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La necesidad de un preámbulo: la importancia de la filosofía para la doctrina social de la Iglesia


Entre los críticos y defensores de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) parece no haber similitud alguna, pero, en realidad, comparten una misma convicción: creer haber entendido bien lo que se ha afirmado.


En realidad, muchas de las objeciones y defensas de la DSI, particularmente sobre la filosofía política católica (“el mercado”, “los derechos”, “la justicia” o “la libertad”) no llegan nunca al fondo del asunto, por así decirlo. Las palabras parecen engañar a defensores y agresores por igual. “Natural”, por ejemplo, se ha prestado a interpretaciones ridículas que descarrilan irremediablemente en una conversación de pocas frases. ¿Se puede decir que, en tanto hay una “tasa natural de desempleo” (o del suicidio, siguiendo a Durkheim), la filosofía política católica debe considerarlos buenos? O puesto que el canibalismo es común entre numerosas especies, ¿la doctrina cae en contradicción al condenar tales actos como contra naturam? Aquellos que conozcan la filosofía de los Doctores de la Iglesia o de los platónicos y peripatéticos reconocerán inmediatamente los errores que presuponen tales preguntas.


Basta decir por ahora que, en el sentido más estricto del término, se trata de equivocaciones: tomar una misma palabra para conceptos diferentes.[1] Esto no es vicio exclusivo de las controversias “vulgares”, se trata de algo común que debilita a críticos y apologetas. Sólo el optimismo más ingenuo creería que el estudio y la práctica de la DSI puede resultar bien sin deshacerse de aquellas equivocaciones, es decir, sin que se entienda lo que se dice. Sin ello, la explicación y la crítica se pueden volver caricaturescas y la práctica confusa, fácilmente manipulable y miope.


Es bien sabido que la DSI se formuló con ayuda de los argumentos de los grandes santos filósofos. No en vano son constantes las referencias al “fin natural y sobrenatural del hombre” y al “bien común”. Por ello, no se puede evitar pervertir la doctrina si no se entienden esas nociones. No se trata de conceptos exclusivos de la filosofía política católica, sino que pertenecen a lo que, todavía hace un siglo, se llamaba comúnmente razón natural. La incomprensión de críticos y apologetas tiene allí su origen: en el paso previo a la DSI que no destruye, sino perfecciona la filosofía política natural. No es posible siquiera enunciar la doctrina sin los firmes fundamentos que hoy parecen más bien agrietados. A grandes rasgos, dos parecen ser las causas de este problema:


  1. Los esfuerzos, mejor o peor intencionados, para “actualizar” la doctrina –o, cuando se reconoce el absurdo que esto implicaría, “actualizar” su lenguaje—, tomando sin cuidado términos y argumentos de los más diversos linajes. Ningún concepto es completamente inocente, pues todos tienen presuposiciones teológicas y políticas que no se deben ignorar. Adoptar términos y significados superficialmente compatibles con la doctrina puede llevar al absurdo.

  2. La (ilusa) pretensión del progreso científico y de la filosofía profesional contemporánea de creer haber superado indisputablemente los argumentos “tradicionales” de la filosofía de la Iglesia. Vale la pena mencionar que este punto ha motivado buena parte de los errores que causa el primero. Pues, ante la “amenaza del progreso”, se opta por reformular y adoptar apresuradamente argumentos y conceptos “nuevos”.

A pesar de sonar extraño, para evitar dichos problemas, es necesario formular y defender una filosofía política pre católica (o, si se prefiere, una pre filosofía política católica). Pues hoy somos como aquellos que creen conocer bien una lengua sólo porque ciertas palabras se parecen a otras que conocen. En suma, cualquiera que busque entender, criticar o practicar la DSI debe conocer las premisas e implicaciones filosóficas de sus conceptos fundamentales: la naturaleza, el bien común, el hombre, la historia, la unidad política, la virtud, etc. Sin esto, cualquier paso hacia la explicación, crítica o práctica se habrá tomado en falso y el fracaso estará asegurado desde el inicio.


José Pablo Correa Rosell

Estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México, generación 2016-2020. Su tema de interés es la teoría política y actualmente investiga la influencia de Carl Schmitt y Hans Kelsen en el pensamiento sobre lo político de Hans Morgenthau, bajo la dirección del Dr. Francisco Gil Villegas Montiel.


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[1] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica,. Q. XIII, art. 5.

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