Plantemos la esperanza en el suelo fecundo de la persona y la familia desde la educación.

¿Qué quiere decir el Papa Francisco con: “La educación es siempre un acto de esperanza que, desde el presente, mira al futuro”?



Si creemos verdaderamente que hablar de esperanza es mirar con nuevos ojos nuestra existencia, especialmente ahora que la pandemia ha hecho más urgente que nunca una alianza educativa que pueda salvar este periodo de emergencia sanitaria que vivimos y su repercusión en la educación, entonces si aceptamos de forma global, que lo que está en crisis es nuestro modo de entender la realidad y la manera en la que nos relacionamos unos con otros y con la creación entera.


Hay que reconocer que varias de las comunidades educativas han realizado un gran esfuerzo para asegurar sus actividades y que no repercuta esta crisis educativa aún más en los docentes, pero también es necesario reconocer que muchas otras se han conformado con recetas simplistas o vanos optimismos.


Una vez más esto nos hace darnos cuenta que es necesario unir esfuerzos para realizar una transformación cultural profunda, integral y de largo plazo a través de todos aquellos que se preocupan y ocupan por la educación de las generaciones más jóvenes. Y con quien más que con la familia como primera educadora.


Plantemos la esperanza …, esa esperanza que el Papa Francisco definió como "la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte". Esperanza que tiene el rostro de Jesús Resucitado y, que por lo tanto, no es algo, sino alguien. Es una virtud que nunca decepciona, es una virtud concreta, de cada día porque es un encuentro.


La esperanza es paciencia para saber qué sembramos al educar, o sea que la esperanza no es un optimismo pasivo sino, por el contrario es combativo, con la tenacidad de quienes van hacia un destino seguro. Es virtud arriesgada y ardiente expectativa.

La esperanza siempre está presente en el corazón de cada persona, de todas las personas, en todas las culturas y en todas las épocas, y su significado se adhiere, moldeándose, al pensamiento y a la cultura de los diferentes pueblos, en el tiempo y en las latitudes. La esperanza no defrauda.


La esperanza nos impulsa a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a la educación; nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para comprometernos día con día en la transformación de la realidad que está en continua transformación y se encuentra atravesada por múltiples crisis. “Vivimos un cambio de época”, nos dice el Papa Francisco, una metamorfosis no sólo cultural sino también antropológica que genera nuevos lenguajes y descarta, sin discernimiento, los paradigmas que la historia nos ha dado. La educación afronta la llamada rapidación, que encarcela la existencia en el vórtice de la velocidad tecnológica y digital, cambiando continuamente los puntos de referencia. En este contexto, la identidad misma pierde consistencia y la estructura psicológica se desintegra ante una mutación incesante que contrasta la natural lentitud de la evolución biológica.


Se necesita cambiar, por supuesto que es urgente, y cada cambio necesita un camino educativo que involucre a todos; si plantamos la esperanza que produce hechos y cambia vidas y llega a muchos, a todos porque es contagiosa y se transmite de corazón a corazón, entonces cobra aún más sentido la invitación a ser protagonstas de esta alianza, la del Pacto Educativo Global, asumiendo un compromiso personal, familiar y comunitario a la que nos ha invitado el Papa Francisco: “buscar juntos las soluciones, que iniciemos procesos de transformación y miremos hacia el futuro con esperanza para cultivar el sueño del humanismo solidario, que responda a las esperanzas del hombre y al diseño de Dios”.


¡Que la educación sea creadora de hermandad, paz y justicia!


Hasta la próxima




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