• Alejandro Aguilar

Laudato Si’ en el jardín


El escenario era perfecto. Me encontraba en el jardín, de visita a casa de mis padres, releyendo Laudato Si’. Sentado, en la calma del hogar, tuve algo parecido a una epifanía. A lo largo de los años, con frecuencia había reprochado -para mis adentros y en voz alta- el descuido al que había sido abandonado el traspatio. El pasto mal cortado, las hierbas y la maleza creciendo libres en algunos rincones, el breve camino que lo atraviesa perdiéndose entre lo verde y miles de etcéteras…


En el fondo, mi contrariedad se basaba en prejuicios no reconocidos (podríamos llamarles “ideológicos”) sobre una “estética aristocrática del jardín”. ¿Por qué llamarle así? En un muy interesante pasaje de un libro reciente, un historiador de fama mundial realiza una breve historia del jardín. La estética del jardín no siempre ha sido la que conocemos en la actualidad. Como muchos aspectos de nuestro estilo de vida, cuidar del jardín es un hábito de reciente adquisición en la historia de la humanidad. En sus inicios, en la Edad Media tardía, los aristócratas demostraban su poderío económico y político a través de sus palaciegas residencias y, claro está, exuberantes jardines. Cuidar el césped era una actividad que requería mucho esmero y por lo tanto costosa; era signo de distinción social. Con el paso de los siglos la naciente clase burguesa remplazó a la rancia aristocracia pero conservó los jardines (cuando podía costearlo). Ulteriormente, con la invención de máquinas eficaces -cortacéspedes y aspersores- y otras estratagemas para el cuidado -fertilizantes, por ejemplo- los prados se democratizaron. Cualquier pequeño propietario podía aspirar a cierta distinción social a través de un pasto bien podado[1].


Esta breve narración no es casual. A través de la historia del jardín se trasluce la relación del ser humano con la naturaleza. Mientras que en sus albores, el jardín tenía un estatus casi similar al del arte, un signo de distinción o una marca de clase, con el paso de los años el jardín se puso a la altura de los tiempos cambiantes. La modernización del jardín sirve de ilustración del proceso más general de modernización de la naturaleza. No es de extrañarnos. En términos más generales, no hay actividad de la vida humana que no se haya sometida al impulso racionalizador y calculador del capitalismo moderno. El mismo espíritu que transformó los pequeños talleres de artesanos en grandes fábricas fordistas cambió los predios agrestes en acogedores vergeles.


En resumen, la historia de los jardines sirve como hilo del relato de la progreso occidental y encubre una visión capitalista de la relación de dominación del ser humano sobre la naturaleza. El discurso del desarrollo, incluso en sus versiones más humanistas, no reniega de esta premisa: el mundo es el jardín inmenso del ser humano puesto a su disposición, aun cuando se le utilice para los fines más elevados de combatir el hambre y la pobreza. Desafortunadamente, por más grande que sea, el jardín es finito y hemos estado viviendo por encima de sus posibilidades.


La biocapacidad de la tierra ha sido superada desde principios de la década de los setentas y, para el contexto actual, lo consumimos a un ritmo muy superior a su capacidad de sostenerse. Aun en el contexto tan apremiante de agotamiento de nuestra casa común, sorprende que la situación no es tratada todavía con carácter de urgencia. El mundo se acaba y la humanidad se ha sentado a contemplar un problema que -pareciera- se escapa de sus manos.


Es en este punto donde Laudato si’ resulta especialmente refrescante frente al discurso tradicional del desarrollo. El texto encuentra su fundamento en una visión alternativa de la naturaleza. Retomando la metáfora, Francisco de Asis -nos recuerda el otro Francisco en la carta encíclica- pedía que se dejara un pedazo del huerto sin cultivar, en el que las hierbas silvestres pudieran crecer libremente pues ellas también tienen derecho en el mundo[1]. San Francisco representa “una renuncia a convertir la realidad en un mero objeto de uso y de dominio”[2] pues “el mundo es algo más que un problema a resolverse, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza”[3]. La propuesta de Francisco, dicho breve pero contundente, es desacralizar el capitalismo para re-encantar el mundo. Así, llama a examen crítico los pequeños habitus que van del pequeño jardín a los grandes gestos del Estado-Nación. El cambio necesitado, en el fondo, es cultural.


Lo anterior ya constituye un desafío al discurso hegemónico del desarrollo, que siguiendo a Sachs podemos diseccionar en 3 grandes giros[4]. En primer lugar, el rechazo a la idea crono-política del desarrollo tradicional que planteaba que el camino de la humanidad tenía una direccionalidad en el tiempo, de sociedades primitivas a sociedades “desarrolladas”, donde las últimas era el horizonte deseable de las primeras. En Laudato si’ el desarrollo ya no tiene una dirección necesaria y experiencias antes consideradas arcaicas o desviadas del pathos capitalista son revalorizadas[5]. En segundo lugar, la subversión del discurso geopolítico, donde los países pueden ser divididos y clasificados según su grado de desarrollo. Si bien, Francisco tiene una concesión a este discurso cuando distingue a los países pobres[6] y la necesidad de asistencia a que deberían de ser sujetos, en términos generales remarca la globalidad del problema desde el subtítulo mismo: “Sobre el cuidado de la casa común”. En tercer lugar, la negación de los presupuestos civilizacionales que presuponen que el desarrollo tiene que entenderse, única y exclusivamente, como crecimiento económico.


Estos tres factores plantean una disyuntiva notable entre Laudato Si’ y el discurso mainstream sobre el desarrollo. Analizada en comparación con la Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las diferencias son notables: mientras que esta pretende ofrecer una visión de capitalismo reformado o amable con el medio ambiente, la encíclica llama a construir un horizonte futuro en los márgenes de la organización capitalista a través de una revolución de las conciencias.



Por último, el lector exigente podrá preguntarse ¿cómo “aterriza” la propuesta de Francisco en un proyecto político concreto? Se trasluce a plena vista que la encíclica no es un manual de políticas públicas ni un recetario puesto para su implementación. Constituye, en cambio, una serie de fundamentos éticos, teológicos y filosóficos para construir una sociedad más justa con la humanidad y el entorno que esta habita. Sin embargo, hay en la encíclica espacio para propuestas concretas. La más interesante y radical es, sin duda, “aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo y aportar recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes”[7].


Tras esas líneas no queda lugar a dudas. Francisco recomienda el decrecimiento como una forma de liberar “espacio ecológico” para los países de bajos niveles de renta donde el desarrollo es un imperativo acuciante. El decrecimiento consiste en un modelo alternativo al desarrollo en el que las “sociedades usarán menos recursos naturales y organizarán la vida de forma diferente”[8] consiguiendo así una “equitativa reducción de la producción”[9]. Mientras los detractores del decrecimiento argumentan que se trata de una propuesta utópica sin referentes claros, sus proponentes lo consideran la última posibilidad de lograr la distribución equitativa del bienestar en compromiso con las preocupaciones ecologistas.


Como personas de juicio haremos bien en preguntarnos: ¿es el cambio cultural que propone Francisco suficiente para mantener -nuestro jardín común- el planeta Tierra habitable? Esperemos que sí. ¿Cómo puede aterrizar la encíclica en prácticas concretas y experiencias exitosas? Está por verse…


Alejandro Aguilar Nava

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Fuentes consultadas


Francisco. Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común. México: Buena Prensa, 2015.

Harari, Yuval Noah. Homo Deus. Breve historia del mañana. México: Debate, 2016.

Kallis, Giorgio, Federico Demaria, y Giacomo D’Alisa. “Introduction: degrowth”. En Degrowth. A vocabulary for a new era, editado por Giacomo D’Alisa, Federico Demaria, y Giorgio Kallis, 2020. New York: Routledge, 2015.

Sachs, Wolfgang. “The Sustainable Development Goals and Laudato si’: varieties of Post-Development?” Third World Quarterly 38, núm. 12 (2017): 2573–87. https://doi.org/10.1080/01436597.2017.1350822.

[1] Francisco, Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común (México: Buena Prensa, 2015), párr. 12. [2] Laudato Si',n. 11. [3] Laudato Si', n. 12. [4] En lo que sigo de cerca lo argumentado por Wolfgang Sachs, “The Sustainable Development Goals and Laudato si’: varieties of Post-Development?”, Third World Quarterly 38, núm. 12 (2017): 2573–87, https://doi.org/10.1080/01436597.2017.1350822. [5] El fin de la idea del progreso y de los grandes gestos. El ejemplo “desde lo local” de las pequeñas comunidades y cooperativas que se dedican a la generación de energías renovables. Cfr. Laudato Si’, n. 179. [6] Por ejemplo: “Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes” en Laudato Si', n. 172. [7] Laudato Si', n. 193. [8] Giorgio Kallis, Federico Demaria, y Giacomo D’Alisa, “Introduction: degrowth”, en Degrowth. A vocabulary for a new era, ed. Giacomo D’Alisa, Federico Demaria, y Giorgio Kallis (New York: Routledge, 2015), 3. [9] Kallis, Demaria, y D’Alisa, 3.

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