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La tradición olvidada

Por Alejandro Aguilar



"Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros".

Jean-Paul Sartre


El pensamiento político moderno se encuentra, en buena medida, en una encrucijada intelectual. Aún muchas de las propuestas de izquierda conciben que la transformación de la realidad es una operación que se realiza únicamente desde el exterior, de la que pueden esperar pasivamente su adviento. En sus diferentes versiones, el mundo es un espacio que ha de ser remodelado sin necesidad de cambiar nosotros mismos. En algunas versiones tecnocráticas, la pobreza y la desigualdad sólo se soluciona generando más riqueza mediante mecanismos cada vez más arriesgados, como el auge de las criptomonedas que ha puesto el mundo de cabeza. Para la catástrofe climática que se avecina soñamos con inventos revolucionarios y viajes espaciales. Los problemas de inseguridad y crimen se solucionarán con sistemas cada vez más avanzados de vigilancia y castigo. Las limitaciones de nuestro ser humano -nuestra “naturaleza” dirían algunos- serán sobrepasadas por los últimos avances de la genética y las biotecnologías.


Todos esos acontecimientos y muchos otros podrán suceder en un futuro cada vez menos lejano, algunos probablemente ya estén en marcha en algún oscuro laboratorio en el círculo polar y hayan sido aprobados en las más altas cumbres políticas internacionales. No quiero suponer a priori que todo avance tecnocientífico sea adverso, ni siquiera superfluo. Los avances en múltiples ámbitos han servido para mejorar la calidad de vida de las personas en múltiples dimensiones. Lo que me preocupa es que, cada vez menos, entendemos el papel que debemos jugar en la construcción de un mundo mejor. Cuando todas las soluciones nos son dadas desde el exterior, perdemos de vista el objeto reflexivo de nuestra existencia: volvernos mejores personas.


También hay fantasías de una suerte cuasi religiosa, en donde la fe en un sujeto redentor llega a solventar las dificultades. Las crisis políticas, el más claro ejemplo contemporáneo, suelen venir acompañadas de caudillos carismáticos que tienen una respuesta fácil y sin esfuerzo (aunque también hay una vertiente burocrática de antídoto). La idiosincrasia de la farándula viene a llenar el mismo espacio en una serie de ámbitos diversos que van más allá de la política, por lo cual no ha de extrañarnos cuando los mismos personajes salgan del escenario para buscar escaños de gobierno.


Las propias congregaciones de fe suelen presentar rasgos similares, limitando el potencial liberador de la religión y la espiritualidad crítica y reflexiva, cuando se reduce su práctica al providencialismo. En la vasta historia del pensamiento hay una tradición olvidada que promueve una vía diferente: la construcción de un mundo mejor es un trabajo constante que se ejerce desde la persona hacia el exterior, en lugar de esperar que el cambio nos sea dado por un ingenio técnico o una voluntad superior. No se trata de un ingenuo discurso “echeleganista” que pretende mantener toda esperanza de mejora en el individuo aislado que -según se cuenta en los manuales de autoayuda- todo lo puede. Las condiciones exteriores importan, pero sobre todo lo que hacemos por transformarlas en beneficio común.



La tradición olvidada es una tradición política fuertemente embebida del espíritu religioso. A diferencia de las concepciones modernas de la política que la pretenden separada de la ética, ésta promueve una ética que se desprende hacia el mundo y hacia el prójimo a sabiendas de que la justicia social se construye colectivamente. En los espacios de iglesia aún pervive dicha forma de entenderse en el mundo, soterrada a veces por el dogma y las burocracias. ¿Será posible que, en pleno siglo XXI, podamos desenterrarla?

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