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Mensaje de Navidad 2019



¡Feliz año! Sí, pues para nosotros en la Iglesia, ya empieza el nuevo año. Ya se anuncia Navidad con todos los recuerdos e ilusiones que traen para muchos de nosotros, a pesar de las duras realidades que vivimos. Recuerdo en particular, el gran cuidado e interés que ponía don Lorenzo, mi padre, al escribirnos su mensaje navideño. Es, teniéndolo muy presente, que quiero continuar su tradición.

Nuestro año litúrgico es una secuencia marcada por tres grandes conmemoraciones de la aventura de Dios en medio de nosotros: su Encarnación y nacimiento, su entrega y Resurrección y el envío de su Espíritu como Presencia y transformación a nuestras vidas. Pero no se trata de un proceso cíclico; tiene un sentido del tiempo en clave de historia, con apertura lineal, con un punto de origen y otro de destino y dirección. Es abierto porque está marcado por dos libertades: la de Dios y la del ser humano, llamadas a vivir, crear, a esperar amando. Así es como la historia es proceso de salvación: participar en el amor absoluto y generoso de un Dios que no busca adoración continua, sino que se entrega a la humanidad y la acompaña.

Por eso, nuestras celebraciones invitan a ponernos de pie junto a Dios y mirar con sus ojos el presente, echar a andar senderos de futuro de su mano y con su luz. Es hoy, en esta tierra latinoamericana, en este país secuestrado, que nos preparamos de nuevo para el nacimiento de Jesús entre nosotros. Los relatos de Navidad son religiosos, de la misma forma que la Biblia es religiosa. La vida con el Dios de Israel, el Dios de Jesús, es tanto personal como política. Estos significados pueden ser distinguidos, pero no separados. El acontecimiento del nacimiento de Cristo entre nosotros es una historia profundamente política y personal: nos habla de la luz introducida a nuestra oscuridad, de la plenitud de nuestros anhelos. Es acerca de nosotros, de nuestras esperanzas y miedos; pero es también acerca de un tipo de mundo diferente, de una situación distinta para los pueblos de la Amazonia, para las comunidades desgarradas de nuestro país. El sueño de Dios para nosotros no es sólo la “paz interior”, sino la paz en la Tierra.

Al mirar y reflexionar sobre la Amazonía, en nuestra Iglesia se nos pide poner atención en los grandes grupos humanos que están hoy al límite de la supervivencia, al igual que todo el hábitat que nos sostiene y sustenta. Los atentados contra la naturaleza tienen consecuencias contra la vida de los pueblos. De allí la creciente descomposición social, que en nuestro país ha producido un incremento generalizado de muy diversas violencias. Es a esta condición de nuestra tierra, a este desgarramiento de nuestro país que llega, una vez más, la memoria viva de la Navidad, el deseo insistente de Dios de ser Uno de nosotros. Es en este presente, como hace 2020 años, que Dios viene a encarnarse. ¿Dónde le vamos a encontrar? ¿Cómo le vamos a acoger?

El documento final del Sínodo nos urge a una profunda conversión personal, social y estructural. Nos pide no dejarnos atrapar por quienes, aferrados a sus propias categorías autorreferenciales, se empeñan en decir que no ha tenido sentido. También nos previene de los “profetas de calamidades”, que no sólo se niegan a ver, sino que quieren impedir que nosotros veamos. Nos señala claramente dónde puede estar el origen de ese desencanto: en el deseo de poder y acumulación, en el rechazo a los diferentes, en el hábito de destruir. Y nos comparte la esperanza que se descubre, con sus propias fragilidades, en pueblos y comunidades cuya idea del ‘buen convivir’ expresa la centralidad del carácter relacional trascendente de los seres humanos y de la creación.

Esta conversión personal y comunitaria que nos compromete a relacionarnos armónicamente con la obra creadora de Dios —la “casa común”—, que reconoce la interacción de todo lo creado, que promueve la creación de estructuras en armonía con el cuidado de la creación, es lo que nos pide el misterio de la Encarnación: “dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea” (LS, 217). ¿Cómo deberá ser ese encuentro en este momento de la historia, donde una minoría de la humanidad sigue condenando a una mayoría a una situación de sufrimiento y dolor, probablemente sin precedentes en la historia? ¿Cuáles son las consecuencias?

“Dios se hizo pobre en Navidad”, nos recuerda el Papa Francisco. Encontrarlo significa regresar a la primera Navidad; ver un Dios que nace mísero; un Dios como nosotros: débil, dependiente, impotente, hijo de un ama de casa y de un carpintero de pueblo. Implica encontrarnos un mesías que nace pobre, vive pobre, se rodea de pobres, muere desnudo en una cruz como el peor de los delincuentes y habla de un Dios que hace su Reino en comunidad, fraternidad, igualdad, justicia entre personas pobres.

De manera que la Navidad no es sólo un recuerdo del pasado, sino el proyecto de Dios sobre la humanidad. Recordar y anticipar es una forma de encontrarnos con el Jesús del Evangelio. Es también la forma de ser esa Iglesia en salida que nos señala el Papa, que recuerda y anticipa, pero con los pies firmes en el presente; es una comunidad de presencia.

Así, con la plena consciencia de este presente que nos muestra el Sínodo, de este presente de descomposición social y violencia en nuestro México, podemos recordar nuestra tradición, nuestras historias de la primera Navidad. Los pasajes del Nuevo Testamento también nos hablan de injusticia y conflicto: un hogar abandonado a toda prisa (Mt 2, 13), vidas jóvenes amenazada de muerte (Mt 2, 16-18), unos pobladores que no hacen sitio para recibir una parturienta (Lc 2, 7b), una mujer obligada a dar a luz en las fauces de una bestia (Ap 12, 2; 4b). Nuestras historias narradas y compartidas —más desafiantes y ricas de lo que imaginamos— nos ofrecen el privilegio de celebrar la liturgia; el secreto de nuestra redención yace en nuestro recuerdo. Somos una comunidad de memoria.

Por eso es tan importante no dejar de celebrar, buscar que las fiestas se conserven y reanimen como signo de comunidad y sencillez: representar las pastorelas, acoger a los peregrinos, cantar letanías, romper juntos los “siete pecados” de las piñatas… En la fiesta no se trata sólo de ofrecer, sino también de saber recibir y disfrutar, compartir sueños hechos de memoria. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y sólo podemos ser felices “a su manera”, es decir en la gratuidad.

Y con los ojos fijos en el presente, en nuestro hábitat que agoniza, escuchando por doquier ese clamor de una larga noche sin paz ni hogar, de mujeres y niños sin defensa, millares de personas obligadas a migrar porque dondequiera están demás, miramos hacia el futuro. Miramos la creación reconvirtiéndose en lo que está llamada a ser. Miramos las celebraciones de este año litúrgico que apenas empieza y todas las promesas que encierran. Miramos —y trabajamos— para la llegada del Reino de Dios en la Tierra. Esperamos la venida de Cristo al final de esto que llamamos ‘tiempo’. Cuando decimos que Dios nos salva, pensamos que debería de ser sacándonos de los peligros y dificultades de esta vida. Pero los relatos de Navidad muestran que no es así: en lugar de sacarnos, Él se ha metido en nuestras vidas con sus problemas y riesgos. Ése es su modo de hacer “todas las cosas nuevas”, de salvarnos. Es así como nos llama a ser una comunidad profética que mira hacia adelante. Por eso, el documento del Sínodo nos urge a revisar nuestros modelos de organización social, detectar cómo han causado daño y ver qué necesitamos desaprender, aprender y reaprender.

La Navidad y sus fiestas son un llamado a la esperanza, desde la historia, madre y maestra de personas que han dignificado este mundo con sacrificios insospechados, cuyos referentes nos darán fuerza para replantearnos el nuevo tiempo y ser consecuentes con lo que fueron las vidas y ejemplos de aquellos que nos precedieron en la construcción de una humanidad con dignidad. Se trata de una esperanza basada en la justicia, creada desde la solidaridad, compromiso y resistencia. Una esperanza que se construye con la creación de puestos de trabajo, salarios dignos, respeto en las relaciones humanas que hacen que las sociedades crezcan y sean mejores.

Buscar, pues, la alegría y la paz de la Navidad no permite que nos separemos del mundo que nos rodea, porque la Encarnación en sí misma es un llamado para que reconozcamos el carácter sagrado de este mundo en el cual vino a nacer Dios. Es un tiempo para reconocer la sacramentalidad de la vida cotidiana y de los esfuerzos de tantas personas por sanarla y salvarla.

Adviento y Navidad tienen que ver con un mundo nuevo. Quienes amamos los relatos de la Encarnación no queremos sólo escucharlos de nuevo cada diciembre, sino vivir sus implicaciones a través del año. Desde IMDOSOC queremos sumarnos a todos los esfuerzos que hoy realizan tantas personas de buena voluntad para que en estas fiestas podamos comprender mejor y compartir ese sueño humano y divino del buen convivir, que es la Encarnación. De cada uno de nosotros depende que cada día del año sea Navidad.


Lucila Servitje Montull

Presidenta del IMDOSO


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