Retomemos el camino a la Educación 4.0


¡Vaya que nos ha impactado todo lo que se ha hecho y se está haciendo a raíz de la llamada del Papa Francisco a que despertáramos la conciencia eco-social personal y comunitaria!


Desde hace seis años, cuando publicó su encíclica Laudato si' y que la semana pasada pudimos constatar en la "Semana Laudato si'" a quienes la seguimos día con día, nos ha parecido increíble cada acción de cada persona, institución y grupo organizado. Cualquiera de nosotros diría ¡qué bien lo estamos haciendo!


Y sin embargo, no ha podido ni frenar y mucho menos revertir el cambio climático ya que nuestras acciones son insuficientes. ¿Será porque somos muy pocos para tanto daño ocasionado? ¿Será que realmente no nos hemos percatado de lo que le hemos hecho no sólo a la Madre Tierra sino, lo que es peor, a cada una de las personas que se han visto afectadas directamente por la degradación ambiental o del actual modelo de desarrollo y de la cultura o del desastre en sus vidas? ¿Será que estamos muy mal educados? ¿Será que poco nos importan los demás y la creación? ¿Será que hemos dejado de lado la verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas? (LS, 47).


Para seguir con esta lectura, les pedimos que lean primero el artículo del Dr. Fco. Javier Sierra titulado “Siete preguntas sobre educación” y tratar de analizar si realmente todas esas preguntas ahí planteadas están consideradas en la educación actual, la cual debería llevarnos a poder tener una mejor percepción del ser humano y su lugar en la naturaleza. Realmente educamos para que nuestros estudiantes ¿puedan ser los nuevos protagonistas que hagan compatibles el pensar y el viivir? Un pensamiento emergente que permita internalizar, o sea, interiorizar un pensamiento, un comportamiento o un sentimiento y comunicar los elementos sustantivos que emergen de los cambios y transformaciones que vivimos día con día. Una autoconsciencia que potencie de manera extraordinaria nuestra capacidad consciente haciendo que podamos razonar en profundidad para conocernos mejor, resolver problemas y tomar mejores decisiones por el bien común.


Ahora sabemos que el pensar en nuestro propio pensamiento puede también potenciar nuestras emociones y sentimientos haciéndolos más intensos y poderosos para controlar nuestra conducta. Y así dejar que resuene en lo más profundo de nuestro corazón "tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres" (LS, 49), para exigir que la educación que se lleve a cabo en cada institución formal e informal, familia o parroquia, trabajo o lugar de convivencia esté orientada a una «ciudadanía ecológica», involucrando todas las dimensiones y los lenguajes de la persona humana: el lenguaje del corazón ―sentir―, el lenguaje de la cabeza ―imaginar―, el lenguaje de las manos ―actuar y el lenguaje del intercambio ―compartir.


Sigamos formándonos para contar con más elementos que nos ayuden a un discernimiento evangélico sobre lo que pensamos, decimos y hacemos.


¡Hasta la próxima!


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