• Alejandro Aguilar

¿Por qué pedir justicia social? 5 tesis

Actualizado: abr 9


Ilustración: Monserrat Paz

1. La justicia social es un significante flotante. Esta es una expresión de los estudiosos del discurso utilizada para explicar cómo algunos términos tienen significados “abiertos”, en muchas ocasiones aditivos. En lenguaje llano, se trata de un paraguas que puede albergar una serie diversa de demandas sociales que se insertan en el reclamo de justicia. ¿A las comunidades indígenas les afecta más la sobreexplotación de los recursos naturales que a los habitantes de la CDMX? Es correcto, se trata de una deuda social que tenemos con nuestras contrapartes rurales y puede enmarcarse como una cuestión de justicia ambiental. ¿Las personas de más bajos recursos pagan en términos reales mayor proporción de su ingreso en impuestos (por ejemplo, indirectos como el IVA) que las personas con mayores ingresos? Así es. En este sentido se puede afirmar que la justicia fiscal es una medida necesaria para la justicia social. La lista podría seguir, según las sociedades vayan sufriendo transformaciones que generen injusticias y necesiten ser corregidas.


2. En otras palabras, demandar justicia social es una forma de agregación de demandas en torno a situaciones que son presentadas como injusticias. Alguien levanta la voz y clama “¡esto que se vive es una injusticia!” y a ese coro se suman otras voces resaltando otras situaciones diferentes pero unidas en la injusticia compartida. La búsqueda de construir una sociedad más justa es un acto político, ergo, implica deconstruir percepciones naturalizadas, tomar posturas, retar a poderosos y privilegiados, desbaratar arreglos desiguales…


3. La justicia social nos impele también a la elaboración de justificaciones morales, cuestión pasada de moda pero no por ello menos importante. Un ejemplo es el debate sobre la desigualdad. En un principio se concibió que la desigualdad era deseable pues, en teoría, promovía que los individuos se superaran y aspiraran a mejorar su calidad de vida. Incluso en las versiones más acabadas del optimismo por la desigualdad, la llamada “curva de Kutznetz”, los países de bajos ingresos iban a pasar por una etapa de alta desigualdad que permitiría a los empresarios concentrar capital para impulsar el desarrollo. Posteriormente, cuando los países se volvieran de altos ingresos, la prosperidad se repartiría en el conjunto de la población y la desigualdad disminuiría.


Los estudios empíricos han demostrado que la desigualdad es perniciosa para el crecimiento económico, genera dinámicas de violencia social e inestabilidad política (sobre todo cuando alcanza niveles como los mexicanos). Sin embargo, al oponernos a la desigualdad bajo estos fundamentos sólo estamos sosteniendo el argumento sobre un aspecto técnico y controvertible. Es una justificación necesaria pero limitada.


4. Construir una sociedad justa es una labor inacabada e inacabable. Por ellos es más que necesario defender una opción moral contra las injusticias sociales. Esgrimiré dos razones que me parecen contundentes. La primera, de orden más humanista, tiene que ver con la finalidad de toda sociedad de proveer los mejores medios para dignificar la vida de las personas. Esto sin importar si los métodos nos parecen ineficientes. La evidencia que se tenga a la mano sobre la relación, positiva o negativa, entre la desigualdad y el desempeño económico está sujeta a contextos históricos y geográficos. Es voluble y cambiante. La afirmación de la dignidad de la persona, en cambio, constituye el pilar irrenunciable de todo proyecto moderno, tanto religioso como secular. Igualmente aspira, aunque de forma polémica, a adquirir cierto grado de universalismo en el discurso de los Derechos Humanos (DDHH).


5. La segunda razón es algo más pragmática. Si nos esperamos a obtener evidencia de que la desigualdad es mala para el rendimiento económico tendremos una buena razón técnica para aborrecerla. Incluso sirve de baremo para juzgar y preguntarnos ¿qué tanta desigualdad es adecuada entonces? Sin embargo, la actitud en que nos coloca es siempre pasiva o reactiva. Tenemos que demostrar que ciertas condiciones sociales son nocivas en algún aspecto para poder combatirlos bajo el paraguas de la justicia social.


En cambio, quienes proponemos utilizar como estandarte la justicia social nos plegamos a una presuposición fundamental: que gracias a un sentido moral socialmente distribuido es en cierto grado autoevidente cuando una situación es justa y cuando no lo es (de esto no se sigue, por cierto, que actuemos en consecuencia para remediar la injusticia). Ejercitando este sentido social de lo justo podemos tratar de corregir las injusticias sociales sin necesidad de encontrar excusas técnicas para realizarlo. Cuando observamos que una persona tiene una fortuna estimada de más de 190 mil millones de dólares mientras que cerca de la mitad de la población vive con menos de 5.5$ dólares al mes sabemos, casi de forma intuitiva, que la desigualdad imperante es una situación sumamente injusta. Con solo ejercitar nuestro sentido social de la justicia podemos descubrir, sin recurrir a tecnicismos, una serie de injusticias sociales que cruzan nuestras sociedades: el género, la senectud, la discapacidad, el color de piel, por nombrar algunas… Así podemos avocarnos activamente a corregir las lacerantes desigualdades y construir una sociedad más justa.


Ya que has llegado hasta aquí te invitamos a inscribirte en el curso “¿Qué es la Justicia Social?” del IMDOSOC en donde revisamos de forma exhaustiva distintas aproximaciones al tema.


Alejandro Aguilar Nava

Comentarios y sugerencias siempre recibidos en alejandro.aguilar@imdosoc.org

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