca fueron creaciones solamente suyas, eran de muchos y muchas.


Su regalo será que podamos, a nuestra manera, ser partícipes de su esperanza activa: retomar alguno de esos hilos que quedaron sueltos y rehacer con ellos nuevos trazos de un tapiz tan inmenso como la Creación, tan bello como el mundo que él insistió que sí podía, algún día, llegar a ser posible.


*Presidenta de IMDOSOC.

[1] La cuestión social, año 25, n. 1, p. 169.

[2]Correspondencia particular, Jaime Corera, C.M. julio 1853, http://vincentians.com/es/federico-ozanam-precursor-de-la-doctrina-social-de-la-iglesia/ 03/02/2015. Consultada: nov. 2018.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] La cuestión social, Año 25, n.1, p. 170.

[8] Lorenzo Servitje, Diario personal, Promanuscrito.

[9] Citado en Silvia Cherem, Al grano, Vida y visión de los fundadores de Bimbo, Khálida ed., México, 2008, p. 108.

[10] Pbro. Pedro Velázquez H., Dimensión social de la caridad, Ceps, 1984. p. 40.

[11] Ídem, pp. 21-22.

[12] Ídem, p. 8.

[13] Ídem, p. 25.

[14] Ídem, p. 25-26.

[15] Usem, p. 46.

[16] Íd., p. 62.

[17] Usem, p. 34.

[18] Usem, p. 35.

[19] Usem, p. 35.

[20] Citado en Silvia Cherem, Al grano… p. 106.

[21] La cuestión social, Año 25, n. 1, 2017, p. 37.

[22] Ídem, pp. 37-38.

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