UT UNUM SINT. Reflexión en ocasión de la celebración ecuménica por la unidad de los cristianos

Actualizado: 21 ene

Reflexión en ocasión de la celebración ecuménica por la unidad de los cristianos realizada en la comunidad javeriana de Teología de la Ciudad de México (2020).


En esta pequeña capilla, queridos hermanos/as, somos hoy testigos de un significativo encuentro ecuménico, de oración y fraternidad, entre representantes de denominaciones religiosas diversas. El camino ecuménico que, como ‘signo de nuestros tiempos’, empezó ya desde la primera década del siglo XX, con la Primera Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo (1910), se consolidó, luego, en el ‘Consejo Mundial de Iglesias’ (1938) en la ciudad de Utrech y, entre avances y retrocesos, se fortaleció en la época del pontificado de S. Juan XXIII, encuentra, hoy y aquí, una significativa expresión. En efecto, todos los que estamos hoy reunidos creemos en el ‘ecumenismo’, o sea, en el sueño de poder acercarnos siempre más hacia la substancial unidad en la verdad’, aunque sea en la pluralidad de expresiones teológicas y vivencias litúrgicas.


Caminar ecuménicamente, en efecto, significa buscar juntos aquella ‘Verdad’ que nos acerque, cada día más, los unos a los otros, para dar testimonio de caridad y fraternidad. Si, por cierto, los Papas preconciliares de la Iglesia Católica no se manifestaron muy entusiastas del ecumenismo, no fue lo mismo por Juan XXIII. Gracias a su buen corazón, en efecto, permaneció siempre abierto al diálogo entre las religiones, considerándolo, por cierto, como un ‘signo de los tiempos’. Produjo, además, un cambio de rumbo con la creación del ‘Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos’, cuyo primer presidente fue el inolvidable Cardenal Bea: el mismo que presidió el proceso de elaboración del decreto conciliar sobre el Ecumenismo ‘Unitatis Redintegratio’. Pablo VI, desde luego, como auténtico Padre del Concilio, le dio perfecta y dinámica continuidad, orientando el camino ecuménico de la Iglesia hacia la renovación espiritual, la conversión interior y la reconciliación fraterna.



El conocimiento mutuo, la oración unánime y una mejora, en cuanto a la profundidad y exactitud en el lenguaje con que se expresa la doctrina de la fe, fueron resultados claros del trabajo conciliar. Con Pablo VI, por cierto, se renovó y consolidó el nuevo rumbo ecuménico de la Iglesia Católica. En 1995, con la Carta Encíclica “Ut unum sint”, S. Juan Pablo II impulsó, nuevamente, el ecumenismo y lo hizo por el camino de la fraternidad y de la ‘acción social’ en favor de la humanidad entera. Es sumando fuerzas como las Iglesias del Mundo entero, según su pensamiento, podían aportar beneficios reales y cambios significativos. Si, hoy, la doctrina todavía nos separa, los grandes valores sociales de la justicia, del bien común, de la fraternidad, de la ecología y de la paz pueden unirnos.


No ha sido casualidad que el cardenal ghanés Turkson, al abrir la famosa sesión ecuménica de Asís (27 octubre de 2011), haya invitado a los representantes de todas las confesiones religiosas a ‘testimoniar’ la fuerza poderosa de la religión para promover el bien común, construir la paz, reconciliar a los países en conflicto y cuidar la casa común. Sobre estos grandes valores y desafíos sociales todas las religiones concordamos y, de facto, estamos unidos en la misma lucha. El mundo contemporáneo sigue, desafortunadamente, sumergido en la discordia, la injusticia social, la miseria y la violencia. También los católicos, desde nuestras trincheras, y en razón de que compartimos la misma verdad de Cristo con las demás confesiones, sí podemos contribuir para que el mundo se vuelva más humano, justo y pacificado.

La doctrina podrá seguir separándonos, pero, la lucha histórica, cotidiana y perseverante por un mundo mejor y un México armonioso, seguirá uniéndonos, proféticamente, en la misma esperanza y a pesar de las contradicciones de violencia, que los cristianos han vivido, a lo largo de la historia, y por las cuales el Papa Benedicto XVI, justamente, pidió perdón a la humanidad. Dios, en última instancia, no es propiedad de nadie y, para llegar al ‘mar de la salvación eterna’, muchos y variados son los ‘torrentes’. Entre ellos: el de la conciencia humana recta.


Como, por cierto, no existe una cultura superior a otras, tampoco debe darse una religión que se arrogue derechos de superioridad. Todas, de hecho, miran hacia arriba y conducen hacia adelante; nunca abajo, o sea, hacia la materialización de la existencia y la secularización de la religión, como tampoco atrás, o sea, hacia la reiteración de los errores del pasado.

Estamos marchando, unidos en la fraternidad, hacia una purificación compartida y una meta común: dar testimonio, con palabra y vida, del amor de Dios y su proyecto. Los líderes religiosos mundiales, en efecto, en el IV ‘Encuentro de Oración por la Paz’, convocado por el Papa Benedicto XVI en Asís, testimoniaron esta fuerza social de la religión para el bien común planetario y para la liberación de los pueblos, injustamente oprimidos por la pobreza y diezmados por el hambre. Sólo la solidaridad con los pobres, por cierto, permitirá a las Iglesias cristianas considerarse espejo del Evangelio.


Uniendo fuerzas y energías sobre los grandes valores sociales de la humanidad, posiblemente, también los cristianos podremos colaborar, en este nuestro país que es México, en construir la paz, promover la justicia social, alentar que se respeten los derechos humanos y que la educación sea de mejor calidad humana. Además, en un país, donde se pretende descalificar a las religiones en el debate público, bajo el argumento de que es impropio en un estado laico argumentar sobre la base de una ética religiosa, se hace más urgente unirnos para favorecer la inteligencia de nuestra fe y defender los derechos humanos de la libertad de conciencia, religiosa y de expresión. Los ciudadanos que profesamos una religión, por este hecho, no podemos ser rebajados a segundo plano. La exclusión social de la religión, seamos sinceros, afecta la convivencia y lesiona la base axiológica de las culturas que han sido y son, en México, fundamentalmente, de inspiración ‘judeo – cristianas’.


Por cierto, para ser socialmente incisivos, nos hace falta conocernos más. Sólo así nos apreciaremos y respetaremos; únicamente así, compartiremos nuestras riquezas doctrinales y las experiencias de fe en el ‘único Señor’ de la vida y de la historia. En Asís, en efecto, ha sido la oración el ‘nexo’ que ha unido a los representantes de las religiones del mundo y, en esta pequeña capilla, también son la oración y la fe en el mismo Dios, los nexos que nos une y deben permanecer.

Recuerdo con cierta nostalgia el primer ‘concilio ecuménico’ de la juventud en la pequeña aldea francesa de Taizé (1972). Nos reunimos, entonces, miles de jóvenes de todo el mundo para escuchar los inspirados mensajes del ABBÉ ROGER SHUTZ, el profeta mártir del ecumenismo de los años ‘70, y para entender que no podía ser ‘la religión’ piedra de división entre todos los participantes, sino, más bien, razón de unidad y vínculo de fraternidad. Al Señor, desde entonces, agradecimos esa experiencia y el don del Espíritu que nos encaminó hacia la unión y la reconciliación espiritual de los presentes. Lo más dramático de ese encuentro, sin embargo, fue el momento en que, realísticamente, tomábamos conciencia de la separación, cuando íbamos cada quien a continuar la oración, pero, con el grupo religioso de pertenencia.



Pasaron muchos años y se han hecho pequeños pasos hacia la unidad, sin embargo, no la hemos aún alcanzada. El “UT UNUM SINT” del Evangelio de Juan sigue permaneciendo como reto y desafío. Para caminar hacia la unidad de los cristianos es necesario conocernos porque hay pequeñas y grandes verdades en cada una de las doctrinas confesionales. El escucharnos, por cierto, pudiera ayudarnos a encontrarnos e integrarnos también doctrinalmente.


La ‘pastoral de las minorías’, por cierto, nos obliga a ser más abiertos hacia todas y cada una de las personas que piden misericordia y comprensión. Nuestras Iglesias, en fin, deben de madurar una atención tierna y un ‘corazón compasivo’ hacia todas las personas humanas que se nos acercan en situaciones particulares de dolor, angustia y sufrimiento. Debemos atender a todos con esos pequeños gestos que les permitan sentirse acogidos en ‘familia’ y descubrir que Dios los ama siempre, a pesar de los errores y debilidades. Nuestras Iglesias, por fin, deben ser ‘casa’, ‘hogar’ y ‘familia’ para todos y, especialmente, para los que están fatigados y agobiados. Los pobres y desdichados de la tierra, que buscan a Dios y su consuelo, no se fijan en el ‘folclor’ de las liturgias ni en las especulaciones teológicas para encontrarlo, sino en el ‘amor’. Es, en efecto, el amor el mejor testimonio de la autenticidad de la fe y es el amor el valor fundamental que nos conduce por el camino del verdadero ecumenismo. Sin dejar, desde luego, de sumergirnos en Cristo, porque no es posible que las Iglesias pongan, debajo de la olla, la luz que obtienen de su identidad cristiana.


¡Animo, hermanos! Rompamos la inercia que nos impide realizar el sueño de Cristo de que seamos uno. ¿No es acaso más atractivo permanecer en el ‘statu quo’, con algunos arreglos menores, con tal de no pagar el precio de la unidad? La tentación es fuerte y, para no ceder, urgimos de conversión: una conversión de todos a la verdad del Evangelio y a Cristo, vida del mundo. La reconciliación de las iglesias en la unidad, es decir, la restauración de la plena comunión entre ellas, será, seguramente, un signo profético, también, de la deseada unidad de este mundo resquebrajado y descompuesto.


La conversión de Saulo en el camino de Damasco, debida a su encuentro luminoso con Cristo, se erija antes nosotros como metáfora de nuestra vida. Sólo así “todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” y, en la esperanza, seremos por Él salvados, (‘Spe salvi facti sumus’) y entronizados juntos a Él: “al vencedor lo sentaré en mi trono” (Ap. 3, 19b).


En la Iglesia Católica, sin lugar a duda, hay actualmente bastante sensibilidad ecuménica. En efecto, con motivo del año de la fe de 2012, en conmemoración de los 50 años del Concilio Vaticano II y 20 del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Benedicto, a demostración de su gran apertura espiritual, a través de la Carta Apostólica ‘Porta Fidei’, recomendó iniciativas ecuménicas para “Invocar de Dios y favorecer la restauración de la unidad entre todos los cristianos” y realizó una solemne celebración ecuménica para reafirmar la fe en el ‘único Cristo’ de todos los bautizados. Terminamos la reflexión ‘ecuménica’ con las mismas palabras de la ‘oración eucarística de comunión’ por la unidad de los cristianos: “Señor, al participar del sacramento de tu Hijo, te pedimos que santifiques y renueves a tu Iglesia, a fin de que todos los que nos gloriamos del nombre de cristianos podamos servirte en la unidad de la fe”.

P. UMBERTO MAURO MARSICH, SX.

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