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La tradición olvidada

Por Alejandro Aguilar


No es extraño escuchar hoy en día preguntas ingenuas sobre la naturaleza de la fe. En la sociedad en que vivimos, en proceso de aparentemente secularizarse, profesar una creencia se vuelve casi un estigma en ciertos círculos. Para algunas personas, la religión ha servido para defender los intereses de quienes más tienen en detrimento de minorías. Incluso, hay quienes afirman que toda confesión religiosa es un obstáculo pata el avance y una atadura a un pasado lejano.

Lo anterior, como en cualquier otro aspecto, se trata de una cuestión de matices. En ocasiones, sin lugar a dudas, el discurso religioso ha sido una bandera para la opresión. Los ejemplos sobran, pero no es mi intención repasarlos a detalle –ya habrá algún dotado orador que se encargue de recordarlos­–. No obstante, el discurso religioso también ha sido una fuente de inspiración para la emancipación y la justicia social. Esta es una larga tradición que muchas veces ha sido olvidada por propios y extraños.


En la construcción de esta “tradición olvidada” han sido fundamentales dos grupos de actores. Están, por un lado, los teólogos, filósofos o académicos que han dedicado su obra a construir una reflexión sobre el carácter emancipador del discurso religioso. Por otro lado, han sido fundamentales las interpretaciones “situadas” o “contextuales” en conexión con su realidad, donde las lecturas comunitarias de la Biblia juegan un papel destacado.


Tatic Samuel de Vlady Rusakov

En este sentido, el retrato que presenta John Womack Jr. en su texto “Chiapas, el obispo de San Cristóbal y la revuelta zapatista”[1] ilustra la potencia de la homilética radical[2] en el ámbito mexicano. Samuel Ruiz, el célebre obispo de San Cristóbal, llegó a la ciudad real a descubrir las “venas abiertas” del sureste mexicano. En sus inicios en la diócesis, el obispo reconoció ser ingenuo y presuntuoso. Vestía su lujoso ornamental mientras se paseaba entre los desnudos. Frente a tantas penurias pasando por su mirada, terminaría por abrir los ojos.

La interpretación del Éxodo brindó a las comunidades una imagen mediante la cual movilizar el imaginario que tenían en común, su filiación cristiana, en una dirección redentora. Los mismos pesares que los judíos vivieron en Egipto, alienados de su tierra, ellos lo vivían en la región. Primero relegados a las zonas montañosas por la conquista, despojados y masacrados al grado que una leyenda local narra como los últimos, antes de caer en las garras de los recién llegados, prefirieron aventarse del Cañón del Sumidero. Posteriormente, cuando los establecidos colonos quisieron emprender grandes plantaciones agrícolas (cacao y café principalmente) en las zonas planas cercanas a la costa, se llevaron la sorpresa de no poder echar mano de la fuerza de trabajo indígena que ellos mismos habían desterrado.


Ahí comenzó la segunda etapa del suplicio. Mediante tretas, tratos engañosos y uso de violencia, las plantaciones organizaron una migración pendular (de ida y vuelta) en la que llevaban a los pobladores de los altos a cosechar y les desechaban cuando ya no requerían sus servicios. Las condiciones eran tan duras, que muchos de ellos no soportaban el viaje de ida. Los que sí eran tratados como esclavos, trabajando de sol a sol, durmiendo hacinados y perpetuamente endeudados por las tiendas de raya. A su regreso, al final de la temporada de cosecha, los jornaleros volvían tan endeudados con su patrón que esté solía hacerlos buscar –perseguirlos— el año siguiente para volver a explotarlos, perpetuando su condición de esclavitud.[3]


Así, a la luz de los “signos de los tiempos”, el Éxodo del pueblo judío por escapar de la tiranía de los egipcios era asimilable a la búsqueda de libertad que Samuel Ruiz pudo reconocer en su feligresía. Se cuenta que un punto de inflexión del obispo fue la interrogación que le hicieron comisarios indígenas en 1968 cuando, frente a su sorpresa, le cuestionaron con franqueza: “¿Sabe su Dios cómo salvar cuerpos o sólo le importa salvar almas?”.[4] Revelándole que una religión que no pudiera salvar sus cuerpos no les significaba una ayuda. Entonces, el obispo cayó en la cuenta de la necesidad de buscar la justicia que, como bien señalaron los obispos en Medellín, debe ser reflejo de la obra divina como una acción de liberación integral y de promoción del ser humano en toda su dimensión, con el amor como único móvil.[5]


 

[1] John Womack Jr., “Chiapas, El Obispo de San Cristóbla y La Revuelta Zapatista,” in Rebelión En Chiapas. Una Antología Histórica, ed. John Womack Jr. (México: Debate, 2009), 27–109. [2] La homilética radical o crítica “es una disciplina muy olvidada en nuestros días. La homilética es el arte de conectar un texto de la Biblia con las realidades de la vida cotidiana, moviéndose de las intricaciones del análisis textual a la aplicación a la vida”. Roland Boer, Criticism of Theology. On Marxism and Theology III (Leiden: Brill, 2010), 272. [3] Los textos de Armando Bartra son esenciales para comprender este fenómeno: Armando Bartra, “Origen y Claves Del Sistema Finquero Del Soconusco,” Revista Chiapas 1 (1995): 29–51, https://chiapas.iiec.unam.mx/No1/ch1bartra.html; Armando Bartra, Rosario Cobo, and Lorena Paz Paredes, La Hora Del Café. Dos Siglos a Muchas Voces (México: Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, 2011). [4] Cfr. Vargas, C., “Don Samuel Ruiz García: Ausencia de las cañadas y los Montes Azules. Labor cultural y evangelizadora en la diversidad y el desarrollo humano.” HumanarEs 2 (8), 2011, pp. 16-18. [5] Cfr. Documentos finales de Medellín, I. Justicia, II. Fundamentación doctrinal, 4.

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1 Comment


Ivan Sala
Ivan Sala
Sep 29, 2023

Excelente reflexión, como bien dices, cuántos son los ejemplos de religiosos (y también laicos) que por medio del discurso religioso logran cambiar las condiciones de una comunidad en pro de la justicia y de la igualdad, ¡gracias por compartir!

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